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jueves, 28 de mayo de 2026

NUEVO LIBRO DISPONIBLE. Contenido cabalístico y alquímico del Cantar de Mío Cid

¿Es posible que la mayor obra de la épica medieval española esconda un manual de iluminación espiritual? Más allá de las batallas y el honor caballeresco, el Cantar de Mío Cid custodia un doble lenguaje que ha permanecido invisible para el lector contemporáneo, pero perfectamente descodificable para las mentes iniciadas de la Reconquista.




En este revelador ensayo, la autora nos propone un viaje intelectual y místico a través de las corrientes esotéricas que convergieron en la Península Ibérica: el sincretismo de la Cábala sefardí, el hermetismo de la alquimia, el simbolismo del Tarot, el enigma de las Vírgenes Negras y el misticismo sufí. Con un foco especial en la provincia de Soria como epicentro de irradiación espiritual hacia Europa, esta obra demuestra cómo el destierro y la posterior redención de Rodrigo Díaz de Vivar no son solo una crónica histórica, sino un mapa perfecto del viaje del alma. Cada etapa del Cid se revela aquí como un paso por las séfirot del Árbol de la Vida y un tránsito por las vías alquímicas de transmutación interior.

Una obra imprescindible para romper el velo de la historia oficial y descubrir que la literatura medieval fue el último refugio de un conocimiento sagrado que se pretendía censurar.

 

Fecha de publicación: 26 de mayo de 2026   Número de páginas: 289  Idioma: Español.

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martes, 2 de septiembre de 2025

Corinto y sus increíbles avances

     Aunque es una ciudad de sobras conocida, no quiero dejar pasar la oportunidad para reconocer algunos de los grandes avances que se realizaron en esta población y que por ellos, en gran parte, llegó a alcanzar la fama que tuvo en la antigüedad.



Uno de los elementos más destacables de estas majestuosas ruinas es el templo de Apolo.

            Y es que la ciudad de Corinto, en el mar jónico, en Grecia, posee raíces que se remontan al neolítico. Su posición privilegiada le permitió ir creciendo pasando de ser una ciudad-estado en la antigua Grecia, a una de las urbes más importantes en la época dorada del imperio romano, un lugar clave en las historias bíblicas de San Pablo (a los Corintios) y continuar ganando fama y poder económico hasta llegar a ser una gran metrópolis en el siglo octavo.

            Como decimos, muy probablemente gran parte de esta fama se deba a su acertada ubicación, sobre un estrecho itsmo que conecta la península del Peloponeso con el continente europeo.

            Entre los múltiples restos arqueológicos de distintas eras, destacan los hallazgos del que parece ser un gran puerto comercial que poco tenía que envidiar al afamado de Cesarea marítima, en Israel, y que como se detalla en uno de los capítulos de mi libro “Relatos bíblicos a través de las Ciencias de la Tierra” (2021), fue construido por el rey Herodes con todo tipo de innovaciones, a escalas mastodónticas, con materiales de lujo y gran calidad e incluyendo, como elemento base, un tipo de hormigón que fraguaba bajo el agua.



Se ha destacado con flechas la ciudad actual de Corinto y la antigua (Acrocorinto). También puede verse en la imagen derecha el emplazamiento de una inscripción al emperador romano Nerón, en el famoso Canal de Corinto.

            Si nos aproximamos más a la zona de los puertos próximos a Corinto, encontraremos una zona denominada “Doilkos”. Allí se pueden ver los restos de una amplia calzada de sólidas losas, que se adentraba en el mar, tras ir hasta el pie de playa. Pues bien, esta impresionante calzada son los restos de uno de los mayores avances de la antigüedad, desarrollado por un sabio griego con visión de futuro, llamado Periandro El Tirano (siglo VII a.C., hijo y sucesor de Cípselo, uno de los “Siete Sabios de Grecia”).

            Pues bien, consciente como era Periandro de los peligrosos afloramientos rocosos en el mar que rodea a la península del Peloponeso, de sus a veces caprichosas corrientes y de la necesidad que tenían numerosos marineros y comerciantes de tener que bordear toda la península del Peloponeso para llegar al “otro mar”, al otro lado del istmo, se le ocurrió la genial idea de construir una amplia y sólida calzada por la cual las embarcaciones pudieran acortar horas de peligrosas jornadas de viaje, siendo transportadas sobre maderas y tiradas por bueyes o esclavos, campo a través.


Aún pueden apreciarse los restos de la calzada de Periandro, su ingeniosa “carretera para barcos”.

De esta manera, los cerca de 700 kilómetros a realizar por mar bordeando la península del Peloponeso se acortaban en unos 6,34 kilómetros por tierra.

            A juzgar por los restos que persisten de esta titánica obra, el gasto en hombres y dinero tuyo que ser alto, aunque nada comparable a las riquezas que entraron a las arcas de la ciudad por hacer uso de este invento.

            Así, Periandro (aprox. 627-587 a.C.) se adelantó milenios a la confección del famoso Canal de Corinto, que uniendo ambas costas en línea recta permite el paso de buques, desde que se inaugurara en 1893 (las obras se iniciaron en 1882).



 

        Ahora bien, se ha citado una inscripción del emperador Nerón y es que a pesar de la mala fama de la que goza este personaje, más de uno se sorprenderá al saber que ya durante su mandato ordenó que se iniciaran las obras de tal canal.

Efectivamente, cuando en el siglo XIX se comenzó a perforar la roca para construir el famoso Canal de Corinto, se descubrieron evidencias de obras similares acometidas hacia el 67 antes del cambio de era. Sin embargo, Nerón murió poco después y su ambicioso plan se fue con él. Mucho antes, también Julio César pensó en lo práctico y socorrido que habría resultado este proyecto, de llevarse a cabo.

           Pero no es solo este descomunal puerto comercial del que gozó la metrópolis en su momento de apogeo, ni el gran templo a Apolo,  ni la ambiciosa calzada de Periandro, u otros restos señoriales los restos más imponentes de Corinto, pues parece ser que cada gobernante trató de competir con el anterior en la realización de obras que por solo una de ellas, la ciudad habría gozado de gran fama.

           De hecho, existen otros restos en los que tampoco suele reparar mucha gente, abandonados en medio del campo, junto al vistoso canal.



 

      Se le conoce como “Muro de Hexamilión” y estos restos corresponden nada menos que a una imponente fortificación, tipo el Muro de Adriano, que los romanos alzaron en el siglo V de nuestra era para mantener a raya a los godos. Poseía un grosor de tres metros y una altura de 7-8 metros, uniendo los más de 150 torres defensivas que se alzaban a lo largo de todo el recorrido, de costa a costa, con el fin de aislar la península del Peloponeso, con la ciudad de Corinto (a este lado del muro), del continente con todo el movimiento de pueblos que supuso el avance de los Godos y de los Hunos, causando grandes destrozos por el Imperio Romano.

        Todo esto son “solo” algunas de las maravillas que aún se conservan, aunque sea mínimamente, en el yacimiento de Corinto y en sus alrededores, así que si alguna persona afortunada dispone de tiempo libre para revivir antiguas maravillas del mundo antiguo, sin duda esta visita es una a tener muy en cuenta.



jueves, 28 de agosto de 2025

NUEVO LIBRO DISPONIBLE. Los habitantes del olvido. Historias Fantásticas XXIX


      Conforme la Ciencia avanza y los límites del desconocimiento retroceden a su paso, ocurre un hecho tan recurrente como sorprendente en la sociedad humana: las creencias en seres mágicos, las supersticiones y las consultas de adivinos, médiums, videntes, lectores de las manos y de baratas y cartas de tarots se llenan como nunca. ¿Qué extraño anhelo pervive en la psique humana e incluso en el inconsciente colectivo de nuestra especie que tan reacio es a creer que la Ciencia va logrando desentrañar el aparente caos que nos rodea? ¿O es que acaso, en las curvas del espacio-tiempo que estamos desvelando, se ocultan seres y hechos que de vez en cuándo, tal vez por travesura o por atacar a la vanidad humana, desencadenan determinados acontecimientos que no parecen obedecer a las leyes físicas e inamovibles del Universo?

     En este nuevo volumen de la serie Historias Fantásticas se recogen catorce relatos de lectura tan apasionante como desconcertantes y que no muestran, por así decirlo, posibles agujeros en esta malla o retícula que las leyes científicas tejen a nuestros alrededor.
 
Número de páginas: 352 
Idioma: Español

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lunes, 20 de enero de 2025

Los ataúdes colgantes de la China

Que en China todo se hace a una escala impresionante es evidente en cuánto uno se acerca a los restos arqueológicos y monumentales de distintas épocas. Un ejemplo lo encontramos en la Gran Muralla china, cuyo motivo de construcción está siendo reevaluado en los últimos años a tenor de nuevas investigaciones y evidencias. También en un enlace anterior hablamos de unas ruinas descomunales, con esculturas parecidas a ciertas piezas americanas (ver aquí). Otro ejemplo es el formidable monumento funerario del emperador que reunificó China bajo su mando (Qin Shi Huang) y cuya crueldad fue tan destacada como la monumentalidad de su sepultura, dotada de una ciudadela funeraria con numerosas mujeres y siervos sacrificados para acompañarle al más allá, la recreación de una maqueta de China con ríos de mercurio, el alzar sobre su sepulcro una colosal pirámide de tal tamaño que durante milenios se tuvo por una montaña natural o la construcción de un impresionante ejército de terracota, a tamaño natural, del que solo se conoce el que se sospecha que corresponde a uno de los laterales de su sepulcro cuadrado, permaneciendo otros tres aún por desenterrar.

A la izquierda, un detalle de la Gran Muralla. A la derecha, reconstrucción de cómo debió ser la tumba del emperador Qin Shi Huang.

          Pues bien, andaba yo con mis investigaciones de ciertos aspectos geológicos cuando de casualidad me topé con otra de las curiosidades de este gran país, con dimensiones de continente.

Contemplando el maravilloso paisaje carbonatado y su relieve kárstico de Guangxi, reparé en unos extraños elementos que aparecían en ciertas paredes rocosas.

Las soberbias cataratas de Detian tienen poco que envidiar a las de Iguazú (Argentina-Brasil) o Niágara (USA-Canadá).

 En un principio se me antojaron casitas de madera para aves o murciélagos pero dado que se encontraban en acantilados de cientos de metros de altura, ¿quién se habría tomado la molestia de descolgarse jugándose la vida en estos farallones pétreos para llenarlos de casitas de madera, cuando las paredes calizas contaban con muchas aberturas naturales producto de su erosión?

                   Confieso que intrigada, comencé a mirar con detalle distintas paredes rocosas y mi sorpresa fue mayúscula cuándo entendí qué estaba mirando: ¡eran ataúdes de madera!

        

         Así que me puse a buscar información sobre el asunto y resultó que tales ataúdes fueron una técnica funeraria desarrollada principalmente por la etnia Bo, en el sur de China, desarrollándola a lo largo de unos 500 años (entre hace unos 2500 y 2000 años). Dicho pueblo fue trasladándose hacia el noroeste, llevando consigo su práctica funeraria tan peculiar, hasta que finalmente terminaron integrándose dentro de la etnia Han, disolviéndose en ella y dejando de enterrar a sus muertos de esta manera tan curiosa. Gracias a la información que ha podido extraerse de distintas fuentes, así como de leyendas y folclore,  parece ser que enterrando de esta manera a sus seres queridos los ubicaban más cerca del cielo, a la vez que lejos de profanadores de tumbas y organismos invertebrados terrestres que descomponen la materia orgánica, facilitándoles así el paso al siguiente estadio de evolución del alma.

         La tarea era notable pues por marcas en los cofres de madera y en los propios acantilados se concluye que primero se descolgaban para clavar los palos que soportarían el ataúd por debajo, en posición horizontal (en ángulo recto con la pared rocosa), luego bajaban el cofre con el cuerpo en su interior, lo colocaban en su lugar bien equilibrado y tras esto, clavaban otros postes horizontales encima de la tapa para sellar así su contenido.

         Con todo, existía una creencia de que aquél féretro que se descolgase primero tendría mejor augurio pues ello significaría que el alma ya había partido al fin a la siguiente vida. A pesar de ello, se ha podido comprobar que los postes horizontales que sujetaban los féretros se clavaron a conciencia, no “en falso” para lograr que el ataúd se cayera pronto.

En la montaña de Longhu, considerada sagrada, aún pueden observarse numerosas hileras de estacas entre las que se ubicaban féretros de madera que fueron cayendo con el paso del tiempo.

          Confieso que al leer todo esto no pude evitar acordarme de otra técnica funeraria de emplazamiento muy parecido, que ya traté en uno de mis libros sobre enigmas del Cono Sur: la de los Chachapoyas andinos.

 

         Esta curiosa etnia preinca también tenía predilección por enterrar a sus familiares en acantilados calizos, construyéndoles bien una especie de mausoleo o bien unas máscaras que les dotaran de personalidad.

 

Izquierda: momias-sarcófagos de Karajia (Perú amazónico) y compárese el tamaño con los dos cráneos humanos que aparecen en la imagen. Derecha: mausoleos Chachapoyas de Revash (aconsejo la visita al museo de Leymebamba donde hay amplia información sobre dicha técnica funeraria y numerosas momias rescatadas).

      A título de curiosidad recordaré que esta etnia de los Chachapoyas durante mucho tiempo se usó contra España para señalar que esta tribu terminó por desaparecer poco después de la llegada de los españoles al Perú. A Dios gracias, la Ciencia y la tecnología vino a poner las cosas en su lugar y al analizar ADN de los últimos Chachapoyas los resultados mostraron que se habían mezclado con los españoles, a los que acudieron para obtener protección contra los sanguinarios y tiranos incas, responsables de la aniquilación de etnias como los creadores de ciudades tan fascinantes como Chan-Chan o los famosos cuchillos Tumis chimús. Como es de suponer, estas conclusiones pasaron sin pena ni gloria pues desmontaban el relato colonialista y la leyenda negra del infame y despiadado español que tanto gusta desempolvar a ciertos personajes de América Latina para ocultar sus propios atropellos éticos, morales y políticos.

          Pero regresando a los ataúdes colgantes de China (ubicados a lo largo del cauce del río Yangtzé), aunque los de la etnia Bo son de los más antiguos analizados, poco a poco se han ido encontrando técnicas más o menos similares en distintos lugares de China –considerados realizados por alguna etnia descendiente de la Bo, por ejemplo en Sichuan, en ciertas partes de Guangxi (hechos por los Buyang, una vez que los Bo partieron) y en Yunnan, construidos por los Ku- en Filipinas (en la enigmática isla de Luzón, donde apareció otro de los homínidos distintos del Homo sapiens) y en Indochina (como en cueva de Londa Nanggala, donde además de apilar los ataúdes, adornaban el lugar con figuras representativas de los fallecidos). En todos los casos, estos lugares citados adoptaron tal peculiar práctica funeraria en tiempos posteriores a los Bo del sur de China.

En Indochina hay parajes calizos empleados para el enterramiento, que sin una adecuada protección, con frecuencia son expoliados por desalmados.

          Las cuevas funerarias filipinas se atribuyen a la etnia Igorot, aficionada a esconder a sus fallecidos y que hoy, por desgracia, son usados como una fuente de riqueza puntual para vender a los cada vez más turistas que acuden a la zona, en el Valle de los Ecos o Echo Valley (Sagada). Curiosamente, para acceder a estas cuevas hay que atravesar un cementerio cristiano, con tumbas similares a las de otros camposantos cristianos y que evidencia la relación que los habitantes de la zona poseen en el subconsciente entre ese lugar y el Más Allá.

Los ataúdes colgantes de Filipinas presentan un aspecto bastante reciente, aunque en distintas cuevas (como Lumiang Cave) se encuentran cofres funerarios con forma de barco y madera tosca, más antiguos (hacia el siglo XVI, aunque es poca la información que ha trascendido).

          De vuelta en China, conviene resaltar que en algún momento de la historia, monjes taoístas se toparon con este tipo de enterramiento funerario y lo admiraron de tal manera que lo reprodujeron a su forma, tal y como se comprobó cuando en la década de 1970, unos investigadores se toparon con lo que parecía ser una puerta de madera añadida a una cavidad natural, a modo de cierre, que con el tiempo había terminado por destruirse. Al adentrarse en la cavidad se toparon con un conjunto de ataúdes de madera igualmente apilados en las paredes rocosas y con una curiosa forma que recordaba a un barco (lo cual lleva a otras prácticas funerarias similares como las del antiguo Egipto faraónico o a la de los vikingos de la Europa atlántica, donde se empleaban barcos funerarios a modo de peculiar ataúd).

         El arqueólogo del Museo Provincial de Jiangxi, Liu Shizhong, tras haber participado en varias investigaciones centradas en esta peculiar práctica de enterramiento china ha manifestado que la técnica debió ser en algún momento genérica puesto que han encontrado ataúdes colgantes de prácticamente todas las épocas históricas chinas, desde el denominado Periodo de la Primavera y el Otoño, cronológicamente correspondiente al siglo VII a.C., hasta la primera mitad del siglo pasado (1949). Por otra parte, en cuánto a ubicación se refiere, en los distintos casos en que se ha podido disponer de un número relativamente numeroso de féretros in situ para estudiar su contenido, efectivamente se ha comprobado que mientras los más antiguos se encuentran en la parte alta de la pared pétrea, los añadidos más tarde (y por tanto más recientes) van ubicándose progresivamente más abajo, lo cual no hace sino confirmar la idea de que realmente se buscaba posicionar a los fallecidos cerca del cielo.