Como
ya indiqué, y retomando la petición de algunos lectores, paso a describir la biografía
de “un buen marino inglés, Lord Horatio
Nelson, el hombre que derrotó a la armada franco-española en la Batalla de
Trafalgar y que acabó con la <hegemonía naval española>, sustituida por
el dominio de la armada inglesa”. Esto es lo que suele leerse todavía en
bastantes páginas virtuales en internet que hablan de este marino, elevado a la
categoría de excepcional por ese mundo anglófilo que con sus eternas falacias y
medias verdades aún domina un amplio espectro de la historia pasada, cuando
desde la Segunda Guerra Mundial, junto a sus acomplejados primos
estadounidenses, controlaron toda la información en el mundo, montando sus verdades
y ocultando lo que les perjudicaba. Crearon una Historia paralela, tan poco
verídica, que a base de repetirla consiguieron que muchos creyeran que era
cierta. Con ricas series divulgativas donde las grandes mentiras destacan sobre
el color y con una ambiciosa industria de Hollywood que con su gran incultura perdía
el oremus por la madre patria, montaron
tanta historias y películas que hicieron creer al resto de los sufridos
mortales, admirados por su admirable y costosa puesta en escena, que la enanita
y cara de vinagre reina Isabel I fue una especie de reina de belleza o que el rudo,
obeso y aficionado a la decapitación de sus amantes cual mantis religiosa rey
Enrique VIII fue un adonis, aunque bien mirado eran hechos sin demasiada
importancia. Ahora, con el Brexit, este mensaje pretende enfatizarse si bien en
plena edad de las telecomunicaciones, ya depende de la voluntad que cada
ciudadano ponga en dejarse adoctrinar. Ya mencioné en entradas anteriores como
documentales realizados hace menos de dos años tratan de atribuirse el mérito
de frenar el avance otomano en Europa mediante medias verdades de la isla de
Malta y borrando de la historia la gran batalla naval de Lepanto. Sin ir más
lejos en una película de Hollywood estrenada el año pasado sobre las aventuras
de un doctor que hablaba con los animales y que debe salvar de morir envenenada
a la reina inglesa ponen como rey de los piratas a un español, Antonio
Banderas, mientras el inglés protagonista es un ejemplo de lealtad y honor….patético
el cambiar los verdaderos papeles que la historia repartió, cuando los
españoles se veían “obligados” por su nobleza y honor a respetar tratados de
paz con Inglaterra cuando ésta saqueaba y masacraba sin ningún escrúpulo ciudades
inglesas (ver aquí y aquí, un par de ejemplos) o se inventaba “hazañas” tan patéticas como cortarse su
propia oreja para hacer pasar la historia como que se lo habían hecho los
españoles exigiendo entrar en guerra por ese motivo (un precursor del Maine
estadounidense), acuñar monedas celebrando su victoria en una batalla en la que
fueron barridos por el ingenio de D. Blas de Lezo (ver aquí), o fanfarronear de que iban a darse un viaje de placer arrasando una isla de
las Canarias de la que regresaron sin un brazo y con el rabo entre las piernas
precisamente por el propio Nelson glorificado (ver aquí). En fin, hoy vamos a tratar de acercarnos, desde nuestra humilde posición, a
este gran hombre solo lejanamente igualado por otros de la talla de Sir Francis
Drake.
Que
la historia inglesa inventada es digna de recopilarse como los relatos de
Andersen y de otros autores es algo por lo cual yo consideraría seriamente
realizar una recopilación de firmas para impedir que ese gran patrimonio
inmaterial no se pierda con el pasar de los años, ya que como la saga
hollywodiense de Star Wars (la Guerra de las Galaxias), posee su propio mundo
imaginario traducido en ese idealizado imperio británico que rozaba lo
perfecto, si bien frecuentemente sabía camuflar sus propios ideales con rasgos
nobles (estoy pensando en esa escena en que un bello Charton Heston, como
oficial norteamericano, desenmascara y reprocha al aristocrático británico que
haga pasar por resistir ante los chinos sin doblegarse cuando en realidad
pretendía que el resto de los países se retirada y de esa forma que Reino Unido
fuera el único país que comerciara directamente con China, en la película 55 días en Pekín). Este “universo British” (por seguir un
paralelo con el llamado “universo Marvel” de superhéroes de cómic) derrocharon
en todo tipo de historias escritas, recitadas o representadas en documentales y
películas dirigidas a transformar derrotas en victorias y ascender a la gloria
a mediocres militares; hoy no hablo del general Bernard Law Montgomery, primer
vizconde Montgomery de El-Alamein, apodado “Monty” o “el general espartano”,
encubriendo o eliminando las grandes meteduras de pata que tuvo, por
ejemplo en la reconquista de los Países Bajos; eso lo dejaremos para otra
ocasión. Hoy prefiero centrarme en un héroe británico aún mayor, Lord Horatio
Nelson, un buen marino al que se le añaden muchas historias fantásticas, y
quede claro que digo buen marino, que eso en términos británicos lo eleva a excelentísimo,
acercándose a un dios, y así lo han colocado en lo alto de una columna en la plaza
más importante de Londres ¿Lo mereció? Pues es difícil de responder a la
cuestión pues si sumáramos lo que hizo con lo que dicen que hizo, la columna
podría llegar al cielo, de ahí a que para mí sea un elemento más del “universo
British”.

“Universo Star Wars” versus (vs) “Universo British”, con la estatua de Horatio Nelson destacando en la Plaza de Trafalgar,
en la capital inglesa. Por causas ajenas a mí, el diseño del blog se ha modificado (depende de Blogger, que ha unificado el diseño de todos ellos); para ver mejor la imagen, picar sobre ella.
Pero
los versados en la Historia de países que tuvieron enormes imperios, como el
español, durante más tiempo el más grande de la época moderna, no pueden evitar
una sonrisa, porque hubo tantas gentes en este nuestro país que superaron con creces
las hazañas de Nelson, aunque un 90% de sus compatriotas españoles lo
desconozcan, que si tuviéramos que colocarlos en columnas nos haría falta un
cielo más alto, comparando con Nelson. No hablo de Blas de Lezo y la defensa
que hizo en Cartagena de Indias (ver aquí)
con un par de millares de españoles contra la flota británica más grande que
jamás existió al mando del gran almirante ingles Edward Vernon (el Nelson de 1741),
tampoco del Gobernador de Luisiana Bernardo de Gálvez (ver aquí), que allá por 1780 eliminó todos los fuertes británicos del Misisipi y tomó Mobile
y Pensacola, la perla inglesa del Caribe que defendía el General John Campbell, evitando
que las tropas coloniales británicas ganaran la Guerra norteamericana de la Independencia
a los desleales estadounidenses (Campbell, que sería el Comandante en Jefe de
América del Norte fue hecho prisionero en Pensacola y paseado como tal por La
Habana); tampoco hablo de Jofre de Loaysa
(aquí), que dio la segunda vuelta al mundo en 1525; ni de Jorge Juan (aquí), el marino científico; ni de Churruca (aquí)
, el marino ilustrado e ilustre protagonista (1805) en Trafalgar; ni del almirante José de Mazarredo, que como
Mayor General participó en 1780 en la mayor derrota naval inglesa de su
historia y que, cuando (1797) los almirantes ingleses Nelson y
Jervis intentaron con su flota invadir Cádiz al mando del primero, tras la
desastrosa batalla española de enero en el cabo San Vicente, hizo que el resto
de le escuadra española dañada se refugiara en Cádiz.

Mazarredo,
utilizando tácticamente las murallas y baluartes perfectamente diseñados por
Blas de Lezo cuando era Comandante General de Cádiz (había fallecido en
Cartagena de Indias en 1741) y con una flotilla de 30 lanchas torpederas, repelió
el ataque con tanta bravura e inteligencia que consiguió que la famosa
bombardera de Nelson quedara fuera de combate; (pretendía que Nelson se retirara, pero la
vanidad del británico le llevó a pretender una conquista fácil de Tenerife que
se saldaría con el humillante desfile de todas las tropas inglesas detenidas,
pero a las que se les perdonó la vida, a diferencia de los ingleses que mataban
a todos los enemigos, ver mi libro sobre la Armada Invencible donde relato la
cantidad de españoles desarmados a los que hicieron desnudarse y disponerse en
fila para que los fueran degollando uno a uno). Ese
mismo Mazarredo, tras la derrota inglesa en la batalla de Elviña (1809) frente
a una escuadra franco-española, en la que murió el General Sir John Moore, jefe
de las fuerzas inglesas, evitó que parte de la flota española de El Ferrol fuera
llevada a Francia por orden de Napoleón; curiosamente los ingleses le ofrecieron
su ayuda, que no aceptó. A este gran almirante habrá que reservarle más
adelante unas páginas en esta web.
Y
qué decir de Malaspina y de Bustamante, marinos científicos e ilustrados que en
1788 dirigieron
la primera expedición española de
circunnavegación científica,
adelantándose en casi medio siglo a las investigaciones de Darwin (1831), ver
aquí. Por no citar a centenares de españoles que construyeron y engrandecieron el gran Imperio Español, un imperio con orden,
ilustrado, y que respetaba los derechos de los nativos, considerados ciudadanos
españoles y realizando la primera campaña de vacunación del mundo, a todos los
ciudadanos del Imperio Español, sin diferenciar razas, ni etnias ni condición
(Expedición Balmis, o Real Expedición Filantrópica de la Vacuna). A pesar de
todo, sin ignorar que toda conquista trae consigo episodios trágicos, tema
harto debatido en esta web (ver aquí y aquí), pero matizando que nuestra “conquista” generó un mestizaje, cuando otros
“exploradores” ocasionaron genocidios y exterminio de tribus nativas; así,
mientras los ingleses se afanaban por repartir mantas infestadas de
enfermedades entre los indios nativos norteamericanos, a los que consideraban
razas inferiores, baste con documentarse sobre la verdadera vida de Pocahontas;
los españoles fletaban barcos con científicos que recorrían los confines del
Imperio Español vacunando contra la viruela a sus habitantes.

Expedición Balmis. Por
causas ajenas a mí, el diseño del blog se ha modificado (depende de
Blogger, que ha unificado el diseño de todos ellos); para ver mejor la
imagen, picar sobre ella.
Pero
esos datos y esas gestas, en España son poco conocidos o directamente ignorados,
cuando no, apropiados por otras naciones. Es como si las expediciones marítimas,
y las científicas después, no hubieran existido o fuera increíble que las
protagonizaran nuestros antepasados. Nunca dejamos de ser un país de tribus, las
tribus iberas y celtiberas, con escaso apego a la cultura y al cultivo de
nuestras tradiciones, usadas como armas arrojadizas con demasiada frecuencia… Porque
si actuásemos como nación y tuviéramos mejores gobernantes, un país con tanta
historia de la que sentirse orgullosos no la escondería en los baúles, ni permitiríamos
que gentes irresponsables e interesadas tildaran de “fachas” a los españoles de
buena fe que respetan los símbolos de la nación y se sienten orgullosos de su
historia sin tener que admirar a los “caballeros” británicos que siempre se
comportaron y fueron “otra cosa”. Esos gobernantes obligarían a que en la
enseñanza de nuestros jóvenes existiera un libro de Historia único para todas
las comunidades, donde se reflejase la verdad de lo que fuimos. Pero esa deriva
no tiene visos de arreglarse, no al menos en un futuro cercano.
Pero
no demoremos más el hablar de su eminencia, el mayor héroe inglés, Horacio
Nelson. Ante todo debo señalar que fue un marino valiente, intrépido y con un
arrojo admirable que a veces rayaba en lo temerario; no le importaba poner en
peligro a sus hombres o a su flota cuando entraba en batalla, como ocurriera en
1797 en el fracasado intento de conquista de Tenerife o realizando algo tan…
¿cómo calificarlo? de plantarse ante los cañones enemigos con su mejor gala y
sus medallas brillando a pleno sol…marcando una diana andante (ver aquí).
Pero sin duda este dechado de virtudes también tuvo otras “cualidades” que los
pulcros británicos consiguen ocultar, como el hecho de que fuera un adúltero empedernido
que no tenía remordimientos por acostarse con la mujer de uno de sus mejores
amigos. O ese egoísmo y esa prepotencia enorme que le hacían arriesgarse inútilmente
en la batalla (antes del fracasado intento de conquistar Tenerife le envió una
carta a su esposa señalándole que estaría unos días sin escribirle porque se
iba de crucero turístico); o como he señalado antes, entrar en batalla con su
traje de gala, cargado con todas sus medallas y distinciones, que lo hacían un
blanco visible para los soldados escopeteros enemigos, lo que ya le costó la pérdida
de un brazo en Tenerife y aún así no escarmentó, repitiendo tal hazaña como
ocurrió en la batalla de Trafalgar, cuando fue abatido por el sargento francés Robert
Guillemard, que con su mosquete Charleville lo alcanzó disparando desde el barco Redoutablea, capitaneado por el gran marino
francés Jean Jacques Etienne Lucas (de
menos de 1,50 m de altura), a una distancia,
aproximada de 20 yardas (18,28 m), mientras Nelson dirigía a su buque HMS Victory.

Por
causas ajenas a mí, el diseño del blog se ha modificado (depende de
Blogger, que ha unificado el diseño de todos ellos); para ver mejor la
imagen, picar sobre ella.
Precisamente
esa batalla de Trafalgar encumbró a Nelson a la fama. Inglaterra necesitaba de
mitos, tenía muy cerca a Napoleón, que nunca apostó por la Armada, y salir
vencedor de esa batalla que pocos creían que iba a ganar ya que esperaban que
al frente de la armada franco-española hubiera un auténtico marino como
Mazarredo, que ni siquiera participó, o Cosme de Churruca, Álava o el francés Lucas.
Pero no fue así, y un inútil como el almirante francés Silvestre Villeneuve,
aplicando una estrategia disparatada, le ofreció a Nelson la victoria en
bandeja de plata. Los cronistas ingleses, ávidos de encumbrar a su
almirante, engrandecieron su leyenda y le asignaron el papel de destructor del
Imperio Español, cosa que ya había iniciado Napoleón con más virulencia y saber
hacer, al incidir en la flota española o en los gobernantes. Tras la muerte de
Nelson en 1805, los ingleses le hicieron un entierro sublime, tras haber
mantenido su cadáver en un barril de coñac, acontecimiento comparable con lo
que decían de su increíble heroicidad, cuando afirmaban que Nelson había tenido
la valentía de dirigirse a la cabeza de una columna de navíos contra la
formación enemiga. Añadiéndole una táctica personal revolucionaria que no era
suya, también es cierto que su vanidad le hizo lanzarse el primero
contra los aliados sin tener en cuenta que él daba las órdenes y que en caso de
ser gravemente alcanzado se rompería la cadena de mando con sus hombres, cosa
que no ocurrió dada la inútil estrategia de Villeneuve, quién se enfrentó a Nelson con un fuerte viento desfavorable
que hizo que la flota aliada se separara (hubo incluso barcos aliados que no llegaron
a intervenir en la batalla, arrastrados por el viento y otros 5 barcos
franceses que huyeron de ella).

Indicación de los vientos durante la batalla de Trafalgar. Por
causas ajenas a mí, el diseño del blog se ha modificado (depende de
Blogger, que ha unificado el diseño de todos ellos); para ver mejor la
imagen, picar sobre ella.
Pero hagamos una breve biografía
del marino. Fue el cuarto hijo del matrimonio del predicador Eduard Nelson y
Catalina
Suchling, Nació el 23 de septiembre de 1758 en Burnham-Thorpe,
una aldea del condado de Norfolk. Su nombre le vino del popular poeta romano, pero
no sirvió para que le atrajeran las artes y tras aprender lo básico en la
escuela de Norwich, su tío materno, capitán Suchling, consiguió enchufarlo en la
“Royal Navis”, actividad muy usada para esos ingresos. Con 14 años entró como
grumete, en 1770,
en el buque “Razzonable”
de 64 cañones, donde no destacó en nada. Tanto fue así que su familia hizo que
navegara en un barco mercante a las Indias Occidentales. A la vuelta en
1772, nuevamente su tío se lo llevó en el barco “Triunfo”, que capitaneaba, y lo fue instruyendo en las labores del
mar hasta conseguir que se curtiera como marino ante la sorpresa de la familia,
que no veían a aquél chico delgado y débil con las características necesarias
para enfrentarse a ese duro oficio. Se enroló en 1773 con el capitán Phipps,
que buscaba una ruta por el norte a América. En ese viaje se comenta que fue
nombrado comandante de un bote de 12 marinos utilizado como romper hielo. A la
vuelta, fue destinado al barco “Seahorse”
que navegaba por el Océano Índico, donde entró en batalla por vez primera.
Después, por su mala salud pues contrajo la malaria, tuvo que volver a casa, en
un estado de salud deplorable que siempre arrastró, lo que le produjo una
fuerte depresión de la que nunca acabó de recuperarse, cómo él mismo anotaba en
su diario: “Después de profundas
meditaciones en las cuales deseé en más de una ocasión arrojarme por la borda,
una racha súbita de patriotismo se encendió en mí y comprendí que pertenecía al
Rey y a mi País”. En septiembre de 1776 lo destinaron bajo el mando del
capitán Robinson al “Wolcester”, donde comenzó a adoptar
aptitudes de buen marino. En 1777 fue ascendido a teniente y participa en las
guerras de la independencia norteamericana; en 1779, con 20 años, asciende a
capitán y aunque era el capitán más joven de la Royal Navy no se auguraba para
él una carrera meteórica en la marina. Como capitán de la fragata 'Hitchenbroke' intervino en una expedición contra las posesiones
españolas que fue un verdadero desastre, le costó más de 3.000 vidas conquistar
un fuerte, que rápidamente recuperaron los españoles. Estuvo luchando contra los
piratas autóctonos en las colonias norteamericanas, capitaneando el navío “Boreas” de 28 cañones, donde tuvo un altercado
que le costó una sanción. Fue en esa época cuando se casó con Fanny Nisbet, en
1787.

Retrato
de Frances Nelson, primera esposa de Lord Nelson, y de éste en pleno arrebato
de humildad (si uno se fija bien, igual hasta encuentra que lleva colgada la
ficha de la piscina o las comidas en el parchis).
Nelson tuvo
que acogerse a una baja por enfermedad cuando padeció otra fuerte depresión
acompañada de ansiedad en 1790, posiblemente por su mala salud y la situación
desfavorable en la que vivía. Volvió a la marina en 1792 mandando el buque de
64 cañones “Agamemnon”; actuando en
el Mediterráneo y en una batalla cerca de Calvi en el entorno del Reino de
Nápoles perdió la visión del ojo izquierdo, que tapaba con un parche, y comenzó
a perder también la del ojo derecho, aunque más lentamente. Como Comodoro,
participó en la flota del almirante Jarvi, y
gracias a la ineptitud del almirante español José de Córdova que había
sustituido a Mazarredo (cesado por criticar a Godoy el estado de la flota, que
ya dependía más de Francia), que navegaba con la flota española vigilante por
el Cabo de San Vicente sin llevar una formación naval adecuada dado que en ella
reinaba la anarquía, careciendo de buques delanteros de reconocimiento que
evitaran sorpresas, lo que hizo que la escuadra inglesa, escondida en la niebla,
atacara por sorpresa y le hundiera 4 barcos; tal era la anarquía, que los
barcos españoles llegaron a dispararse uno a otro, esto hizo que Córdova
buscara refugió en Cádiz para arreglar desperfectos en lugar de presentar
batalla, cuando los barcos españoles mandados por buenos marinos ya se habían
reagrupado. Por su arrojo en esta irregular “batalla”, Nelson logró el título
de Vicealmirante y, deseoso de poner laureles a su nuevo
ascenso, Nelson dirigió una fuerza naval contra Cádiz, pero, como ya hemos
comentado, se encontró allí con el Almirante Mazarredo y sus cañoneras, que a
pesar de estar en peores condiciones materiales, lo contarrestó excelentemente
con ingenio, arrojó y táctica adecuada (ver aquí), dañando
gravemente la escuadra de Nelson, que optó por huir.
Para resarcirse de esa derrota intentó
conquistar Tenerife, que creía era una presa fácil, con una escuadra integrada
por 9 navíos
con 393 cañones y 3.700 hombre soldados; enfrente tenía al general Gutiérrez de
Otero (ver aquí)
que
padecía de fuerte alergia y que mandaba una guarnición de algo
menos de 1.700 hombres entre soldados regulares (60 artilleros, 247 soldados
del Batallón de Infantería de Canarias, 110 hombres de los Cazadores
Provinciales y 60 soldados de la Bandera de Cuba), marineros (entre ellos 110
de la corbeta francesa “La Mutine”), milicianos (330 de las Milicias de La
Laguna y Orotava) y sobre todo civiles (desde labriegos a pescadores, pasando
por artesanos y criados), además de 89 cañones distribuidos en 16 baterías. Era una batalla desigual en la que los
españoles tenían todas las de perder, pero nuestro general derrotó a Nelson,
que perdió un brazo; y la derrota podía haber sido aún mayor si Gutiérrez no
hubiera devuelto sanos y salvos (incluso tras encargar a médicos que curaran
sus heridas) a los dos regimientos ingleses que desembarcaron y que estaban
rodeados por españoles y rendidos tras repeler el ataque de Nelson.
Tras
ser obligado a entregar en persona, carta de su propia derrota, nuestro héroe Nelson se recuperó moralmente y añadió una
nueva victoria contra la flota francesa en Aboukir, cerca de Alejandría,
tratándose de otra batalla más que le pusieron en bandeja los franceses.
Napoleón había desembarcado su ejército en Egipto para conquistar la tierra de
los faraones, dejando la flota de 13 navíos anclada en el interior de la bahía
de Abukir, al mando del almirante Brueys D´Aigalliers, que no tuvo una idea más
brillante que, al tener barco con más cañones, anclarlos para asegurar el tiro
contra la flota inglesa; en un derroche de conocimiento de la mar, lo hizo
lejos de la costa, en aguas profundas, lo que no evitó que los barcos se
balancearan –lógicamente- por las olas y erraran los disparos. Por otro lado,
al estar anclados no podían moverse, lo que dio pie a que un ataque envolvente
de Nelson por ambos lados los derrotara. Por si fuera poco, en la retaguardia
francesa había una línea de barcos mandada por Silvestre de Villeneuve, ¿se
acuerdan de este nombre?, pues aquí nuevamente destacó puesto que se dieron a
la fuga y no presentaron batalla. Tan perfecta le salió la jugada a Nelson que,
a pesar de sufrir un episodio de pánico cuando una bomba francesa le explotó
cerca, por encima del ojo bueno, por lo que le bajaron a la enfermería hasta que
terminó la batalla, eso no se consideró cobardía, sino que curada su herida (de
poca gravedad), la lució orgulloso como una insignia más. Fue una buena
victoria en la que no perdió un solo barco, por lo que fue muy celebrada en
Inglaterra. Había acabado con las ansias de expansión hacia Asia de Napoleón.
Esta victoria le valió el título de Barón y también le valió la relación con Emma
Hamilton, hija del embajador británico en Nápoles, que se convirtió en su
amante y pasearon sin ningún tipo de vergüenza su relación por Londres, ante
las narices de su avergonzada esposa, Frances Nelson.

Carta de amor conservada de Horacio Nelson a lady
Hamilton y dos retratos de la joven, que fue inmortalizada por pintores
ingleses como la Cassandra grecorromana o incluso como la María Magdalena
cristiana.
Y después vino
Trafalgar, batalla de la que ya hemos comentado tácticas y resultados (se puede
profundizar más en los enlaces que hemos ido señalando, especialmente en el de
don Cosme de Churruca). En esa batalla los 27 navíos de Nelson atacaron a favor
del viento en dos columnas paralelas contra la armada franco-española mandada
por Villeneuve, que apurado por las prisas (parece que venía desde París un
correo con su cese) salió de Cádiz contraviento al frente de sus 32 barcos (15 españoles y 18 napoleónicos), lo que hizo que los navíos se desperdigaran y
no pudieran mantener la línea de combate. En dos figuras anteriores se ha
esquematizado cómo fue la batalla.
La muerte de Nelson
en esa batalla hizo que los británicos le ascendieran a los cielos, literalmente
(en su monumento con estatua) y literariamente señalando falsamente que había
empleado una táctica revolucionaria, cosa que no era cierta. Por mucho que los británicos le hayan hecho
pasar a la Historia como un revolucionario, esa táctica ya existía y la habían
utilizado otros tantos marinos antes que él; si funcionó fue gracias a la
torpeza del almirante francés. De hecho Nelson la copió de Duncan, mejor marino
y más veterano que él, y de Lord Hood, que ya la habían utilizado con éxito en
Tolón.

Está
claro que la historia de Nelson se ha exagerado hasta elevarla a la categoría
de leyenda. Se le convirtió
en elemento mítico británico, pero todos los historiadores imparciales estudiosos
de su vida reconocen que no fue el mejor almirante inglés, como quieren hacernos
creer. Posiblemente no esté ni siquiera entre los cinco mejores. Pero los
países necesitan mitos y leyendas y para eso los británicos son maestros. La
isla decidió que, por una serie de casualidades, Nelson fuera su héroe nacional,
cuando la verdad es que nunca se acercó a la altura de Cunningham, con sus 22
victorias navales. Ni siquiera
consiguió cortar el comercio que
había entre las colonias y la Península. Pero tuvo la enorme suerte de vencer y
morir en Trafalgar, en una época peligrosa para Inglaterra, lo que le convirtió
en un mito. Nelson era un buen marino, con iniciativa, pero la leyenda lo ha
encumbrado a cotas excesivas. Era mucho peor marino que algunos capitanes
españoles como, p ej, Cosme Damián Churruca y Elorza, que además de gran marino
fue un gran científico. En Trafalgar necesitaron 6 navíos ingleses para que Churruca
muriera capitaneando su “San Juan Nepumuceno”, pero siempre los anglosajones
han sido maestros en vender, cuando no crear, mejor a sus héroes.

Distintos
“merchandising” de Lord Nelson.