Aunque
es una ciudad de sobras conocida, no quiero dejar pasar la oportunidad para
reconocer algunos de los grandes avances que se realizaron en esta población y
que por ellos, en gran parte, llegó a alcanzar la fama que tuvo en la
antigüedad.
Uno de los
elementos más destacables de estas majestuosas ruinas es el templo de Apolo.
Y es que la ciudad de Corinto, en el
mar jónico, en Grecia, posee raíces que se remontan al neolítico. Su posición
privilegiada le permitió ir creciendo pasando de ser una ciudad-estado en la
antigua Grecia, a una de las urbes más importantes en la época dorada del
imperio romano, un lugar clave en las historias bíblicas de San Pablo (a los
Corintios) y continuar ganando fama y poder económico hasta llegar a ser una
gran metrópolis en el siglo octavo.
Como decimos, muy probablemente gran
parte de esta fama se deba a su acertada ubicación, sobre un estrecho itsmo que
conecta la península del Peloponeso con el continente europeo.
Entre los múltiples restos
arqueológicos de distintas eras, destacan los hallazgos del que parece ser un
gran puerto comercial que poco tenía que envidiar al afamado de Cesarea marítima, en Israel, y que como
se detalla en uno de los capítulos de mi libro “Relatos bíblicos a través de las Ciencias de la Tierra” (2021), fue
construido por el rey Herodes con todo tipo de innovaciones, a escalas
mastodónticas, con materiales de lujo y gran calidad e incluyendo, como
elemento base, un tipo de hormigón que fraguaba bajo el agua.
Se ha destacado con
flechas la ciudad actual de Corinto y la antigua (Acrocorinto). También puede
verse en la imagen derecha el emplazamiento de una inscripción al emperador
romano Nerón, en el famoso Canal de Corinto.
Si nos aproximamos más a la zona de
los puertos próximos a Corinto, encontraremos una zona denominada “Doilkos”.
Allí se pueden ver los restos de una amplia calzada de sólidas losas, que se
adentraba en el mar, tras ir hasta el pie de playa. Pues bien, esta
impresionante calzada son los restos de uno de los mayores avances de la antigüedad,
desarrollado por un sabio griego con visión de futuro, llamado Periandro El
Tirano (siglo VII a.C., hijo y sucesor de Cípselo, uno de los “Siete Sabios de
Grecia”).
Pues bien, consciente como era
Periandro de los peligrosos afloramientos rocosos en el mar que rodea a la
península del Peloponeso, de sus a veces caprichosas corrientes y de la
necesidad que tenían numerosos marineros y comerciantes de tener que bordear
toda la península del Peloponeso para llegar al “otro mar”, al otro lado del
istmo, se le ocurrió la genial idea de construir una amplia y sólida calzada por
la cual las embarcaciones pudieran acortar horas de peligrosas jornadas de
viaje, siendo transportadas sobre maderas y tiradas por bueyes o esclavos,
campo a través.
Aún pueden apreciarse
los restos de la calzada de Periandro, su ingeniosa “carretera para barcos”.
De esta manera, los cerca de 700
kilómetros a realizar por mar bordeando la península del Peloponeso se
acortaban en unos 6,34 kilómetros por tierra.
A juzgar por los restos que persisten
de esta titánica obra, el gasto en hombres y dinero tuyo que ser alto, aunque
nada comparable a las riquezas que entraron a las arcas de la ciudad por hacer
uso de este invento.
Así, Periandro (aprox. 627-587 a.C.)
se adelantó milenios a la confección del famoso Canal de Corinto, que uniendo
ambas costas en línea recta permite el paso de buques, desde que se inaugurara
en 1893 (las obras se iniciaron en 1882).
Ahora bien, se ha citado una
inscripción del emperador Nerón y es que a pesar de la mala fama de la que goza
este personaje, más de uno se sorprenderá al saber que ya durante su mandato
ordenó que se iniciaran las obras de tal canal.
Efectivamente, cuando en el siglo
XIX se comenzó a perforar la roca para construir el famoso Canal de Corinto, se
descubrieron evidencias de obras similares acometidas hacia el 67 antes del
cambio de era. Sin embargo, Nerón murió poco después y su ambicioso plan se fue
con él. Mucho antes, también Julio César pensó en lo práctico y socorrido que
habría resultado este proyecto, de llevarse a cabo.
Pero no es solo este descomunal
puerto comercial del que gozó la metrópolis en su momento de apogeo, ni el gran
templo a Apolo, ni la ambiciosa calzada
de Periandro, u otros restos señoriales los restos más imponentes de Corinto,
pues parece ser que cada gobernante trató de competir con el anterior en la
realización de obras que por solo una de ellas, la ciudad habría gozado de gran
fama.
De hecho, existen otros restos en
los que tampoco suele reparar mucha gente, abandonados en medio del campo, junto
al vistoso canal.
Se le conoce como “Muro de Hexamilión” y
estos restos corresponden nada menos que a una imponente fortificación, tipo el
Muro de Adriano, que los romanos alzaron en el siglo V de nuestra era para
mantener a raya a los godos. Poseía un grosor de tres metros y una altura de
7-8 metros, uniendo los más de 150 torres defensivas que se alzaban a lo largo
de todo el recorrido, de costa a costa, con el fin de aislar la península del
Peloponeso, con la ciudad de Corinto (a este lado del muro), del continente con
todo el movimiento de pueblos que supuso el avance de los Godos y de los Hunos,
causando grandes destrozos por el Imperio Romano.
Todo esto son “solo” algunas de las
maravillas que aún se conservan, aunque sea mínimamente, en el yacimiento de
Corinto y en sus alrededores, así que si alguna persona afortunada dispone de
tiempo libre para revivir antiguas maravillas del mundo antiguo, sin duda esta
visita es una a tener muy en cuenta.