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jueves, 3 de octubre de 2024

El descubrimiento de las fuentes del Nilo. El nacimiento del Nilo Blanco

       Voy a centrar la atención en uno de los descubrimientos geográficos más importantes de la Historia, el descubrimiento de las fuentes del Nilo, el río más largo del mundo en opinión de muchos expertos que le otorgan una longitud de 6.695 km, aunque otros más acertados defienden como río más largo al Amazonas, al que señalan una longitud cercana a los 7.000 Km. Lo que sí es seguro es que el Nilo es el río más largo del continente africano. Nace en dos puntos, Sudán y Etiopía, y desemboca por Egipto en el mar Mediterráneo, formando un amplio delta en el que están las ciudades de El Cairo y Alejandría.

Hoy se sabe que sus aguas emanan principalmente de dos afluentes o ríos: el Nilo Blanco, que nace en Ruanda en el lago Blanco, llamado ahora Victoria (por la reina inglesa); y el Nilo Azul, que nace en el lago Tana, en Etiopía. Ambos ríos se unen en un solo estuario cerca de la ciudad de Jartum, capital de Sudán, el país del mundo con más pirámides antiguas.

Poca gente sabe que la mayor concentración de pirámides del mundo se encuentra en el país de Sudán y que dichas pirámides nubias corresponden a las tumbas de un linaje de gobernantes que llegaron a reinar a lo largo de todo el Nilo, Egipto incluido, conociéndose esta etapa en el Egipto faraónico como la de “los faraones negros”.

 El Nilo tuvo de antiguo la cualidad de desbordarse cada verano, provocando tal fertilidad en sus riberas que los ribereños egipcios podían subsistir cultivando trigo, cebada, lino y papiro, además de ofrecer una buena concentración de pesca y caza, posibilitando así la vida para la población. Ello llevó al gran historiador griego Heródoto a afirmar que “Egipto es el don del Nilo”, ya que gracias a él los egipcios encontraron los elementos que posibilitaron la expansión y el desarrollo de una gran civilización a lo largo de tres mil años. El curso del río constituyó también una valiosa, útil y cómoda vía de transporte, tanto de mercancías como de personas. Al principio se creía que el faraón, como divinidad, era quien provocaba las beneficiosas inundaciones pero, cuando el imperio egipcio comenzó a venir a menos, ya no se le otorgaba al faraón esa gracia, y surgió el gran misterio. Hubo mucho interés en la antigüedad en encontrar una explicación para esas inundaciones veraniegas.

Se tiene constancia de que durante la  antigüedad se intentó hallar el nacimiento o fuente originaria del Nilo enviando distintas expediciones, pero se sabe que todo acabó en fracaso. Lo intentó incluso el propio historiador griego Heródoto, pero solo alcanzó Elefantina, una isla de Egipto en el río Nilo a continuación de la primera catarata, muy cerca de la actual ciudad de Asuán, con una superficie de 1350 m de longitud por 780 m de anchura. También los antiguos egipcios navegaron por el Nilo hasta aproximadamente el actual Jartum. Igual hicieron griegos y romanos, pero no llegaron más allá de la zona pantanosa de Sudd en Sudán; se sabe que en época de Nerón se enviaron dos militares-exploradores que llegaron a la zona señalada de ciénagas que llamarían Sudd. Se cree que en tiempos de Ptolomeo II, 240 a.C., una expedición militar ordenada por él fue la que más se acercó a su nacimiento, ya que llegó a remontar lo suficiente el Nilo Azul como para determinar que la causa de las inundaciones veraniegas eran las fuertes lluvias estacionales en el Macizo Etíope.

Pero hubo que aguardar al siglo XVII para descubrir realmente las fuentes del Nilo y confirmar el motivo señalado de esos desbordes veraniegos, entre mayo y agosto, encauzados por los ríos Nilo Azul y Atbara, que tras esos meses se convierten en cursos menores. El Nilo Azul llega a aportar más del 90% del caudal del Nilo; a éste, hay que sumar otra aportación menor, que le llega del otro curso, el Nilo Blanco, y que puede llegar a un 12% del caudal total, inferior al Azul aunque más constante y por más tiempo. Estas aguas provienen de los lagos de África Central, siendo su afluente más septentrional, el río Sobat, el que aporta los sedimentos blancos que  dan  nombre al Nilo Blanco.

Así, se puede afirmar que son dos los grandes ramales o fuentes del Nilo que constituyen el Alto Nilo y que se unen en Omdurmán, Jartum, conformando así el gran río Nilo: uno de ellos es el  Nilo Blanco, que nace al este de África y aporta poca agua, y el otro es el Nilo Azul, que nace en Etiopía y aporta la mayor parte de su caudal. Ya más abajo de Jartum, cuando sólo fluye el gran río Nilo, el única agua extra que recibe procede del río Atbara, que también proviene de Etiopía, al norte del lago Tana, aunque es un afluente que sólo da agua cuando hay lluvia en su zona, y se seca muy rápidamente.

Los descubrimientos de ambas fuentes no fueron tarea fácil; cabe recordar que el río más largo de África, y el segundo más largo del mundo tras el Amazonas, recorre más de diez países. Tras su nacimiento avanza en dirección norte cruzando Burundi,  Ruanda, Tanzania, Uganda, Kenia, República Democrática del Congo, Sudán del Sur,  Sudán, Egipto, Etiopía y parte de Camerún, hasta llegar a su desembocadura en el Mar Mediterráneo formando el gran delta.

En el descubrimiento de ambas fuentes resurgió el enfrentamiento histórico con los exploradores ingleses, siempre presentes cuando se habla de grandes gestas, de descubrimientos geográficos importantes, o de conquistas y exploraciones. En todos estos casos ha sido habitual el fuerte choque entre ellos y el resto del mundo, porque siempre han pretendido ser los primeros en descubrir todo e intentan colocar el nombre de uno de los suyos en el lugar del hallazgo. No importa que ese susodicho descubridor nunca haya estado allí, que ni siquiera pasara cerca, como puede ser el caso del Pasaje de Drake frente al Cabo de Hornos, como ya veremos más adelante. Para sus mentiras y acallar sus abusos siempre han dispuesto de la industria cinematográfica de Hollywood, así como de prensa y documentales británicos para cambiar la Historia. Pero ninguna mentira se puede ocultar eternamente. Así que no es de extrañar que ante el importante descubrimiento de las fuentes del río Nilo, cuando los ingleses quisieron anotarse la autoría total del mismo, surgiera nuevamente la polémica, que comenzó atribuyendo el gran descubrimiento global a un explorador inglés.

Cuando siendo muy joven me hablaron del descubrimiento del Nilo por un británico, me vino a la mente la imagen de un señor solemne, muy educado y ceremonioso, que realizaba en nombre de su país y para su gloria tal descubrimiento pronunciando la rase publicitaria que inmortalizara el momento (como aquella de “las mujeres y los niños primero”, en la tragedia del Titanic, que nunca se dijo pues los propios aristócratas y oficiales del buque corrieron a ponerse a salvo en los botes, que se bajaron medio vacíos como vimos aquí), “doctor Livingstone, supongo”. Después, cuando pasó el tiempo, me fui dando cuenta de que esa primera visión no se debía a mi imaginación, sino que cuando aún era niña pude ver esa imagen en un tebeo, en una película anglófila del séptimo arte que echaban en televisión o en un documental anglosajón, y de esa forma ese educado señor y su séquito lo acapararon todo, incluso las mentiras, si bien en este caso sólo fue una mentira a medias, aunque costara trabajo descubrirlo.

Ya he señalado que son dos los grandes ríos que forman el gran Nilo: por un lado el Nilo Azul, que nace en las montañas de Abisinia, en el Lago Tana, y que es el que le aporta la mayor parte del caudal; y por otro el Nilo Blanco, que suele aportar una décima parte del caudal del gran Nilo y que nace en el Lago Blanco, ahora llamado Victoria. Lo curioso es que los británicos sólo descubrieron el nacimiento del Nilo Blanco y, aunque sea el que menos agua aporta, generalizaron ese descubrimiento a todas las fuentes del Nilo. Y eso no es verdad, por muchas historias y películas que monten con la conocida frase “El doctor Livingstone, ¿supongo?”, porque aunque es cierto que la fuente del Nilo Blanco la descubrió el británico John H. Speke allá por el año 1862, se olvidan que la fuente del Nilo Azul la descubrió 250 años antes el misionero español Pedro Páez, hecho ya perfectamente aceptado hoy día, aunque se mencione menos que “la gesta inglesa”.

Cartel de la película “Stanley and Livinstone”, conocida en España por algún virtuoso del inglés como “El explorador perdido”.

 Cabe recordar que por el 1850 pocos visitantes aparecían por el África ecuatorial, pocos la conocían, quizás comerciantes de esclavos y algunos exploradores portugueses que merodearon por los grandes lagos africanos. Cierto que los británicos mostraban mucho interés en buscar las míticas fuentes del Nilo, para lo que la Royal Geographical Society patrocinó una expedición, llevando además el objetivo de colonizar tierras por el África Central. Por la zona del Nilo Blanco apareció allá por el 1866 un misionero y explorador británico, el médico escocés David Livingstone, buscando inútilmente el nacimiento de ese río cerca del lago Tanganika, al sur del lago Victoria, y en este paisaje encaja la consabida frase: “El doctor Livingstone, ¿supongo?”, que se refiere a la supuesta conversación habida en 1871 entre este médico explorador y el periodista explorador galés Henry Morton Stanley, al que el periódico New York Herald había enviado para encontrar a Livingstone, quién había desaparecido en una expedición a esa zona. Stanley llegaba pagado por el rey Leopoldo II de Bélgica, ávido de protagonismo y con mucho interés en el África central, donde tenía un próspero negocio de tráfico de esclavos. Tras ocho meses de penalidades, Stanley encontró al misionero escocés en la aldea de Ujiji, junto al lago Tanganika, aunque tampoco era cierto que estuviese perdido; a pesar de su delicada salud, Livingstone se hallaba donde quería estar, luchando contra la esclavitud y ayudando como podía a los nativos de aquellos pueblos africanos. De hecho, el encuentro se realizó cuando Stanley encontró al misionero escocés en su campamento a la orilla del lago, y se dice que en aquel momento le soltó la archifamosa y retórica pregunta, porque en aquella zona remota de Tanzania no había ningún otro blanco en una distancia de mil kilómetros. Esa frase fue un verdadero filón para Hollywood, con películas como “Stanley y Livingstone, dirigida en 1939 por Henry King y Otto Brower, actuando como protagonista el famoso actor Spencer Tracy, acompañado por Nancy Kelly, Richard Greene y Walter Brennan. El cine edulcoró y cambió la historia, como quería el propio Stanley, más preocupado por aparecer como un héroe para ocultar su fama de miserable y evitar las mentiras y tergiversaciones que le rodeaban gracias a un trabajo de tan dudosa ética, el de negrero. El film de aventuras fue un éxito comercial, que recibió mucho reconocimiento y críticas positivas por el drama histórico, cuya narrativa cinematográfica no pudo ser contrastada por Livingstone, que ya había fallecido.

Izda: una de las varias fotografías que se tomó Henry Morton Stanley en el papel de explorador, con un niño nativo esclavo llevando su rifle (tanto mejor estaría con su madre, en su aldea). Centro: el Dr. Livingstone, enterrado en la abadía de Westminster. Dcha: idealización de un encuentro con frase para la posteridad que seguramente nunca se dijo.

 Cómo todas las películas históricas que hizo Hollywood de una gesta británica estuvo muy escorada hacia el engaño, comenzando por las dudas sobre la autenticidad de la consabida frase y que han llegado hasta nuestros días, dado que Stanley había arrancado previamente las páginas de su diario que hacían referencia al encuentro, lo que ha llevado a cuestionar su veracidad; más aún cuando en el relato de Livingstone sobre este encuentro no menciona esa frase, pero vaya si la maquinaria anglófila le supo sacar provecho.

Tuvo más éxito la expedición de los dos oficiales del ejército indio Sir Richard Francis Burton y John Hanning Speke, que partieron de Zanzibar en 1857 con numerosos porteadores, guía árabe y escolta armada, aunque no estuvo exenta de problemas, ya que la Sociedad que la patrocinaba no podía hacer económicamente frente a dicha expedición. Tomaron una ruta muy complicada, cruzando zonas peligrosas, desiertos, pantanos, montañas, que hicieron que se quebrara la salud de los integrantes de la expedición, de forma que llegaron muy enfermos, transportados, al lago Tanganika el 13 de febrero de 1858. Fueron  los primeros europeos en verlo y cuando lo exploraron pensaron que podía ser la fuente del Nilo (Blanco). Burton marchó convencido de ello hacia Ujiji y Kazeh, ya que quería recuperarse de su enfermedad, por lo que, en ese mismo año de 1858, Speke, una vez recuperado, hizo una incursión en solitario hasta el lago Blanco que él llamó Victoria, en honor a su reina, y que identificó como la fuente del Nilo (Blanco). Después viajó rápidamente a Kazeh informando jactanciosamente el hallazgo a su colega Burton, que no lo aceptó y siguió insistiendo en que la fuente del Nilo estaba en el lago Tanganika.

Tuvieron que esperar cuatro meses de continuos enfrentamientos hasta curar sus enfermedades, para volver a Zanzibar. Speke viajó a Inglaterra antes que su compañero, declarando, en contra de las afirmaciones de Burton, que había encontrado el nacimiento del Nilo (Blanco). Pero los enfrentamientos entre los dos oficiales continuaron hasta que Speke contactó con la Royal Geographical Society para que le financiara una expedición  que ratificara su descubrimiento. Y en esa expedición, acompañado por  otro oficial del ejército indio, James Augustus Grant, volvieron a Zanzibar en 1860, desde donde viajaron al lago Victoria hasta las cataratas Ripon para confirmar su descubrimiento. Pero la Sociedad Científica no acabó de aceptarlo, por haber otros ríos aún desconocidos que allí nacían, de modo que en 1863, Speke tuvo que realizar otra nueva expedición, financiado de nuevo por la Royal Geographical Society, y acompañado esta vez por el explorador Samuel Baker. Este reconocido explorador conocía la existencia de otro lago, el Luta Nzige, al que después llamó Lago Alberto, que podría ser el lugar donde nacía el río Nilo, así que emprendieron la nueva búsqueda de ese lago situado más al norte. Fue una expedición complicada y difícil, incluso fueron  apresados por el rey de Bunyoro, y tras superar esa dificultad llegaron al nuevo lago en 1864 y encontraron que un río unía ese lago con el Lago Victoria. Baker señaló que este lago era otra fuente primaria del Nilo (Blanco) y llamó Nilo Alberto al río que unía ambos lagos, nombre que también otorgó al recién descubierto lago, en honor del esposo de la reina Victoria.

Pero obviaron un detalle: este lago Alberto era alimentado por el rio Semiliki, que venía del lago Rwitanzigye o Rweru - llamado en 1888 lago Eduardo en honor al príncipe de Gales, por su descubridor el galés Stanley - con lo que este lago, situado en el centro del Gran Valle del Rift en la frontera entre la República Democrática del Congo y Uganda, se convertía en otra fuente del Nilo (Blanco), afluyendo a él diversos ríos procedentes de las montañas Ruwenzori, Montañas de la Luna.

De 1873 a 1876, el general Charles G. Gordon, un militar londinense del Cuerpo de Ingenieros Reales, y administrador colonial que había adquirido buena fama por sus campañas en China y en el norte de África, donde llegó a ser gobernador del sur del Sudán anglo-egipcio y extendió las fronteras egipcias a Gonkoro hasta dimitir de su puesto en 1879, confirmó que ese lago era la fuente del Nilo tras realizar una expedición de exploración al lago Victoria. Aunque Speke no conoció esa noticia, ya que había muerto en un accidente de caza, el prestigio de Gordon hizo que su palabra fuera decisoria para asignar el mérito del descubrimiento de las fuentes del Nilo (Blanco) a John Hanning Speke. Gordon tenía un carácter religioso y místico profundo, no era una persona razonable pero sí muy popular, que adoptaba decisiones arriesgadas al margen de la política de su país, como aquella que asombró a todos cuando se le ocurrió entrar sólo en Jartum, ciudad de Sudán reclamada por los nativos derviches, que luchaban contra las naciones imperialistas mandados por Muhammad Ahmad, llamado El Mahdi. Gordon, confiando en la ascendencia que su presencia daba a las poblaciones con las que se enfrentaba. Acudió sólo a Jartum cuando Gran Bretaña ya había decidido salir de ella, pero la presión popular hizo que mandaran refuerzos para sacar a Gordon de allí, aunque llegaron tres días después de que lo decapitaran, encontrando su cabeza clavada en una pica. Como siempre, esta magna decisión de un militar británico, pretendiendo ocultar la imprudencia que cometió con su presencia en Jartum, que costó muchos sufrimientos y vidas inocentes, y sólo sirvió para prolongar un año la resistencia agónica de la ciudad, se plasmó en una nueva y rentable película de Hollywood titulada “Kartum”, escrita por Robert Aldrey y dirigida en 1966 por Basil Dearden, en la que Charlton Heston hace el papel protagonista de Gordon y Laurence Olivier al líder sudanés El Mahdi, apoyados por un buen elenco de actores como Richard Johnson y Ralph Richardson. Una admirable historia lejos de la realidad pero que pretendía redibujar la historia.

A: cartel de la película Khartoum. B: fotografía del general Charles G. Gordon. C: estatua de Gordon en Khartoum, Jartum (Sudán). C: estatua del personaje en Melbourne (Australia, donde nunca pisó el militar), copia de otra estatua londinense.

 La geografía moderna de las fuentes del Nilo (Blanco) la establecería, entre  1887-1889  el ya mencionado Henry Morton Stanley, que hizo el trabajo con grandes dificultades, entre acusaciones de maltrato, desprecio y asesinato de nativos africanos. Gran Bretaña lo considera el mejor explorador de ese siglo además de un gran héroe, pero oculta muchas cosas que ya hoy se conocen claramente, como que todas sus expediciones causaron mucho dolor y mucha sangre. Su figura en sí misma era una impostura. Nació en Galés, no en Estados Unidos como afirmó durante una buena parte de su vida, cuando emigró a Estados Unidos y adoptó el nombre de Henry Morton Stanley. La realidad fue que su padre era un borracho y su madre una mujer soltera, a la que el padre abandonó con su hijo, y lo bautizaron como John Rowlands. Pero no consiguió engañar a todo el mundo. El escritor contemporáneo, sir Richard Burton (1821-1890), otro gran viajero pero íntegro, que despreciaba a Stanley, le acusó de “disparar contra los negros como si fueran monos”. Y desgraciadamente decía la verdad.

jueves, 8 de abril de 2021

La cara desconocida de los antiguos egipcios

            En la entrada anterior desmontábamos uno de los mayores espejismos históricos que ha existido teniendo como protagonista al “insumergible” Titanic, cuya historia de prepotencia, priorización de intereses económico sobre vidas humanas y negligencia en altas dosis se trató de tergiversar edulcorándolo en un bonito cuento de fatalismo del destino al más puro estilo shakespeareano, donde los británicos supieron estar a la altura de la epopeya con un capitán que prefirió hundirse con su barco, unos oficiales que cumplirían la máxima de “las mujeres y los niños primero” y la banda de música tocando para calmar a las asustadas víctimas de su final trágico elegido cruelmente por los dioses inmisericordes. Ni Walt Disney lo hubiera mejorado.

                Ahora, hoy, vamos a desmontar otro error histórico que viene cometiéndose con respecto al Egipto faraónico, último bastión de la fantasiosa historia inventada por los británicos que supieron hacer del país del Nilo su Cancún particular acudiendo como prepotentes colonos a “hacer las Áfricas” vistiéndose de “Doctor Livingstone, supongo” mientras expoliaban sin control cuánto gustaban. Porque recordemos algunos méritos:

1) El enorme agujero de la Gran Pirámide (la de Keops) fue realizada por un coronel inglés deseoso de entrar como su paisano Custer en un poblado indio del Oeste o lo que es lo mismo, cual elefante en cacharrería, sin importante un comino la edad de dicha pirámide sino el saqueo de las posibles riquezas de oro que pudiera contener en su interior (y luego machacan hasta la saciedad que eran los españoles los codiciosos de oro…); el cafre de turno no es otro que SIR William Howard Vyse, militar, etnógrafo, político y egiptólogo (por afición de saqueo, no por otra cosa) entre cuyos méritos además del citado en la pirámide de Keops (donde rivalizaba en el empleo de explosivos para abrirse paso por el monumento, con el genovés Giovanni Battista Caviglia) se encuentra el emplear dinamita para tratar de acceder al centro de la esfinge dejando una gran cavidad aún apreciable, cuando en 1978 Zali Hawass dirigió los trabajos para reparar los daños, encontró porciones del tocado de la Esfinge que se habían precipitado al suelo como consecuencia de las sacudidas de las explosiones. Otro de sus méritos es el de volar una zona de la pirámide y mira tú por dónde, en uno de los bloques que cayeron, con tinta roja muy raramente empleada por los antiguos egipcios y con faltas de ortografía, se descubrió el único texto en jeroglífico que se conoce de las pirámides y que muchos escépticos consideran que fue una burda falsificación del inglés para atribuirse un hallazgo sublime que no es tal;



Sir William Howard Vyse (1784-1853) no tuvo ningún complejo en dejar por escrito toda su brillante historia como egiptólogo, obra que forma parte de los clásicos de literatura británica.

2) Otro inglés también enfermo de las fiebres de oro, Howard Carter, no solo hizo todo lo que estuvo en su mano para pavonearse con los bellos objetos sumamente delicados de la tumba del faraón Tutankamón, sacándolos en pleno desierto, bajo el abrasador sol de Egipto y a medio día tras pasar más de dos mil años ocultos a la luz del astro rey, sino que no tuvo ningún tipo de reparo en, serrucho en mano, cortar la momia del mismísimo “rey niño” Tutankamón, para sacarlo para ser fotografiado con los restos (para más proezas similares, ver aquí);

3) El paso al Más Allá para los egipcios consistía en devolver el aliento a los cuerpos sin vida, una vez fallecidos y por eso era tan vital para ellos conservar los cuerpos de sus seres queridos de la mejor manera posible. Para ello llegaron incluso a realizar quizás el primer intento de la hazaña de Noé, al preservar miles de momias de numerosas especies animales para que el día del renacer se poblara el Más Allá con animales admirados como serpientes, toros, aves, bueyes, cocodrilos, perros, mandriles, gatos, … Este inmenso mausoleo animal que dormía el sueño de los justos a la espera de su renacimiento se encuentra en Mynia, en la gran ciudad que en tiempos de la cinematográfica Cleopatra fue la segunda gran metrópolis de Egipto, con enormes edificios de dos plantas y esta peculiar necrópolis animal en forma de catacumba que alcanza los 15 metros de profundidad y contaba con cientos de momias. Digo “contaba” porque era una auténtica joya del Antiguo Egipto hasta que los británicos llegaron al país del Nilo y a alguno se le ocurrió pensar que al tratarse de cuerpos orgánicos servirían como buen fertilizante; existen documentos (unos pocos preservados) donde se detalla un cargamento de veinte toneladas de momias animales procedentes de estas catacumbas, con destino a Liverpool, donde fueron trituradas para fertilizar los campos de toda Gran Bretaña. Lo mismo hicieron en otras treinta necrópolis de momias de animales repartidas por todo el país del Nilo y a falta de este material, tampoco hicieron feos a momias humanas. Eso es amor por la historia. Produjeron tal destrozo que no se conocía una sola momia animal del lugar hasta que, afortunadamente ya con egiptólogos verdaderamente implicados en la preservación del Patrimonio egipcio, se realizaron estudios en esta necrópolis conociendo la verdadera inmensidad de ésta, que cuenta con unos siete kilómetros de galerías –muchas aún inexploradas- descubriéndose un grupo de momias de gatos, perros y algún baduino (un tipo de mono). Gracias a este descubrimiento se ha podido conocer mucho sobre la técnica de la momificación.



                Como es de esperar, estos tres casos que son solo un ápice de la ingente cantidad de atropellos cometidos por “amantes del Egipto faraónico” de Gran Bretaña en el país del Nilo no han sido obstáculo para que Egipto siga conservando como una de sus preciadas joyas el hotel donde se alojó Agatha Christie, el barco de vapor Sudan en el que viajaron sobresalientes personajes de la aristocracia británica (entre ellos, la citada escritora con su segundo marido) o el hotel de Asuán con la habitación en la que se alojó hasta en tres ocasiones el Primer Ministro británico más famoso, Winston Churchill.

                Pues bien, como digo, los ingleses y otros aristócratas europeos que decidieron seguir su estela de “hacer las Áfricas” comenzaron a crear una visión del Antiguo Egipto que los representaba como seres bonachones, muy listos, afables, que gustaban deleitarse con los placeres estéticos como pasear en grandes barcazas con finas telas por el Nilo, mientras desarrollaban complejos estudios astronómicos estableciendo el calendario tal cual lo conocemos hoy (ver aquí), orientar sus tumbas reales a la constelación de Orión (ver aquí) o incluso desarrollar una compleja creencia mística que se emplearon incluso en nuestras iglesias medievales (ver aquí). Sin embargo, es posible que muchos de esos logros no fueran tales, por ejemplo, el de codificar el número pi en las pirámides pues si empleamos la unidad de medida que ellos usaban no se obtiene ese valor, sino una mera proporción base/altura (ver más detalles aquí).  

                De igual manera, el pueblo egipcio como tal era muy aficionado a las celebraciones religiosas, llenando sus enormes templos –cuya parte más sagrada tenía el acceso restringido a la casta sacerdotal únicamente- de incienso, gran cantidad de loto azul (cuyo aroma es ligeramente alucinógeno), etc. En tales festividades se consumía gran cantidad de alimentos, generosamente acompañados de litros y litros de cerveza y vino (hay pinturas que los representan trabajando los campos de cereales, recogiendo uva, pescando, danzando …). Disfrutones del buen comer, estudios recientes realizados en las momias han revelado que muchos faraones sufrían de enfermedades tales como la gota. Además, considerándose descendientes de los dioses, no dudaban en casarse con familiares directos y además de tener varias esposas por acuerdos políticos con otros pueblos. Entre otras curiosidades reveladas por los grabados, practicaban la circuncisión e incluso se conoce un largo papiro pornográfico al estilo kama Sutra.

                Parece que las tres actividades favoritas de los dirigentes egipcios eran la de construir edificios públicos cada vez mayores, fundamentalmente templos, cazar especialmente grandes felinos y hacer la guerra. Este último aspecto no ha sido muy tratado pero baste una simple observación de los bajorrelieves realizados por los propios egipcios para comprobar el grado de dureza que solían emplear. Así por ejemplo, la tumba KV-9, así llamada por ser la novena tumba en descubrirse del Valle de los Reyes (Kings Valley, en inglés) y correspondiente a la sepultura de Ramsés V y Ramsés VI se encuentra profusamente decorada. En la sala donde se encuentra uno de los féretros monolíticos hace tiempo ya saqueado y destrozado, puede contemplarse una línea inferior que representa a cuerpos de prisioneros arrodillados, maniatados en la espalda y decapitados, tal como puede verse en la imagen siguiente:



E incluso con el faraón portando el cuerpo boca abajo de un prisionero de guerra decapitado:



                Y es que lo cierto es que los egipcios eran aficionados a hacer prisioneros en sus misiones de guerra. Recordemos, sin ir más lejos, el relato bíblico con todos los israelitas empleados como esclavos en el Egipto faraónico de Ramsés II. Si bien hoy se cree que el relato bíblico se inspira en historias babilónicas o incluso egipcias, modificadas, lo cierto es que este citado faraón fue uno de los más destacados y no solo por su longevo mandato (vivió 96 años) sino por su empleo del marketing en los edificios públicos, representándose como un héroe casi mitológico. Su principal templo propagandístico, de Abu Simbel, relata por ejemplo su aplastante victoria sobre los hititas, representándose en talla desproporcionada junto a ellos que aparecen sometidos por el faraón, mientras Ramsés reparte golpes a diestro y siniestro, como si no hubiera un mañana:



                Pero lo cierto es que las fuerzas estuvieron tan igualadas que quince años después los monarcas de ambos bandos se vieron obligados a firmar el primer tratado de paz de la historia, que se conserva, y que tuvo tal relevancia que en la actual sede de las Naciones Unidades se expone una copia de éste, el llamado “Tratado de Qadesh” (por cierto que la batalla de Qadesh se considera que corresponde a la contienda en la que se vieron implicados el mayor número de carros de caballos de todos los tiempos).

                Una propaganda gráfica similar ocurre en lo relativo a la batalla naval que Egipto sostuvo contra los llamados “Pueblos del Mar” e incluso la faraona Hatshepsut decora parte de su famoso templo con los productos que lograba importar gracias a sus acuerdos comerciales, como maderas exóticas, marfil, monos y esclavos.

                Pues bien, otro de los aspectos de esta faceta guerrera egipcia permanece aún escasamente conocido y no es otra cosa que la existencia de fortines egipcios muy similares a los castillos medievales que tanto abundaron por España y Europa durante la Edad Media. Una razón de su desconocimiento es que se han hallado pocos, por el momento. De hecho, la cifra asciende a tres y de ellos, dos se encuentran bajo las aguas de la presa de Asuán, de manera que con esta acción el presidente egipcio Nasser enterró de por vida el posible conocimiento que sus meticulosas excavaciones nos hubieran podido ofrecer. Por su emplazamiento, en la frontera con el país vecino de Sudán, se sospecha que estos fortines protegían las rutas comerciales de productos tan esenciales para Egipto como el oro, el incienso y el ébano, cuando los faraones conquistaron la Nubia Baja (hoy, el noreste de Sudán). Construidos con bloques de adobe, estaban dotados de almenas y de foso.

                Recientemente el equipo de científicos dirigidos por Roberts Mittelstaedt y James Harrell (volcado en el estudio de las canteras del Antiguo Egipto) han localizado por restos de al menos cuatro nuevas fortalezas, una en Dihmit Norte, dentro del Wadi Dihmit (37 km al sur de Asuán); otra en Dihmit Sur; y dos más en Al-Hisnein, en el Wadi Siali (25 km al SW de Asuán). Por su parte, un equipo de la George Reisner’s Harvard University conjunto con el Boston Museum of Fine Arts se encuentran excavando otra de las fortalezas de Asuán que se creían perdidas, la Uronarti, cuando las inundaciones producidas por la presa la cubrió. De esta manera, aunque tímidamente, se van descubriendo nuevos aspectos de la cultura egipcia faraónica de hace 4.000 años.



Dos de las fortalezas estudiadas por el momento. Las siglas FC corresponden a la fortaleza (para más información, ver aquí, en inglés)

                Parece ser que los soldados (o los artesanos que equipaban y daban de comer a las tropas) vivían en el interior de estos recintos fortificados, en cabañas circulares realizadas con piedras del lugar, apiladas. También se han encontrado útiles de cerámica tosca, reutilizada varias veces. De igual manera, en fortalezas más estudiadas se han encontrado restos de grandes recintos que debieron corresponder a ingentes cuadras destinadas a guardar tanto a los animales como a los carros, ya que los egipcios solían hacer la guerra en estos vehículos. El propio Tutankamón parece ser que falleció a consecuencia de complicaciones en las heridas producidas por la caída desde uno de estos carros.



Izquierda, base de las cabañas circulares destinadas a los soldados o a los artesanos, en la fortaleza de Uronarti. Derecha, reconstrucción del aspecto que debió tener de la gran fortaleza de Bouhen, controlando en tramo del Nilo Bajo, según Franck Monnier en su libro “Les forteresses égyptiennes du Prédynastique au Nouvel Empire”, 2010.

                Y es que como dicen los científicos, Egipto –y fundamentalmente su rico patrimonio- nunca dejará de sorprendernos y maravillarnos.



jueves, 20 de agosto de 2020

Los graves errores de Howard Carter


            Howard Carter, el británico aficionado a la arqueología que soñaba con descubrir una tumba egipcia intacta y que finalmente saltó a la fama mundial, logrando su objetivo al encontrar la tumba del faraón adolescente Tutankamón, convirtiéndose en el personaje que cientos de generaciones soñaban con ser, vuelve a ser un ejemplo más de la eficacia publicitaria que siempre ha caracterizado al mundo anglosajón. De hecho, encumbran a sus ídolos autóctonos a la par que ocultan sus errores que, de haber sido realizados, aún de menor magnitud,  por personas de otros países, los habrían calificado de imperdonables. Pues bie, hoy vamos a centrarnos en ese lado oscuro de uno de los personajes más admirados de entre los aventureros buscadores de tesoros.

martes, 16 de junio de 2020

Antigüedades modernas en nuestros museos

        Si hay una frase que no he dejado de repetir a lo largo de este blog es que existen muy pocas cosas nuevas recién inventadas que no existiesen ya en algún momento de la historia pasada. Llegados a este punto y a raíz de ordenar en uno de mis discos duros las muchas carpetas de fotografías que tengo de mis viajes y visitas a diversos museos, exposiciones y yacimientos, deseo compartir con los lectores interesados, ciertos objetos que bien pudiéramos estar empleando a día de hoy. De esta forma tal vez modifiquemos la opinión que se dan en muchos libros de historia y documentales que nos hacen ver a nuestros pasados viviendo en las cavernas o en sociedades sumamente primitivas e incultas.
        Por cierto que quiero volver a recordar que a finales del presente mes, el blog cambiará de aspecto, sufriendo algunas modificaciones entre las que puede que figure el hecho de que únicamente puedan dejar comentarios los registrados en el blog como seguidores. Trataré de  hacer los cambios, en la medida de lo posible (o permitido) para que las modificaciones sean mínimas con respecto al blog tal cual hemos venido viéndolo y usándolo, sin embargo son las nuevas normas de Blogger y debemos aceptarlas, pues posiblemente nos beneficien a todos.

miércoles, 22 de agosto de 2018

La reina Pedauque

      En esta ocasión deseo compartir con los lectores la curiosa historia que nos ha llegado, mezcla de tradiciones y datos verídicos, como toda buena leyenda que se precie, y que tiene como protagonista a una mujer que, según se relataba, tenía una de sus piernas (o incluso las dos) similar a la de una oca. Debo decir que el mérito de esta estrada se lo debo atribuir a un nuevo seguidor de mi blog (desde aquí mi agradecimiento por hacerse seguidor de mi web), quién no dudó en contactar conmigo para interesarse por este singular personaje de la historia y que, por alguna extraña razón que desconozco, atrae la curiosidad de numerosas personas pues reconozco que hace ya un tiempo, también otro curioso lector me contactó con similar propósito e interés. Por ello, me he animado a realizar esta entrada centrada en la singular reina Pèdauque, a fin de que otras posibles personas interesadas puedan encontrar información que arroje algo más de luz sobre esta leyenda. Dicho esto, comencemos.

jueves, 10 de agosto de 2017

La tumba de las estrellas


           Si se visitan los llamados “el Valle de los Reyes” y el “Valle de las Reinas” –denominados así por albergar las tumbas de los faraones e infantes, y las tumbas de las faraonas consortes o madres de futuros faraones, respectivamente–, llamará la atención las ricas decoraciones del interior de sus cámaras mortuorias, haciendo referencias a los cielos. No es de extrañar pues quién desde pequeño no ha oído en algún momento que algún adulto le dijera que algún ser querido que había muerto, “está ahora en el cielo”. Es una reacción lógica derivada del hecho de tener a lo largo de toda nuestra vida sobre nuestras cabezas un millar de millones de estrellas tintineantes que parecen que nos observan. ¿Por qué no creer, por tanto, que nuestros seres queridos están allí, descansando y felices pero observándonos protectoramente, aguardando el momento en que nos reunamos con ellos?. Es una creencia ancestral, que se puede encontrar en todas las civilizaciones conocidas, desde las iberas, germanas, asiáticas, africanas y americanas. Los egipcios no eran menos, el problema es que eran tan sumamente barrocos en sus decoraciones, que hoy dedicaremos esta entrada a explicar cómo leer éstas. Quisiera dedicarla, de paso, a una amiga que ha perdido a su padre y además es una amante confesa del mundo egipcio antiguo. Va por ti, Mari Carmen.

jueves, 22 de junio de 2017

El solsticio de verano


     En la entrada anterior hablábamos del Universo, especialmente de las estrellas (remito a los lectores interesados en los Quasars y Pulsar, leer esta otra entrada, así como a todos aquellos incrédulos de que realmente el ser humano pisara la Luna, les ofrezco la lectura de varias entradas pasadas en las que argumentaba las “evidencias” de que sí llegamos a nuestro satélite aquí (I), aquí  (II), aquí (III) aquí (IV)  y aquí, V). Hoy vamos a seguir mirando al cielo.
      Ya en otra entrada hablé del solsticio de invierno y cómo en el Universo no hay nada único, además de que todo tiene su complementario, este solsticio de verano es la contrapartida (o la cruz de la moneda, si se prefiere), al de invierno. Así, mientras en el de invierno se celebraba el resurgir del Sol invictus pues comenzaba el día a ganar horas a la noche, la luz comenzaba a imponerse a la oscuridad; en esta ocasión ocurre lo contrario.