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jueves, 24 de febrero de 2022

Incoherencias en nuestros museos

                Me gusta hacer visitas culturales porque siempre hay preciosas joyas, casi en cualquier rincón de nuestro país, que desconocía y que aportan un grato momento de belleza y satisfacción al verlas y descubrirlas.

                Otro punto a su favor es que lamentablemente suelen ser visitas sin gente pues por lo general no suele haber nadie, o a lo sumo un par de personas “despistadas”. Los museos (municipales o regionales), centros de interpretación o salas de visitantes, entre otras denominaciones, también suelen captar mi atención pues si tienen una faceta etnográfica o folclórica siempre suelen poseer ese halo bohemio tan bonito, y si son arqueológicos ayudan a conocer piezas nuevas que desconocía.

                Dicho esto, por lo general suelo llevarme un sabor agridulce en las visitas a los museos arqueológicos (en sus distintas denominaciones) porque no deja de ser verdaderamente frustrante que sigan manteniendo ideas preconcebidas antes de la Guerra Civil, cuando los extranjeros (alemanes e ingleses, generalmente), acudían a “la cateta” España a jugar a Indiana Jones, excavando aquí y allá a su antojo para dejar aquí migajas y llevarse a su país las mejores piezas halladas. Con todo, no podemos dejar de reconocer que gracias a ese expolio consentido, la Península Ibérica sacaba a la luz un pasado milenario que casi todos los patrios ignoraban y despreciaban a partes iguales.

                No tardaría en llegar la Segunda Guerra mundial, con el parón consiguiente en el campo arqueológico, para ser retomado poco después en una España muerta de hambre, que se recuperaba de una guerra civil y trataba de adaptarse a la etapa más dura de la Dictadura. Los republicanos, por su parte, habían dejado unos destrozos en muchos casos irreparables en el patrimonio español (baste ver en mi libro “El fenómeno de las Vírgenes Negras” cómo en zonas de la Rioja, País Vasco o Cataluña, por ejemplo, casi el 90 % de las tallas medievales de estas esculturas marianas se destruyeron o perdieron en la Guerra Civil, y no a manos de nacionales o franquistas precisamente…). En Castilla y León, y casi toda la mitad norte de España en general, el desprecio a lo religioso se manifestó en el abandono y saqueo de iglesias, usándolas en el mejor de los casos como cuadras para el ganado. Y de eso se aprovecharon los “Indianas Jones” extranjeros comprando los frescos del siglo XI de San Baudelio de Berlanga por 5.000 pesetas cuando se usaba para guardar ovejas, o denostando el busto de la Dama de Elche encontrada por un labriego, culpándolo de haberla falsificado y comprarla así “por cinco duros” para llevarla al museo francés del Louvre; son sólo dos ejemplos de entre miles. En esta dura postguerra mundial, el sufrimiento y persecución del pueblo judío a manos de los nazis, condujo al resurgimiento y revalorización del pueblo hebreo; y la idea de que sus ancestros -los fenicios- fueron una pieza clave para que el ser humano se civilizara ganó fuerza en el mundo arqueológico. Así, se  hizo pasar al fenicio por “el afable tendero y comerciante” que cambiaba precarias tonterías de piedra y barro  hechas por los autóctonos por lo último en civilización: cerámicas a torno, edificios rectangulares, barcos “hippoi” que aunque fenicios, eran de Gadir, de Cádiz, y cómo no, la escritura, que será precursora de todas las demás de futuras culturas europeas, como la Etrusca (de la que descenderán los romanos), la Griega y la Ibérica. Pero todo este espejismo inventado cae por su propio peso a poco que se desee abrir los ojos y contrastar:

a)      El afable, bonachón y civilizador pueblo de comerciante que se dice fueron los fenicios, se contradice con sus monedas, donde aparecen armados hasta los dientes y con las distintas grandes batallas que han dejado huella histórica;

 

b)      Que los “hippoi” se atribuyeran a los fenicios, cuando las crónicas históricas los mencionan como “barcos de Gadir” no deja de sorprenderme pues si realmente fueron invención fenicia, ¿por qué hacer tal distinción geográfica? ¿No sería más bien que trataron de agenciarse las afamadas “naves de Tarsis” que menciona El Antiguo Testamento, la legendaria flota tartesia, 100 % autóctona peninsular?

 

c)       Que se diga que “los buenos fenicios” enseñaron a los peninsulares a realizar sus casas y edificios rectangulares, pues hasta entonces seguían construyendo edificios circulares a imitación de las cabañas paleolíticas-neolíticas, produce risa si se analiza el registro arqueológico portugués y español, encontrando ya construcciones plenamente rectangulares en el 2.200 a.C., si no mucho antes.

 

d)      Que se señale que los fenicios enseñaron el alfabeto a los peninsulares es no ya irrisorio sino ridículo. Más aún cuando existen piezas arqueológicas de al menos el cuarto milenio antes del cambio de era, al menos tres milenios antes de la llegada de los primeros fenicios a Occidente, que emplean no solo todos los caracteres fenicios sino más, en al menos tres escrituras distintas. Estas piezas se encontraron en yacimientos arqueológicos de la provincia de Huelva (SO de la Península Ibérica) y Castellón (NE de la Península Ibérica). Las evidencias están ahí: el alfabeto fenicio derivó de alguno de estos alfabetos peninsulares. Y por tanto, si se consideraba la escritura fenicia como precursora de todas las escrituras mediterráneas de la Antigüedad, habría que concluir que el conjunto de alfabetos de la Península Ibérica fueron la madre de las escrituras mediterráneas. Es puro razonamiento lógico… Aunque ningún académico ni museo arqueológico lo diga, ni por asomo.

 

Pero no solo estas falsas ideas sobre el divino pueblo fenicio se siguen inmortalizando en nuestros museos arqueológicos, incluso de nueva creación, sino otras falsedades que se dan por ciertas. Mostraré un caso que me ocurrió hace unas semanas, en un viaje por Alicante y Murcia, cuando visité el Museo Arqueológico regional de la provincia de Murcia, del cual tenía muy buenas expectativas… y me llegó la primera decepción, colosal, en el panel del origen y dispersión del ser humano. Es que no había una sola idea que fuera cierta, a tenor de las publicaciones científicas y de los grandes descubrimientos en ese campo, realizados en los últimos 10 años. Veamos el panel del museo:


 La numeración corre de mi parte, para facilitar la explicación de todas las incoherencias acumuladas. 1) Homo erectus: ¿por qué razón se le pone cruzando la Península Ibérica rumbo al resto de Europa cuando desde hace décadas se le considera exclusivo de Asia?; 2) Homo ergaster: se considera que nunca abandonó África así que, repito ¿por qué razón se le pone cruzando la Península Ibérica rumbo al resto de Europa? 3) Homo antecessor: ¿ por qué narices lo ponen yendo a Asia, derivando por Oriente Próximo hacia los Balcanes, y en el Norte de África, cuando se ha encontrado por ahora solo en Atapuerca (que por cierto no está donde la sitúan, en el País Vasco, sino en Burgos, algo más abajo) y en Reino Unido?; 4) Homo heidelbergensis: ¿pero qué hace derivando del Homo antecessor para irse hacia China, cuando hace décadas que se atribuyen a este taxón todos los restos anteriores al Homo antecessor hallados en el norte de África, España, Alemania (donde se definió la especie) y resto de Europa? Si es que no han dado una. Para más datos, exactos y actualizados, ver aquí 

 Fue tal mi frustración, que a la salida una trabajadora del museo me preguntó qué tal y le comenté mi decepción. La llevé ante el panel y le expliqué todos los errores que se agolpaban en él. Le dije que en mi página web hablaba de las últimas investigaciones y que tenía mapas esquemáticos que les autorizaba a reproducir gratuitamente. Le dije que si me facilitaba papel y bolígrafo, con gusto les dejaba anotados mis datos de contacto por si los quería pasar al director(a) del museo u otra persona apropiada, para hablar del asunto y ofrecerme a darle todo lo necesario gratuitamente, para que se pusieran paneles actualizados y basados en trabajos serios especializados y rigurosos. Para mi sorpresa me sonrió, se encogió de hombros y expresó un “no hace falta”. Pensé "qué idiota de mí, qué ingenua he sido al creer que a alguien en el museo le podía interesar poner información actual, rigurosa y cierta (contraria a sostenidas ideas demostradas ya como falsas) sobre Paleontología Humana, facilitada por una doctora en Paleontología"; como tal me había presentado.

Dicho esto, quiero enfatizar que lo he mencionado por compartir mi última experiencia frustrante en un museo arqueológico, no porque desee demonizar el Museo Arqueológico de Murcia, porque ya digo que para mí todas estas instituciones tienen el gran valor de preservar una parte de nuestro patrimonio que de otra forma se habría perdido. La pena es que podrían hacerlo mejor, sin sostener falacias aceptadas sino sacando pecho de las evidencias, que las hay y están en prestigiosas revistas científicas, señalando otra realidad histórica. No puedo entender ese miedo a reivindicar una Historia real, que encima deja a los antiguos peninsulares como grandes precursores culturales y no como meros indigentes culturales, imitadores mediocres de toda influencia externa. Y dado que he dicho un aspecto negativo de este museo diré dos positivos: en uno de los paneles se habla de la cerámica neolítica y se dice que la cerámica a la almagra será típica del área andaluza (cierto, pues se considera creación de allí) y al hablar de los íberos se señala: “Entre los siglos VII y I a.C., en el Levante de la Península se desarrolla una cultura dinámica y de rasgos muy originales: la ibérica, resultado de una convergencia entre la evolución interna de las sociedades indígenas de finales de la Edad del Bronce y  las aportaciones realizadas por los pueblos del Mediterráneo oriental y central: fenicios, púnico-cartagineses, griegos y etruscos. (…)” Por lo menos se separa relativamente de la concepción que otros museos tienen de los íberos, aceptando que poseen rasgos originales propios, y no que el 80 % de su cultura era “prestado” de culturas mediterráneas, como se viene defendiendo en contra de las evidencias;  ya he mencionado el tema de la escritura, pero qué decir de sus construcciones rectangulares, que se dice casi de forma unánime que toman de los extranjeros, cuando en el mismo territorio donde vivirán los íberos se dio una cultura netamente autóctona, El Argar, que construyó casas rectangulares y poblados en terrazas entre el 2.200 a.C y el 1.500 a.C., bastante siglos antes de aparecer por las costas peninsulares gentes del Mediterráneo central-oriental. Porque esa es otra, se admite que los Íberos siguen con iguales edificaciones, organizaciones sociales, etc que los argáricos, y sin embargo se es tremendamente reacio a creerlos sus sucesores, dejando un vacío cultural entre el 1.500 a.C. (argárico final) y el siglo VII a.C. (íbero temprano) ¿Por qué? Pues porque de otra forma sería harto complicado atribuir todas las maravillas íberas a pueblos extranjeros que influyeron en ellos, que hicieron sus obras imitando otras del Mediterráneo central-oriental, idea con la que disiento totalmente.


     Otros chascos, y en este caso debemos irnos nada menos que al Museo Arqueológico Nacional de Madrid y a un sinfín de museos regionales y locales españoles. Sigamos con la cultura Íbera. Por todos lados vemos dataciones de estatuas como la Dama de Elche, que encontró un labriego arando su campo, la sacó y siguió con sus plantaciones; la Bicha de Balazote (lo mismo); numerosos toros y leones íberos, siempre  hallazgos fortuitos, encontrados arando los campos. Entonces, ¿en qué argumentos objetivos se basan para datarlas, "sin ninguna duda al respecto", en los siglos V, IV o III a.C.? Soy geóloga y rotundamente digo que no existe un solo método de datación absoluta que pueda decirnos cuándo se hizo una escultura sobre un bloque de piedra. Entonces, ¿qué credibilidad merece esa datación? Porque si se hace en base a prejuicios, al “como me parece que es como aquella, debe ser de igual edad”, eso no es serio ni riguroso, sino una mera chapuza. Lo mismo cabe decir de las “estelas de guerrero”, con frecuencia encontradas fuera de su emplazamiento original, tal vez apiladas en un muro de piedras que separan parcelas, y aún así se atreven a datarlas con total seguridad y rotundidad. Alucinante.


    Detalle de sendas capturas de pantalla de la ficha técnica que nos aparece en Ceres para “estela de guerrero” y bicha de Balazote del Museo Arqueológico Nacional de Madrid. En el primer caso, la estela dicen que se halló en 1858 (o algo antes), que parecía tapar una tumba que no se ha conservado, con un recipiente de cerámica en su interior que se encuentra en paradero desconocido, encontrada en un lugar  concreto indeterminado… y lo fechan como realizada entre 1000-800 a.C., ¿basándose en qué?. En el segundo caso, la Bicha de Balazote, más de lo mismo, pues la encontró un agricultor en sus tierras y se desconoce el lugar exacto en el que se encontraba y el nivel estratigráfico correspondiente… pero lo fechan "exactamente" entre los años 525 -476 a.C., diciendo que perteneció a una estructura turriforme, Es que no salgo de mi asombro.

     Es más, tomemos un libro escrito sobre cualquier erudito en el mundo Íbero. No salgo de mi asombro con sus afirmaciones tipo “los Íberos vivían….”, “tal objeto o rito religioso no es propio de la cultura Íbera sino que se tomó de..” (fenicios, griegos, romanos,…) Bien, acudamos al registro arqueológico. Y veremos que tan sólo un 1 % o, estirando mucho, un 5 % de la totalidad de poblados íberos que se sabe que existieron desde Huelva hasta Cataluña se han excavado en su totalidad, el 100 % del asentamiento y su necrópolis? Seamos serios. Ese porcentaje no es suficiente para ser representativo de la totalidad de tribus íberas que existieron. Porque personalmente creo que para nada. Es un porcentaje patético que indica una variedad cultural, étnica y folclórica que ni mucho menos debería servir para atribuirse a aportes extranjeros. Porque esa es otra, vayamos a sus dataciones.

Con frecuencia se me acusa de mezclar culturas de tiempos distintos. Y yo les digo, ¿en serio? Es posible que se desconozca, porque por lo general las dataciones absolutas se suelen dar en Arqueología y por ello se piensa que pertenecen a ese ámbito, pero no es así. Tales dataciones las realizan geólogos o químicos, básicamente porque consiste en estudiar peculiaridades de determinados elementos químicos presentes en los sedimentos y por tanto es el ámbito de la Geología, el mío. Los arqueólogos se limitan a hacer sus dataciones relativas, que como su nombre indica, no se basan en otra cosa que la otorgación de una edad por el juicio (o prejuicios) que tengan, es decir “a ojo de buen cubero”. Pero como eso de datarlas “porque tienen pinta de ser tal” queda poco serio (que en verdad lo es) pues se le dice “datación relativa” y parece hasta riguroso, cuando no lo es en absoluto.

Las dataciones que clavan la fecha de realización de un objeto se basan en distintas técnicas y se denominan dataciones absolutas porque en teoría lo son. Estas dataciones suelen realizarlas laboratorios especializados en el análisis geoquímico de los sedimentos, en concreto de determinadas sustancias. Pero como todo, tienen sus limitaciones. Por ejemplo, para materiales orgánicos se suele utilizar el llamado “método del carbono 14”, que analiza la proporción de “carbono 12/carbono 14” y en función de la proporción que presenten, tendrán una edad (más apropiadamente, hará tanto tiempo desde que murió, y por tanto se puede deducir cuándo falleció). Dicho esto, prestemos atención a los detalles porque lo que se data es cuándo murió ese ser vivo. Por ejemplo, si cogemos un trozo de madera de una barca y la datamos, nos dará la fecha aproximada de cuándo murió el árbol en cuya madera se talló la embarcación pero ¿y si, pongamos por caso, fue una canoa que encontraron en un dolmen o un enterramiento anterior y se la adjudicaron por creencias rituales? Es un asunto delicado. Pero no es este el único problema ya que se parte de la premisa de que todos los seres vivos tenemos en vida igual proporción de carbono 12/carbono 14, algo que no es cierto, pues la personas que se alimenta casi totalmente de pescado y algas tendrá una proporción muy distinta del que se alimenta de caza, de carne. Si ambos murieran, nos darían por válidas dataciones de que vivieron en tiempos distintos, cuando no es cierto pues eran contemporáneos. Y esto es sólo un ejemplo, porque una talla de madera enterrada en sedimentos está expuesta a las aguas subterráneas, que proceden de las aguas de lluvia que se filtran disolviendo minerales y por tanto aportando nuevo carbono al original de la madera, cambiando su concentración y proporción de carbono 12/carbono 14. ¿Cómo resolverlo? Estableciendo unos valores generales de la proporción de carbono que había en cada tiempo. Estos valores estándar se sacan de los estudios geoquímicos de varvas glaciares (depósitos sedimentarios de antiguos lagos glaciares), de sondeos de hielos milenarios, sacando datos, contrastándolos con los de otros lugares y así sacando unos valores de carbono estándar para cada época. Estos valores deberán sumarse o restarse a las dataciones absolutas de cada nivel estratigráfico obtenido y el resultado de este proceso nos da las “dataciones calibradas” que deben usarse en cualquier estudio serio y riguroso de Arqueología.

Y  me pregunto cuantos de estos estudios hay para cada yacimiento íbero “estudiado”, con frecuencia excavado solo entre un 10-25 %  ¿Un 3 %? Y de éstos ¿cuántos presentan dataciones absolutas calibradas, posteriores al año 2000? Me refiero a este año en concreto porque se encontró un error en los estudios de las calibraciones que obligó a recalibrar lo calibrado; por ejemplo, los restos de Atapuerca que sirvieron para describir al nuevo taxón Homo antecessor requirieron un reajuste, un calibrado, siendo más antiguo de lo que en principio se consideró. Si llegan a un 0,5% ya sería para emocionarnos.

Y con todo, se sigue ignorando un error que todos los geólogos debemos reconocer pero que prefiere ignorarse por ser “lo menos malo”, y es que estas calibraciones se realizan tomando como ciertos estos valores de proporciones de carbono atmosférico estándar, al ser valores parecidos obtenidos en distintos lugares del planeta para una misma fecha o edad. Pero a poco que reflexionemos veremos que hoy no tenemos los mismos valores de CO2, CO y otras sustancias con carbono en los cielos de Madrid, Burgos, Barcelona, Bombay, Dubai, Chicago, Santiago de Chile … o Ushuaia, por decir unos cuantos ejemplos. Rotundamente no. Porque depende no ya del tráfico, la quema de combustibles fósiles, sino de parámetros como la cantidad de incendios forestales, de emisiones volcánicas que haya en la zona, de la alimentación que sigan … e incluso de detalles tan insignificantes como si para hacer harinas las culturas antiguas empleaban molinos de carbonato, por ejemplo (de caliza, mármol, etc) que en parte se mezclaba con el grano triturado y se ingería.

En fin, que como vemos no existen dataciones infalibles pero insisto en que las absolutas son las menos malas, mucho más certeras que las nefastas dataciones relativas a las que tan aficionados son los arqueólogos e historiadores españoles, y que tan en retroceso están en el extranjero, donde se apuesta crecientemente por distintos tipos de dataciones absolutas e incluso de varios métodos de ellas para encontrar la edad más exacta. Así, evitan que se den casos como los de las pinturas rupestres de Maltravieso, que los académicos estimaban que databan (por datación relativa, es decir, “a ojo de buen cubero”) del 12.000 a.C. o tal vez del 25.000 a.C., y que la datación absoluta ha evidenciado que poseen más de 40.000 años de antigüedad, siendo las pinturas rupestres más antiguas conocidas hasta hoy.

 

                Dicho esto, me gustaría saber la razón por la que nuestros museos arqueológicos y centros de interpretación de yacimientos arqueológicos tienen tal empeño por decir cosas que no son, sostener dataciones inventadas y seguir difundiendo la idea de que todo avance cultural llegó  a la Península Ibérica de fuera, ninguna se creó aquí. Llevan incluso la contraria a las corrientes de pensamiento extranjeras que, por ejemplo, admiten que la cerámica campaniforme surgió en la Península Ibérica, dio lugar a diversas tipologías y se difundió por el resto de Europa y parte del norte de África. Esta idea la sostienen arqueólogos rusos, franceses, alemanes … pero españoles no, en esto callan y se limitan a decir que es cerámica campaniforme. Juegan incluso con medias verdades señalando aportes importados de fuera de la Península Ibérica en la vitrina donde hay cerámica cardial (decorada con ayuda de los relieves de un bivalvo, Cardium) y cerámica campaniforme; así se hace creer al confiado visitante que lee el panel que ambas cerámicas llegaron “de fuera” cuando lo cierto es que solo lo hizo la cardial, pues la campaniforme es netamente peninsular. No dejo de preguntarme qué ganan con esta actitud obsoleta ¿cobarde? que caracteriza a los habitantes peninsulares como auténticos descerebrados incapaces de producir ninguna novedad cultural, negando encima las evidencias arqueológicas que señalan todo lo contrario.

                En la misma línea, el siguiente ejemplo, donde un panel señala que la cerámica campaniforme es “característica del Occidente de Europa” ¿Por qué esa media verdad?  Quedaría mejor, y haría honor a las teorías arqueológicas actuales (y evidencias) decir “de creación peninsular, difundida poco después por toda Europa, vía las rutas comerciales” Porque bien se dice en todos los museos (incluido éste mismo) que la cerámica a torno es fenicia, en lugar de indicar que la cerámica a torno es característica de toda Europa a partir del siglo VIII a.C.

 

          Eso cuando no se toma al visitante directamente por pardillo. Fue mi caso cuando toda emocionada me dirigí a visitar el fabuloso yacimiento de Alarcos (Ciudad Real), donde me consta que hay un Oppidum íbero (poblado amurallado), bella iglesia cuyo rosetón estrellado sopesé poner en la portada de mi libro de las Vírgenes Negras, y donde aconteció la batalla previa a las Navas de Tolosa, en la que los grandes ejércitos almohades y cristianos midieron sus fuerzas. Ahí es nada; esperaba encontrar un museo con maravillosos ejemplos de armaduras árabes, yelmos cristianos, armas, protectores de los caballos e incluso, con algo de suerte, las banderas de los bandos enfrentados, pero ¿qué encontré?: cuatro o cinco puntas de lanza, de hierro, oxidadas…eso es todo. Ni copas, platos, herraduras, monedas,… nada (un maravedí de oro de Alarcos, un plato decorado con la mano de Fátima y unas puntas de lanza de hierro se conservan en el Museo de Ciudad Real). Nada de los íberos, salvo una réplica de la estatua rota de una esfinge que se conserva en el Museo de Ciudad Real, en la sección de Arqueología, junto a un casco íbero espachurrado que se encontró en un campo de labor y unas falcatas. Menudo chasco. Pero es que luego hablé… con gente y me dijeron que en diez años solo se han excavado cuatro tumbas árabes y que un grupo de tumbas muchísimo más valiosas, al ser las más antiguas encontradas en Alarcos, se hallaron de nuevo de manera fortuita, por un agricultor que trabajaba sus tierras en una finca privada, fuera de los límites del yacimiento, en la falda de la colina… Eso sí, expoliadores se encuentran a todas horas, con detectores o sin ellos. Lo cierto es que el lugar se antoja una especie de Troya por excavar, con distintos niveles culturales unos sobre otros, aguardando a que se encuentren sus tesoros…o se expolien y vendan en el mercado negro, que me da que es lo más seguro, ante la inacción de autoridades y demás.

                No obstante, a bombo y platillo anunciaban por todas partes el nuevo Centro de Interpretación del yacimiento de El Cerro de las Cabezas, junto a Valdepeñas, a la que consideraban “la Pompeya íbera” pues durante una etapa de revueltas bélicas los romanos levantaron sobre el poblado íbero sus construcciones defensivas, de modo que el pueblo quedó preservado para la posteridad, tal cual se dejó de un día para otro. “Fabuloso”, pensé, “una auténtica ventana al pasado íbero”… Toda mi ilusión se desplomó a mis pies cuando leí  entre otras cosas el siguiente artículo (pongo la parte que más me sorprendió):

 
           Es decir, que tras 24 años (que se dice pronto) excavando el yacimiento, y sin encontrar necrópolis alguna, presuponen sus ritos religioso-funerarios y su pieza estrella es… (lo dicen en distintas noticias de prensa local) una rueda de carro. Todo lo demás son maquetas, suposiciones y reconstrucciones. Pues estupendo. Si eso es todo lo que ha dado de sí en 24 años “La Pompeya íbera”, con todo conservado tal cual estaba siendo usado… y no ha proporcionado una sola pieza de metal, creo que algo no cuadra… Pero claro, si solo se conoce un 8 % del yacimiento me planteo si no habría sido mejor para el conocimiento de la Historia invertir el dinero del Centro de Interpretación en más excavaciones, y aguardar a tener al menos el 60 % excavado antes de atreverse a decir cómo era y qué costumbres y creencias compartían sus gentes. Fuente: aquí.

         Y luego dirán que la que especulo soy yo …

                 Vuelvo a recalcar que cuando menciono estos casos no es para destacarlos en negativo, sino para poner como ejemplo el mensaje que quiero transmitir. Insisto que en todos los casos, tanto museos como centros de interpretación gozan ya de entrada de mi respeto, por preservar y proteger un patrimonio que de otro modo se habría perdido. La pena es que no actualicen la información, que se pierdan fondos económicos y tiempo (décadas) para excavar apenas un 10 % de un yacimiento y se caiga en el error de que tan escaso porcentaje realmente es representativo de una cultura, tanto, como para hablar con absoluta certeza de sus peculiaridades y defectos, atribuyendo hallazgos a culturas extranjeras y no a las autóctonas. Porque tal vez, algo más de interés por realmente dar con la verdadera Historia nos llevaría a encontrar que muchos de tales objetos se crearon y salieron de la Península Ibérica al Mediterráneo, en lugar de creer que todo llegó de fuera. En este sentido, admiro a egipcios, turcos e ingleses, pues con ellos cada hallazgo arqueológico supone reescribir la Historia, otorgándose ellos el papel protagonista, innovador y civilizador, difundiendo al mundo ideas, objetos y ritos por ellos creados. En cuanto a los ingleses, todo cuánto encuentran es único: un barco funerario vikingo, una escuela de gladiadores, unas cartas de legionarios romanos… y el mundo los escucha asombrados. Todo lo contrario de España, donde a tenor de nuestros especialistas todo son copias chapuceras de objetos “de fuera” realizados encima tardíamente.

                No obstante, como valoro la crítica constructiva por encima de todo, hay otros estupendos ejemplos del buen hacer. Es el caso del museo que se encuentra junto al maravilloso castro galaico-romano de Villalonga/Vilalonga, en Castro del Rei (Lugo, Galicia). Ahí todo el castro está excavado, se puede caminar por él (una auténtica gozada) y el museo se limita a hacer un estudio serio y riguroso, mostrando lo hallado pero sin juicios de valor. Pondré un ejemplo donde se observa tanto cerámica romana sigilata producida en la Galia como la producida en distintas zonas alfareras hispanas; todas ellas “de igual a igual”, y preciosa cada una por su peculiaridad y diferencias en el decorado.


                Cierto que los paneles están totalmente en galego, pero se han elegido palabras muy similares al castellano, perfectamente entendibles, y si hay alguna duda se pregunta al personal del museo, que es muy atento y en un segundo te lo aclaran aportando incluso más información de la que figura en los paneles (y es que lo diré mil veces, para mí las lenguas peninsulares siempre suman, son un aporte enriquecedor más, pero detesto cuando tratan de usarlo como “un arma excluyente”, tan de moda últimamente en la zona de todo el Este peninsular, salvo Murcia).

                Otro museo que me resultó una verdadera joya fue el Museo del Hombre, de Santa Cruz de Tenerife (Canarias), en todo su contenido (desde fósiles, minerales y meteoritos, hasta el contenido arqueológico y etnográfico).

                Finalmente, para todos aquellos que critican que señale alguno de mis logros académicos, exigiendo humildad (eso, los educados, pues en las redes sociales se pierden las formas con una facilidad pasmosa), no dejo de asombrarme con ese igualitarismo tan absurdamente impuesto (pero haciendo tabla rasa a la baja, eso sí); mis logros me enorgullecen porque costó un esfuerzo tremendo obtenerlos y nunca me avergonzaré de ellos. En casi todos los países civilizados, los políticos, por ejemplo, provienen de facultades de universidades con gran competencia académica, siendo inimaginable un político sin más estudios que Bachiller, y nadie parece sentirse ofendido porque otros los muestren sino al contrario, son personas que merecen respeto. Igual que no dejo de reconocer a fontaneros, herreros, arquitectos, relojeros, dietistas… sus méritos, preparación y experiencia, considero en justicia que yo pueda hablar de los míos sin que nadie se ofenda como si les estuviera insultando, porque sería como ofenderse porque se diga la edad, el número de sentadillas que se logra hacer o la montaña que se haya escalado; allá sensibilidades y complejos, pero desde luego yo seguiré orgullosa de mis logros, pues no en vano me considero muy exigente conmigo misma.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Dos yacimientos imperdonablemente olvidados

    Quisiera compartir con los lectores el lamentable estado que he encontrado de dos yacimientos que me parecen de sumo interés. El desinterés total de los vecinos del lugar, de los agentes de protección y seguridad, de los políticos locales y autonómicos, así como de los arqueólogos ha generado el deterioro de estos dos yacimientos irremplazables.

                El primero se remonta hasta el remoto tiempo Epipaleolítico, cuando el ser humano sale de las cavernas y se lanza a la conquista del territorio, persiguiendo a las migraciones de los animales de los que se alimenta, a la par que empieza a domesticar determinadas especies animales así como a la siembra de plantas silvestres comestibles.

                En esta temprana época se empieza a innovar con la manipulación de los materiales a su disposición, bien sea hueso (de animales cazados), piedra o barro para producir herramientas cada vez más eficientes y especializadas, a la vez que se sigue manteniendo la compleja religiosidad paleolítica. Esto de por sí ya justificaría un gran cuidado continuo y constante de este asentamiento, si bien lo trascendental de él –por su vistosidad- se dará en época romana, cuando este santuario milenario se llena de escritos del poeta Virgilio y de su obra, la Eneida. Fascinante. Y único, porque que yo sepa, no se conoce otro yacimiento similar. Pues bien, esta maravilla se encuentra en territorio murciano, no lejos de la localidad de Fortuna, donde los romanos supieron rentabilizar la presencia de aguas termales mineromedicinales. Recibe el nombre de Cueva Negra. Se dice en una escueta página oficial de la Región de Murcia sobre este yacimiento:

El yacimiento de la Cueva Negra se localiza a unos 3 km de Fortuna en la Sierra del Baño. Es un importante conjunto de 3 abrigos rocosos de alto interés paisajístico y santuario pagano. Contiene en su interior un importante número de textos latinos pintados “tituli picti”, entre los que cabe destacar los fragmentos más antiguos de la Eneida de Virgilio.

Usado como Santuario en época romana.

OBSERVACIONES: Preguntar en oficina de turismo.” Que por supuesto estaba cerrada, cuando fui en agosto de este año.

CARACTERÍSTICAS: época romana”. Se ve que a pesar de ser una web del Instituto de Turismo de la Región de Murcia, desconocen que este yacimiento fue usado en épocas anteriores a los romanos.

                Algo más serios y rigurosos parecen ser en otra página oficial, donde no dudan en mencionar las herramientas de sílex paleolíticas halladas, sino que debió ser un santuario íbero antes que romano (ver aquí

                Merece la pena completar la información leyendo los epígrafes que estaban aquí grabados, haciendo referencia  a las ninfas de las aguas. Recomiendo para ello hacer clic en este enlace.

                No engaño si digo que estaba excitada por la visita a tan fabuloso y peculiar yacimiento… y la decepción fue total. Aunque anunciado por todos lados, con vistosos carteles, el lugar es claramente un punto de realización continua de “botellona”, de concentración de personas sin más interés que emborracharse y liarse con gente de otro sexo o del suyo.


     El yacimiento carece de vallas que lo protejan, no hablemos ya de vigilancia, por doquier se ven botellas, latas, plásticos (bolsas y vasos), latas de conservas y papel higiénico usado tirado. Un auténtico vertedero. Entonces se llega a la pared rocosa. Y la frustración se torna en ira y desprecio pues los escritos latinos ya apenas son reconocibles, sobrescritos con nombres de salvajes analfabetos acomplejados que pasan a delincuentes que destrozan sin ninguna ética un yacimiento sin igual, de grafitis  y de pedradas que han roto parte de las paredes de esta visera rocosa en la cual nacía un arroyo.


Aspecto del yacimiento, conforme nos aproximamos en el último tramo del camino. Puede apreciarse basura tirada por todos lados, aunque fui evitando expresamente que saliera en las imágenes.


En esta cueva poco profunda encontré un trozo de sílex tallado que dejé sobre una piedra, cerca de donde lo encontré pues es parte del yacimiento y que me lleva a pensar que en esta covacha más alejada era donde posiblemente tallaban sus herramientas de piedra, en el Paleolítico y Epipaleolítico. No pude evitar pensar su similitud con otro yacimiento, también murciano y de nombre similar, del que había leído en este enlace


Aspecto actual de los textos latinos grabados, hoy difícilmente reconocibles entre nombres y tonterías escritos por vándalos irracionales.

A algún cerebro pensante de la localidad no se le ha ocurrido otra cosa que añadir aquí una verja. Lógicamente y por falta de mantenimiento, este rincón vuelve a ser un vertedero con las basuras arrojadas fermentando y contaminándolo, atrayendo todo tipo de insectos, a la par que la humedad ha provocado que la verja se oxide y altere la roca que lo sujeta.


    Aspecto del interior del recinto cerrado, donde nace el manantial sagrado, que como se aprecia, también ha sido grafiteado.

En fin, ha sido tal la decepción y tristeza que me ha dejado este abandono del yacimiento que me ha bloqueado, lo confieso. ¿Cómo puede permitirse esto?, ¿cómo puede quedar tan impune que se destroce de esta manera un yacimiento irremplazable?, ¿a quién se le ocurre anunciar con carteles un yacimiento incapaz de proteger cuando encima existen restos de casas abandonadas cerca que permitirían agregar una fuerte valla que impidiera el total acceso a este yacimiento? Resulta además irrisorio, si no tuviera funestas consecuencias, los carteles dejando el yacimiento a su suerte pero pidiendo al visitante que lo cuide; casi tan absurdo como poner en una zona boscosa un cartel que dijera “señor pirómano, absténgase de hacer fuego”. Causa auténtica indignación este desprecio institucional y a todos los niveles, pues estoy segura que casi nadie ha oído hablar antes de la existencia de este peculiar santuario milenario, ya difícilmente recuperable.

                El siguiente yacimiento corresponde a unos milenios después, emplazándonos en la etapa visigoda-árabe de la Península Ibérica. Su localización, esta vez más al norte, cerca de la localidad jienense de Úbeda, se debió a que se trataba de una comunidad de cristianos en tierras de dominio sarraceno (por tanto, los llamados mozárabes). Se trata del eremitorio más al sur conocido en nuestro país, si bien consta de varios de ellos. El enclave es fascinante y los eremitorios (pequeños templos) excavados en la roca son maravillosos. El valor del yacimiento se enriquece cuando leemos que no lejos de este paraje los arqueólogos han localizado una villa romana, así como restos iberorromanos.


                El asentamiento al que me refiero, aún por excavar, permite observar restos de muros, de canalizaciones de agua e incluso se intuye la presencia de un yacimiento íbero.


                De nuevo el vandalismo está presente encontrándose grabados nombres donde sin duda debieron existir otros grabados de gran valor patrimonial en la zona donde aflora la roca.



     Nada hace presagiar que nos vamos a encontrar con las maravillas que de pronto aparecerán labradas en la roca.


                Y de pronto…. Taaaachan

                Hasta tres eremitorios labrados en la roca aflorante. Curiosamente hay varias higueras, en esta zona (el resto del campo corresponde a monocultivo de olivos). Me llama la atención porque ya expuse en mi reciente libro “el fenómeno de las vírgenes negras” cómo el higo y la breva solían tener connotaciones de fertilidad y prosperidad en la época goda.


                De nuevo en una covacha oculta entre las ramas de una higuera, lejos aparentemente del vandalismo, pude observar cómo efectivamente existían grabados.

                Por lo general todos ellos siguen el mismo esquema, espacios de poca extensión, con forma de gota en el interior, con varios nichos excavados en la pared y uno de ellos dotado de un pequeño manantial que brota en la roca a modo de fino hilo de agua dulce


                Y ahora viene la mala noticia. Visité este yacimiento allá por finales de junio de este año, cuando intenté (sin éxito) lograr pillar abierto el Centro de Interpretación de la sepultura íbera de la Toya, en Peal del Becerro. Tan fascinada me quedé con este lugar que me hice un hueco para mostrárselo a unas amistades amantes de nuestra historia, de manera que estuvimos el 2 de noviembre. Lamentablemente alguien había saqueado este lugar, entre mis dos visitas y os explicaré la razón. En junio, uno de los dos eremitorios –el mayor, pues cuenta con dos pequeñas habitaciones adicionales- mostraba en el suelo lo que parecía ser un altar en mármol bellamente decorado con un crismón (basado en las palabras de la Biblia: “yo soy el alfa y el omega, el Principio y el Fin de todo”) y una cruz paté. En mi visita posterior de hace unos días, la pieza había sido robada, así que muestro las fotografías que tomé de ella por si pueden ayudar a las autoridades a dar con el objeto robado (quiero pensar que era una réplica del original que esté a buen recaudo, pues uno de los eremitorios está dotado de una verja de hierro abierta, así que supongo que los arqueólogos debieron proteger lo que pudieron de este yacimiento, suponiendo que sería vandalizado y saqueado, terminando en el mercado negro muchos de sus elementos).


                A continuación se puede ver un detalle de los nichos excavados en el interior de uno de estos recintos, así como un cuarto eremitorio destrozado y lleno de grafitis actuales.


           Finalmente, ¿es un repentino brote de morriña a mi tierra soriana, un ejemplo de pareidolia o es que efectivamente en esta puerta de acceso a uno de los eremitorios se talló el contorno de una figura femenina, posiblemente la Diosa Madre, como sucede en la cueva junto a la ermita templaria del Cañón de Río Lobos, en Soria (a la derecha)?, ¿estuvo el Temple por estos parajes (recordemos que fueron el brazo armado de Alfonso VIII de Castilla, el rey de las Navas de Tolosa, criado en Soria por el Temple y cuñado de "Corazón de León"; más información al respecto en mi obra "La Orden del Temple pudo crearse en España")?


                Lo dicho, resulta sumamente desesperanzador contemplar el desprecio que se tiene en España por el Patrimonio Histórico, dejando yacimientos únicos a su suerte, sin protección ni vigilancia alguna. De estar en Reino Unido o Francia, la historia de estos enclaves destinados a desaparecer sería otra bien distinta. Y a saber qué maravillas han desaparecido ya. 

viernes, 8 de octubre de 2021

Bellas estatuas o la belleza hecha piedra

Siempre me ha fascinado la virtud de algunos artistas por transformar un bloque de piedra en una figura llena de fuerza o de delicadeza y aunque hasta el momento me reservaba determinadas estatuas para guardarlas en mis imágenes de salvapantallas, hoy me he decidido a compartirlas, para retomar ese hilo que ya inicié hace tiempo de la belleza como tal en el arte, bien por imágenes, por cuadros o por música.

Como siempre, dado que el criterio estético es personal, posiblemente haya estatuas que a mí me lleguen pero no así a otras personas y por ello dejo abierta la posibilidad de compartir sus estatuas favoritas a toda aquella persona que quiera hacerlo, señalando qué le maravilla de tal talla haciendo que se decante por ella y no por otra.

Añadiremos una música de fondo para deleitarnos en las fabulosas tallas:

Dicho esto, comienzo con mi selección. En mi último megaproyecto de varios años de investigaciones (más bien décadas), centrado en la fenomenología de las Vírgenes Negras, debo señalar que cada una de ellas posee algo que la hace singular y distinta del resto, así que encuentro verdaderamente difícil señalar una en concreto. No obstante, con respecto a Jesús, hay un par de tallas que me han fascinado por encima de otras y es precisamente por la actitud que muestra el Niño. Una de ellas es la Virgen de Santa María del Castillo de Gósol, en Lérida, donde el Niño parece estar planteándose dónde se ha metido. La otra es La Virgen de la Leche de San Vicente de la Barquera (Cantabria), que a pesar de estar muy modificada con respecto a la talla románica original, el Niño me resulta muy gracioso y descarado en su actitud.


       Sin embargo, por encima de todas ellas destaca la talla de la Virgen del Lledó (Castellón) original (izquierda y centro, en la imagen que sigue, la 4.1 de mi libro “El fenómeno de las Vírgenes Negras”), por la sencilla razón de ser una figurilla tartésica, con caracteres tartesios (o pretartesios, según establezco en mi trabajo “Tartessos y su prehistoria”, de varios milenios de antigüedad antes del cambio de era y con caracteres similares a la empleada por la cultura balcánica de Vinça, del IV milenio a.C.). Actualmente se encuentra en el interior de otra talla de la Virgen, inspirada en ella (derecha).


                No tan antiguas pero igualmente fascinantes encontramos un conjunto de estatuas de la Grecia clásica donde son sencillamente perfectas. Literalmente. En ellas los escultores griegos no solo aplicaron las proporciones divinas, el número áureo y la proporción exacta destaca por Vitrubio, sino que el equilibrio del conjunto le otorga una fuerza y a la vez una fragilidad que casi da miedo hacer un ruido cerca para no desequilibrar la escena.

                La primera de las estatuas muestra a Aquiles, en el sitio de Troya, tras haber recibido un flechazo en su único punto mortal de su cuerpo (ver detalles en mi análisis de la película Troya, aquí) y está agonizando (es una copia de una estatua antigua del s. III a.C., realizada por Filippo Albacini en 1854). Bajo él muestro otra escultura. griega, donde aparece otro guerrero griego que está agonizando, dotado únicamente de su imponente casco y escudo.

Por cierto, repárese en el pequeño tamaño del pene de ambos personajes. Esto es así porque en la Grecia clásica ya se cultivaba el cuidado físico del cuerpo y de la alimentación, sin descuidar la nutrición del intelecto; así que cuánto más pequeño le representaban a un personaje su miembro viril, daban a entender que era una persona más intelectual y cultivada, alejada de sus instintos más básicos y primitivos.


                En lo relativo a la mujer, hay una talla de una mujer de la Grecia clásica que me fascina por encima de otras. Se trata de la llamada Venus Calipigia (o “Afrodita de Bellas Nalgas”, como se denominaba en la Grecia helénica), una estatua de dulces rasgos y que destila delicadeza, custodiada en el Museo Arqueológico de Nápoles.


     Es una talla que ha fascinado y escandalizado a partes iguales, a las mujeres de la sociedad prácticamente desde que fue hallada, por la coquetería con la que combina su aparente indiferencia al estar secándose o cubriéndose el cuerpo, con el revuelo que causa su osadía al dejar al descubierto su trasero perfecto y sus bonitas piernas.


                Pero si hablamos de belleza femenina, contemporánea de las estatuas anteriores, debemos mostrar la fascinante “Gioconda de la Antigüedad”, como me gusta denominarla, la increíble Dama de Elche (ver aquí la paradoja de las Damas Iberas españolas), en el Museo Arqueológico de Madrid, España.


                Una escultura que me ha fascinado desde siempre ha sido la ibérica “bicha de Balazote” (Museo Arqueológico de Madrid), para variar considerada por nuestros académicos como una burda imitación de una pieza traída del Mediterráneo oriental en plena “etapa orientalizante” y que considero que es puramente autóctona, sintetizadora del culto milenario del Rey Sagrado (que expliqué aquí), como desarrollo en uno de los capítulos de mi obra “El fenómeno de las Vírgenes Negras”.

                Y es que la escultura de la cultura ibérica ha ejercido una influencia en las Artes de España mucho mayor de lo que quisiéramos considerar pues no solo artistas de la talla de Pablo Picasso admitieron inspirarse en tallas ibéricas para desarrollar obras que son hoy imprescindibles, como los toros de Picasso (inspirados en el toro de Osuna, del Museo Arqueológico de Madrid y el toro del Pilar Estela de Monforte del Cid, del Museo Arqueológico de Elche), sino que incluso el arte sacro medieval español bebió de figurillas ibéricas que recuerdan a tallas marianas (remito al lector interesado a mi citada obra “El fenómeno de las Vírgenes Negras”, a fin de no repetirme).

                Existe en el Museo Arqueológico de Albacete una estatua que me resulta maravillosa. Muestra a una jinete, considerada por los académicos como una diosa tipo Epona, si bien a mí me hace sopesar que tal vez en el siglo IV-III a.C. pudieron existir guerreras ibéricas tan hábiles o más en la guerra como los hombres. En verdad hay un par de ellas, dañadas en distinta proporción y que pudieron figurar a la entrada de un monumento funerario. Están realizadas a tamaño natural, si no mayor, y como siempre en el arte ibérico el grado de detalle es asombroso; tanto, que permite comprobar cómo montaban sin estribos (invención posterior, visigoda) así que vemos que lleva su cintura agarrada al caballo por una especie de fajín que sin duda le daría la estabilidad suficiente como para prescindir en un momento dado de las riendas, si deseaba lanzar unas flechas, asestar un espadazo o lancear a un enemigo, mientras el caballo galopaba. Curiosamente sus cabellos los llevaba recogidos en un peinado de trenzas que recuerda al que luciría la faraona Cleopatra, siglos después.


                Y es que siento debilidad por la escultura ibera, lo confieso, ¿hay algo más bello que el rostro del guerrero de Porcuna, o del “pecho-lobo” –literal- del guerrero de la Alcudia, por citar un par de ejemplos?


                Otras bellas estatuas de la antigüedad grecorromana son aquellas que muestran a una diosa o ninfa que está presta a tomar un baño, la de bronce de Hércules ofreciendo la manzana del Jardín de las Hespérides (Museo Arqueológico de Madrid, MAN) o el conjunto de bustos con adornos y tocados imposibles del cabello (en el Museo de la Necrópolis de Carmo, en la localidad sevillana de Carmona hay una muestra de ellos), así como figurillas que suelen pasar desapercibidas en los museos y que las encuentro, algunas de ellas, incluso graciosas como la que se encuentra en el M.A.N y muestra a un gladiador tan parapetado en sus armas que apenas se le ve el rostro o cuerpo.


                Voy a decir una burrada, pero debo confesar que las esculturas de Miguel Ángel (ss. XV-XVI) nunca me han cautivado, con la excepción de su “Piedad”, fundamentalmente por el rostro tan inocente de la Virgen, así como por la forma en que talló sus telas que parecen realmente blandas y flexibles en lugar de duro mármol.


    Mientras que al David lo he visto siempre desproporcionado (debería tener menos cabeza, creo yo, aunque igual es la perspectiva de verlo desde el suelo), al Moisés le he visto una cara de asesino en serie que me ha producido siempre ganas de salir corriendo (ya en su día comentamos aquí la razón por la que luce un par de cuernos, y aquí las libertades que se tomó el pintor en La Capilla Sixtina), aunque también el David tiene esos ojos que producen muy poca confianza. Ahora bien, su rostro confieso que sí posee una fuerza inusitada, si bien me decanto más por el busto de Apolo que figura en el Museo del Prado y que creo que le combinaría mejor.


Hablaba del efecto de los ropajes de La Piedad de Miguel Ángel, que tuvo el don de hacer pasar la dura roca que es el mármol como si fuera una tela moldeable.


       Sin duda en este terreno el premio se lo llevaría Giovanni Strazza (s. XIX), capaz de obtener de una roca el efecto de una débil y fina gasa, casi transparente, de tul. Es fascinante.


                Existen determinadas estatuas que, basadas en leyendas de la Grecia clásica, resultaron igualmente bellas. Es el caso de “El Beso” (o “Psique reanimada por un beso del amor”), del artista italiano Antonio Canova, mostrando a la bonita Psique que despierta “del sueño de los justos” por un beso de su amado Eros o Cupido (hoy, en el Museo del Louvre, París, Francia). O “Venus y Cupido”, de Pasquale Romanelli (s. XIX), del Museo Lázaro Galdiano de Madrid, España. En este mismo museo madrileño también está la estatua de Cesare Lapini llamada “niño leyendo” (s. XIX).


                Y ya del siglo XX, podría destacar un par de estatuillas como cualquiera de la etapa cubista de Pablo Picasso (inspiradas en estatuas de la cultura ibérica) o la abstracta “Vuela”, de Paco Puyuelo. También en las estatuas que adornan las ciudades de todo el mundo hay originales ejemplos.



miércoles, 29 de septiembre de 2021

Un yacimiento desconcertante

         Necesitaba desconectar de la locura de los últimos años (pandemia, estados de alarma, encierro por meses destinados a duros y productivos trabajos que han desembocado en la publicación de tres nuevos libros míos, gente que ha salido del encierro totalmente desquiciada y sin atender a normas de protección propias y ajenas, etc) y decidí tomarme una semana para mí, en uno de los lugares que mejor combina el cuidado a mi persona con la posibilidad de realizar escapadas culturales a cada cual mejor: el balneario de Alange, en Badajoz, lugar donde hasta tres emperadores romanos vinieron a relajarse y cuidar sus cuerpos. Ahora me tocaba a mí y la verdad es que no decepciona (piscinas de aguas de manantial frías y calientes, ducha escocesa realizada por mujeres expertas conocedoras de cómo dar masajes mediante caños de agua caliente-fría reactivando la circulación de todo el cuerpo a la vez que lo relaja como si de un buen masaje se tratara, inhalaciones para despejar las vías respiratorias, parafangos para la zona lumbar y cervical, tan castigada por largas horas escribiendo frente al ordenador…). Y todo ello manejado por un personal tan agradable y atento, como educado y profesional.

                Luego estaba la parte lúdica, mis escapadas. Tener la bella ciudad de Emérita Augusta a un paso es un gozo; estar rodeado de vírgenes negras es asombroso; poder pasear por el casco antiguo de la ciudad de Cáceres (Patrimonio de la Humanidad) es todo un lujo; y poder escoger qué castillo visitar, pertenecientes en su día a las órdenes de caballería de la Reconquista como la Orden de Santiago, la Orden del Temple o la Orden de Alcántara, entre otras es fascinante. Pero en esta ocasión era a mi otra pasión a la que deseaba dar prioridad, la protohistoria.

                Está el Centro de Interpretación de las Pinturas Rupestres de Cabeza del Buey, donde se habla de la infinidad de yacimientos existentes en la provincia de Badajoz, casi todos ellos de figuras esquemáticas y datados tardíamente; y que sin embargo es difícil de visitar dado que abren los dos primeros sábados de cada mes, o ya hay que llamar para concertar cita (algo complicado porque estaba pendiente de mis sesiones de baños termales y de otras visitas) así que me quedé con ganas de verlo. Con todo, a escasos kilómetros de Alange hay una de las estaciones de pinturas, la de la Zarza, con figuras tipo tallo vegetal, entre otros motivos.

                Ya en mi obra “Tartessos, 12.000 años de historia” avancé que muy posiblemente el imperio tartesio dispusiera de un tipo de vías comerciales  terrestres (a lo largo de la vía de la Plata hasta Galicia, de la que poseía su versión costera; y otra hacia levante) y marítimas (por la costa lusitana hasta las islas británicas, las Casiátides, a por el estaño, enlazando con las leyendas irlandesas que aseguran que los primeros pobladores de allí fueron “gentes de Breogán” que construyeron los primeros megalitos irlandeses, así como con el hallazgo cerca de Stonehenge del enterramiento de un hombre extranjero que por su ajuar funerario era típicamente campaniforme, cultura oriunda de la Península Ibérica (como opinan los académicos extranjeros, a pesar del esfuerzo de los españoles por intentar atribuirla a cualquier otra nación). En mi trabajo posterior, “Tartessos y su prehistoria” muchas de mis suposiciones recogidas en el libro “Tartessos, 12.000 años de historia”  se transformaron ahora en evidencias, confirmándose por descubrimientos arqueológicos, que mencioné, mostré fotográficamente y cité en la bibliografía puesto que como siempre sostengo, no deseo sentar verdades absolutas sino plantear los fallos en las existentes, aportando alternativas más plausibles con las evidencias arqueológicas.

Pues bien, una de esas confirmaciones se encuentra precisamente en tierras de Badajoz. Aquí se han hallado yacimientos que evidencian la presencia tartesia en la Guareña (temporalmente cerrado para su visita porque se sigue investigando el lugar; pero cuyas fotografías me recuerdan rabiosamente a la necrópolis de Carmo, la tartesia Carmona, en Sevilla, no lejos de los Gazules y su conjunto megalítico); la necrópolis tartesia -a menos de 10 kilómetros de Guareña- en la imponente Medellín de Hernán Cortés (concretamente en el cerro del magnífico castillo que se construyó encima, donde se localiza el teatro romano junto a la iglesia de San Martín, lugar donde una placa recuerda que en su pila bautismal, el pequeño Hernán Cortés fue bautizado); posiblemente el destruido yacimiento de El Palomar (en la localidad de Palomas) y finalmente en la bella población de Campanario (la carretera quita el hipo, al pasar por el impresionante castro que es la localidad) con el edificio protohistórico de La Mata, en medio de una llanura entre cerros y berrocales graníticos con petroglifos, algún que otro dolmen como el de Magacela (el dolmen de la Serena) y de nuevo bastantes pinturas esquemáticas datadas en la Edad del Bronce, como el propio dolmen mencionado.



Lo cierto es que el lugar transpira historia, mal conocida y peor contada por unos arqueólogos y académicos emperrados en denostar su patrimonio y hacerlo pasar por el hueco del alfiler de la historia oficial castrante de la Península Ibérica que se viene sosteniendo desde comienzos del siglo XX si no antes, y tan absurda como anticuada, que se esfuerza por mostrar la Península Ibérica como el último bastión de primitivas tribus que terminarán siendo salvadas de su incultura por los buenos fenicios, griegos y romanos, idea que es minada continuamente por evidencias arqueológicas presentes en museos de todo el mundo, como muestro en mi obra “De Iberos, Griegos, Fenicios… y otras incógnitas” y que sin embargo parecen ignorar los académicos nacionales, manteniendo aún esas absurdas interpretaciones.



El yacimiento de La Mata consiste, como un panel gigante señala, en un edificio protohistórico (sobre el que más tarde se construiría una villa romana). Está vigilado y mostrado por un joven e inquieto geógrafo de amplia mente, Agustín Banda, que no duda en compartir la opinión de los académicos sobre el yacimiento… pero también los fallos que él encuentra, aportando su opinión alternativa que ciertamente suena más lógica que la arqueológica; como por ejemplo sostener que en las dos salas inferiores más oscuras y vacías se hacía la vida de los moradores, frente a su idea de que el piso inferior actuó como zona de amplia despensa, almacenaje y comercio, dejando el piso superior, más aireado y luminoso, permitiendo observar lo que ocurría alrededor y prevenir un ataque, para la vida de los que allí moraban.


Izquierda, varios molinos de mano encontrados en el edificio y alrededores (consejo de Geóloga, si desean que se degraden rápidamente, lo mejor es dejarlos como lo hacen, expuestos a la intemperie en lugar de ponerlos bajo el techado del yacimiento). Derecha, la llamada “estela de Magacela”.


Es un sitio peculiar, nos encontramos ante un gran edificio de tipo torreta, con unos 6 metros de altura y posiblemente parte inferior de mampostería mientras su segundo piso lo era de madera, dotado de un pequeño muro defensivo y muchas estancias en las que se han hallado varios recipientes cerámicos con grano, vino, cerveza y otros alimentos, así como muchos molinos de mano. Por tanto, seguramente funcionó como almacén –se desconoce si de una gran familia aristocrática de entonces, o comunitaria, de toda una tribu- durante unos años, hasta que finalmente fue destruido por un incendio que no se sabe si ajeno (lucha entre tribus tras largos meses de sequía) o propio (destruido antes de irse del lugar). Posee, no muy lejos de él, un río que posiblemente funcionara como zona donde se llevaban a cabo los intercambios comerciales de alimentos y otros productos.


Derecha, vista del conjunto. Centro, una de las dos salas de acceso, donde se encontraron las estelas de guerrero y algunos molinos de manos. Derecha, una de las salas de almacenaje y despensa, en la planta inferior. Los muros eran de arena compactada y el suelo estaba tan presionado que asemejaba mármol.


El conjunto se data hacia el siglo V a.C., pero confieso que la visita me desconcertó. Conforme Agustín nos iba relatando la forma de este edificio, admito que acudió a mi cabeza el texto de un cronista del siglo I que mencionaba numerosas “torres cartaginesas” en Sierra Morena, si bien a fecha de hoy aún no se han encontrado ninguna de ellas, como tales.

Todo en ello desconcierta, comenzando por su supuesta muralla, que como bien explicaba mi guía era absurdamente inoperativa como tal pues podía ser fácilmente sorteada y saltada; la aparente ausencia de herramientas en el interior o alrededor del yacimiento (si bien le dije que tal vez esto respondiera a expoliadores con detectores de metales, a lo que reconoció que ciertamente había tenido que espantar a un par de ellos en algunas ocasiones, y en otras encontraba huecos dejados por éstos), e incluso de objetos metálicos cuando en teoría estamos en el periodo Orientalizante en el que de cada 5 elementos fabricados, tres eran de metal; se encontraron dos estelas de guerrero, actualmente en el Museo Arqueológico provincial de Badajoz. Y el propio guía del yacimiento, Agustín Banda, ha recogido más de cincuenta molinos de mano en los campos de labor que rodean al edificio protohistórico, llevándolos a las instalaciones del yacimiento para su preservación y protección. No sé, todos estos elementos me sugerían una datación muy anterior a la otorgada por los arqueólogos, era como encontrar restos paleolíticos dentro de una basílica visigoda, era extraño. Con todo, si se desea leer el artículo científico realizado por los arqueólogos que trabajan en el yacimiento, pinchar aquí.


Izquierda, reconstrucción de una de las salas de almacenaje. Derecha, reconstrucción de  escalera de acceso a la planta de vivienda, superior.


Huelga decir que dado que este edificio se databa en el siglo V a.C., y contenía dos estelas de guerrero, han sido varios los que se han apresurado a argumentar “ergo las estelas de guerrero son del siglo V a.C., si no más recientes” idea con la que discrepo tremendamente.


Izquierda, comparación de la tipología de construcción de los muros observable en el yacimiento. Derecha, como una de las estelas de guerrero halladas llevaba esta especie de estrella en el escudo, ha quedado como símbolo del yacimiento.


Veo probable que este edificio se abandonase en el siglo V a.C., en el incendio señalado que afectó al edificio y del que quedan rastros de cenizas por doquier, pero me parece que fue habitado mucho antes. Junto a este edificio, aprovechando las estancias que menos daño habían sufrido tras su destrucción, los romanos levantarían una villa romana, que actualmente se encuentra sumamente arrasada.

No lejos de aquí se encuentra el llamado “túmulo chico” (este edificio era conocido como “túmulo grande” por los vecinos de la localidad, según recuerda Agustín), una necrópolis de incineración con cerámicas algunas de ellas decoradas con motivos florales, aunque fueron robadas poco después de encontrarse y algo antes de comenzar las excavaciones arqueológicas en el lugar. Su datación también parece corresponder al siglo V a.C., como igualmente se cree que corresponde la realización del dolmen de Magacela e incluso de muchas de las pinturas de arte esquemático dispersas por la zona. Por doquier hay rocas graníticas de formas caprichosas y cubiertas de petroglifos que recuerdan a determinados paisajes gallegos cargados de historia y leyendas de meigas.


        El problema, nos cuenta Agustín Banda, es como siempre monetario, pues tener la maravillosa ciudad de Mérida cerca es una bendición pero también una maldición ya que todo el dinero que se destine en dicha urbe es siempre poco, así que el resto de yacimientos menos vistosos suelen salir mal parados en esa distribución de ayudas a la investigación. Y en el caso de La Mata, cuya actividad plena se estima enclavada en pleno periodo “orientalizante”, es un claro ejemplo. Admito que el edificio de la Mata desconcierta, pero no hace falta ser muy experto para observar el dolmen de Magacela y ver sus similitudes con otros del III milenio a.C.; es más, me parece un insulto a la razón sostener que ciertamente mientras en pleno siglo V a.C. todo el Mediterráneo florecía con los intercambios comerciales, adelantos de ingeniería civil y de agricultura, aquí andaban aún alzando megalitos, como creer que en Abu Dabi entre todos los impresionantes rascacielos y puentes futuristas, se va a realizar un anfiteatro de estilo griego clásico, en lugar de un cine 3D o un auditorio dotado de los últimos avances.



                No quisiera cerrar esta entrada sin agradecer a Agustín Banda sus atenciones, explicaciones y tiempo, intercambiando opiniones, interpretaciones y compartiendo información sobre otros yacimientos cercanos que poder visitar y hallazgos efectuados en la zona, a fin de poder contar con una visión más completa del contexto. Fue una visita sumamente recomendable.