Que en China todo se hace a una
escala impresionante es evidente en cuánto uno se acerca a los restos
arqueológicos y monumentales de distintas épocas. Un ejemplo lo encontramos en
la Gran Muralla china, cuyo motivo de construcción está siendo reevaluado en
los últimos años a tenor de nuevas investigaciones y evidencias. También en un
enlace anterior hablamos de unas ruinas descomunales, con esculturas parecidas
a ciertas piezas americanas (ver aquí).
Otro ejemplo es el formidable monumento funerario del emperador que reunificó
China bajo su mando (Qin Shi Huang) y cuya crueldad fue tan destacada como la
monumentalidad de su sepultura, dotada de una ciudadela funeraria con numerosas
mujeres y siervos sacrificados para acompañarle al más allá, la recreación de
una maqueta de China con ríos de mercurio, el alzar sobre su sepulcro una
colosal pirámide de tal tamaño que durante milenios se tuvo por una montaña
natural o la construcción de un impresionante ejército de terracota, a tamaño
natural, del que solo se conoce el que se sospecha que corresponde a uno de los
laterales de su sepulcro cuadrado, permaneciendo otros tres aún por
desenterrar.

A la
izquierda, un detalle de la Gran Muralla. A la derecha, reconstrucción de cómo
debió ser la tumba del emperador Qin Shi Huang.
Pues
bien, andaba yo con mis investigaciones de ciertos aspectos geológicos cuando
de casualidad me topé con otra de las curiosidades de este gran país, con
dimensiones de continente.
Contemplando el maravilloso
paisaje carbonatado y su relieve kárstico de Guangxi, reparé en unos extraños
elementos que aparecían en ciertas paredes rocosas.
Las soberbias
cataratas de Detian tienen poco que envidiar a las de Iguazú (Argentina-Brasil)
o Niágara (USA-Canadá).
En un principio se me antojaron
casitas de madera para aves o murciélagos pero dado que se encontraban en
acantilados de cientos de metros de altura, ¿quién se habría tomado la molestia
de descolgarse jugándose la vida en estos farallones pétreos para llenarlos de
casitas de madera, cuando las paredes calizas contaban con muchas aberturas
naturales producto de su erosión?
Confieso
que intrigada, comencé a mirar con detalle distintas paredes rocosas y mi
sorpresa fue mayúscula cuándo entendí qué estaba mirando: ¡eran ataúdes de
madera!

Así
que me puse a buscar información sobre el asunto y resultó que tales ataúdes fueron
una técnica funeraria desarrollada principalmente por la etnia Bo, en el sur de
China, desarrollándola a lo largo de unos 500 años (entre hace unos 2500 y 2000
años). Dicho pueblo fue trasladándose hacia el noroeste, llevando consigo su
práctica funeraria tan peculiar, hasta que finalmente terminaron integrándose
dentro de la etnia Han, disolviéndose en ella y dejando de enterrar a sus
muertos de esta manera tan curiosa. Gracias a la información que ha podido
extraerse de distintas fuentes, así como de leyendas y folclore, parece ser que enterrando de esta manera a
sus seres queridos los ubicaban más cerca del cielo, a la vez que lejos de
profanadores de tumbas y organismos invertebrados terrestres que descomponen la
materia orgánica, facilitándoles así el paso al siguiente estadio de evolución
del alma.
La
tarea era notable pues por marcas en los cofres de madera y en los propios
acantilados se concluye que primero se descolgaban para clavar los palos que
soportarían el ataúd por debajo, en posición horizontal (en ángulo recto con la
pared rocosa), luego bajaban el cofre con el cuerpo en su interior, lo
colocaban en su lugar bien equilibrado y tras esto, clavaban otros postes horizontales
encima de la tapa para sellar así su contenido.
Con
todo, existía una creencia de que aquél féretro que se descolgase primero
tendría mejor augurio pues ello significaría que el alma ya había partido al
fin a la siguiente vida. A pesar de ello, se ha podido comprobar que los postes
horizontales que sujetaban los féretros se clavaron a conciencia, no “en falso”
para lograr que el ataúd se cayera pronto.
En la montaña
de Longhu, considerada sagrada, aún pueden observarse numerosas hileras de
estacas entre las que se ubicaban féretros de madera que fueron cayendo con el
paso del tiempo.
Confieso
que al leer todo esto no pude evitar acordarme de otra técnica funeraria de
emplazamiento muy parecido, que ya traté en uno de mis libros sobre enigmas del
Cono Sur: la de los Chachapoyas andinos.
Esta
curiosa etnia preinca también tenía predilección por enterrar a sus familiares
en acantilados calizos, construyéndoles bien una especie de mausoleo o bien
unas máscaras que les dotaran de personalidad.
Izquierda:
momias-sarcófagos de Karajia (Perú amazónico) y compárese el tamaño con los dos
cráneos humanos que aparecen en la imagen. Derecha: mausoleos Chachapoyas de
Revash (aconsejo la visita al museo de Leymebamba donde hay amplia información
sobre dicha técnica funeraria y numerosas momias rescatadas).
A título de curiosidad recordaré
que esta etnia de los Chachapoyas durante mucho tiempo se usó contra España
para señalar que esta tribu terminó por desaparecer poco después de la llegada
de los españoles al Perú. A Dios gracias, la Ciencia y la tecnología vino a
poner las cosas en su lugar y al analizar ADN de los últimos Chachapoyas los
resultados mostraron que se habían mezclado con los españoles, a los que
acudieron para obtener protección contra los sanguinarios y tiranos incas,
responsables de la aniquilación de etnias como los creadores de ciudades tan
fascinantes como Chan-Chan o los famosos cuchillos Tumis chimús. Como es de
suponer, estas conclusiones pasaron sin pena ni gloria pues desmontaban el
relato colonialista y la leyenda negra del infame y despiadado español que
tanto gusta desempolvar a ciertos personajes de América Latina para ocultar sus
propios atropellos éticos, morales y políticos.
Pero
regresando a los ataúdes colgantes de China (ubicados a lo largo del cauce del
río Yangtzé), aunque los de la etnia Bo son de los más antiguos analizados,
poco a poco se han ido encontrando técnicas más o menos similares en distintos
lugares de China –considerados realizados por alguna etnia descendiente de la
Bo, por ejemplo en Sichuan, en ciertas partes de Guangxi (hechos por los Buyang,
una vez que los Bo partieron) y en Yunnan, construidos por los Ku- en Filipinas
(en la enigmática isla de Luzón, donde apareció otro de los homínidos distintos
del Homo sapiens) y en Indochina (como
en cueva de Londa Nanggala, donde además de apilar los ataúdes, adornaban el
lugar con figuras representativas de los fallecidos). En todos los casos, estos
lugares citados adoptaron tal peculiar práctica funeraria en tiempos
posteriores a los Bo del sur de China.

En Indochina
hay parajes calizos empleados para el enterramiento, que sin una adecuada
protección, con frecuencia son expoliados por desalmados.
Las
cuevas funerarias filipinas se atribuyen a la etnia Igorot, aficionada a
esconder a sus fallecidos y que hoy, por desgracia, son usados como una fuente
de riqueza puntual para vender a los cada vez más turistas que acuden a la zona,
en el Valle de los Ecos o Echo Valley (Sagada). Curiosamente, para acceder a
estas cuevas hay que atravesar un cementerio cristiano, con tumbas similares a
las de otros camposantos cristianos y que evidencia la relación que los
habitantes de la zona poseen en el subconsciente entre ese lugar y el Más Allá.
Los ataúdes
colgantes de Filipinas presentan un aspecto bastante reciente, aunque en
distintas cuevas (como Lumiang Cave) se encuentran cofres funerarios con forma
de barco y madera tosca, más antiguos (hacia el siglo XVI, aunque es poca la
información que ha trascendido).
De
vuelta en China, conviene resaltar que en algún momento de la historia, monjes
taoístas se toparon con este tipo de enterramiento funerario y lo admiraron de
tal manera que lo reprodujeron a su forma, tal y como se comprobó cuando en la
década de 1970, unos investigadores se toparon con lo que parecía ser una
puerta de madera añadida a una cavidad natural, a modo de cierre, que con el
tiempo había terminado por destruirse. Al adentrarse en la cavidad se toparon
con un conjunto de ataúdes de madera igualmente apilados en las paredes rocosas
y con una curiosa forma que recordaba a un barco (lo cual lleva a otras
prácticas funerarias similares como las del antiguo Egipto faraónico o a la de
los vikingos de la Europa atlántica, donde se empleaban barcos funerarios a
modo de peculiar ataúd).

El
arqueólogo del Museo Provincial de Jiangxi, Liu Shizhong, tras haber
participado en varias investigaciones centradas en esta peculiar práctica de
enterramiento china ha manifestado que la técnica debió ser en algún momento
genérica puesto que han encontrado ataúdes colgantes de prácticamente todas las
épocas históricas chinas, desde el denominado Periodo de la Primavera y el
Otoño, cronológicamente correspondiente al siglo VII a.C., hasta la primera
mitad del siglo pasado (1949). Por otra parte, en cuánto a ubicación se
refiere, en los distintos casos en que se ha podido disponer de un número
relativamente numeroso de féretros in situ para estudiar su contenido,
efectivamente se ha comprobado que mientras los más antiguos se encuentran en
la parte alta de la pared pétrea, los añadidos más tarde (y por tanto más
recientes) van ubicándose progresivamente más abajo, lo cual no hace sino
confirmar la idea de que realmente se buscaba posicionar a los fallecidos cerca
del cielo.