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Si hay algo que ha hecho
famosa a las ruinas de Turquía que dicen (no sin dudas) corresponder a la Troya homérica es la superposición de ciudades, de distintas edades, permitiendo conocer la
sucesión de culturas que se sucedieron y las peculiaridades a nivel doméstico y
cotidiano de cada una de ellas.
Los seguidores de mi web y de mis libros conocerán lo mucho
que me enfada el desprecio que las sucesivas administraciones muestran hacia
nuestro patrimonio cultural, abandonando a expoliadores y vándalos todo tipo de
manifestaciones culturales pasadas de modo que se pierden para siempre
auténticos hallazgos arqueológicos, para terminar vendidos en el mercado negro
o destrozados como ya mostré en varias ocasiones (aquí).
Así que mi sorpresa fue grande cuando descubrí un yacimiento
que promete dar muchísimas satisfacciones futuras; no es otro que el Tolmo de
Minateda, en Albacete, cerca del límite con la región de Murcia.
El personal que lo lleva, en el Centro de Interpretación, es
un auténtico encanto que nos prepara para descubrir la joya de la corona: un
yacimiento que cuenta con una población ininterrumpida desde el Paleolítico
Superior o Epipaleolítico, hasta la época de la dominación islámica. Solo
entonces se produce una interrupción poblacional, para volver a ser ocupada, ya
en las laderas, hacia siglos posteriores.
Para poder disfrutar sin aglomeraciones del yacimiento, se
recomienda llamar y reservar (610 59 26 55), las visitas son gratuitas durante
todo este año 2024, pues se celebra el centenario del descubrimiento de las
pinturas, por parte de Juan Jiménez
Llamas, ayudante de Henri Breuil. Entonces, ya en el Centro de Interpretación,
ponen un breve documental sobre el yacimiento para ayudarnos a distinguir las
principales etapas que por el momento han sido excavadas parcialmente, puesto
que debido al potencial del yacimiento tan solo se ha sacado a la luz el 9 por
ciento de las joyas que nos aguardan.
Y lo mejor es que por el momento, gran parte de ellas
corresponden a la etapa Goda, algo que me agradó sobremanera pues como he dicho
en un libro y en numerosas ocasiones, es una etapa que ha sido muy maltratada
por nuestros historiadores y arqueólogos, conservándose apenas distintas
necrópolis antropomorfas excavadas en la roca, en distintas localidades
españolas, restos de eremitorios o basílicas y poco más.
Pero no adelantemos acontecimientos pues el primer gran
tesoro que esconde este “cabezo” (que es lo que significa “tolmo”) es un
conjunto de pinturas rupestres, Patrimonio de la Humanidad.
Hay escenas de caza, de familia (una mujer con un niño) e
incluso dinámicas, con una cabra montesa que tiene dos cabezas, una lateral y
otra mirándonos de frente; casi podemos verla pastando cuando de pronto, al
oírnos pisar cerca, se pone en guardia y alza su cabeza mirándonos. Se han
inventariado más de 400 figuras en los distintos abrigos, atribuyéndoles unas
dataciones de entre el 6000 y 1500 a.C.
No soy arqueóloga pero me atrevería a distinguir dos fases
de pinturas, una primera esquemática, con los arqueros trazados como lo haría
un niño y otra posterior, con las figuras alargadas al estilo Greco, típicas
del arte rupestre levantino (recordando a las mujeres que recogen miel).
Situándonos hacia tiempos más próximos al cambio de era, el
recorrido se inicia bordeando el cabezo (hay bancos y fuentes en el camino),
por la parte inferior casi a ras del río –que por cierto da toda la impresión
de contener la ciudad romana allí, con torreones defensivos tanto en el Tolmo
como en el cerro de enfrente, recordándome muchísimo al yacimiento
celtibero-romano de Monreal de Ariza, en Aragón y cerca del límite con la
provincia de Soria-, hasta llegar a una pasarela metálica.

Si nos fijamos bien, veremos restos de madrigueras de conejos,
cerca de los matorrales bajos silvestres que tienen flores blancas simples pero
muy bonitas –no arranquéis nada, solo lograréis que se muera, recordad que si se
hace una foto durará toda la vida-, también se nota cómo el suelo removido por
los conejos es de color gris y en ocasiones presentan bolitas pequeñas,
indicativo de un intento fuego en el pasado que alcanzó unas temperaturas tan
altas que llegaron a fundir parte del sedimento; posiblemente fue un incendio
que asoló esta parte baja del yacimiento en una de las duras etapas de
conquista que se han sucedido en nuestra historia. También sorprende la
cantidad de trozos de cerámica que hay, evidencia del potencial del yacimiento
y todo lo que queda por conocer de él.

Llegados a la pasarela metálica, si nos fijamos en el suelo
veremos la cantidad de rodadas dejadas por los cientos o miles de carros que
por allí transitaron. Recuerdo que mi acompañante comentó lo mucho que tuvo que
estar transitado el lugar para quedar tan marcado. Sí y no, pues como geóloga
que soy ciento recordar que estamos ante roca caliza, que es muy alterable ante
las inclemencias del tiempo y en la zona en la que se encuentra el yacimiento,
con fuertes lluvias, hielo y barro, es fácilmente erosionable en estas
circunstancias. De hecho, recuerdo cómo un compañero de despacho en Bristol
(U.K.), mientras hacia mi tesis, realizó un trabajo sobre las marcas de carros
de Malta que se tienen por milenarias y por las rodadas más viejas del
continente europeo; Alistair sin embargo mostró cómo ensayos en laboratorio
evidenciaron que bastaron 200 años para crearlas (y aunque publicó sus conclusiones
en una prestigiosa revista científica, los malteses siguen sin cambiar su “cuento”).
Afortunadamente no es el caso de este yacimiento, pues por
su emplazamiento y profundidad me atrevería a decir que corresponden a la etapa
romana o tardorromana.
También las rocas hablar y por su meteorización observo que
en el pasado el clima fue más continental y húmedo, con largas etapas de frío
(nevadas y/o hielo) y lluvias más o menos abundantes, posiblemente consecuencia
de amplios bosques hoy perdidos como resultado de la “domesticación” del
paisaje y de la falta de repoblaciones forestales por parte de las distintas
administraciones.
Es interesante observar en un tramo con fuerte pendiente la
existencia de unas marcas horizontales paralelas, es una evidencia de la “ingeniería
de carreteras” que existía en el Imperio Romano, realizando esto para evitar
las placas de hielo que pudieran ocasionar la pérdida de control de carros
descendiendo o ascendiendo, más aún cuando uno de los laterales se asoma al
barranco. Es similar a “los arañazos” que hoy se hacen en carreteras españolas
que combinan un clima frío y una pendiente considerable.
También llama la atención ciertas marcas semicirculares
en el lateral externo del camino, asomado
al barranco y que me hace pensar en la existencia de maderos clavados con algún
tipo de protección horizontal a modo de quitamiedos. Y es que ¡no hay nada
nuevo inventado!.
Conforme ascendemos, fijémonos en piedras labradas casi por
cualquier lado, encontrándonos de pronto con la zona de las murallas
prerromanas, posteriormente reconstruidas a gran escala por los romanos, con
inscripción alusiva al emperador Octavio Augusto, si mal no recuerdo de lo
dicho en el documental.
Desde aquí puede observarse mejor el conjunto del yacimiento
y basándome en otros muchos vistos en Italia, Grecia, Francia y España, me
atrevería a señalar que aquí se sigue la disposición tradicional de las grandes
ciudades romanas, con la aristocracia y foro en la parte superior del Tolmo,
refugiada tras fuertes murallas defensivas (prerromanas y restauradas en la
etapa romana, goda e islámica), mientras el pueblo llano se instalaba en la zona
baja de la ciudad para correr a buscar refugio tras las murallas, en ataques
puntuales.

Y llegamos a la inmensa puerta de acceso de la ciudad.
Debemos imaginarnos un descomunal muro realizado en tiempos romanos, con
grandes piedras bien ensambladas y una gigantesca inscripción superior en honor
al emperador Octavio Augusto. Por entonces la ciudad se conocía como Ilunum. Este muro, sustituyendo a las
defensas iberas fueron tan recias, que posteriormente en época goda se optaría
por construir la muralla defensiva cerca de medio metros más atrás,
reutilizando los grandes bloques romanos desprendidos (y es que esta zona era
propensa a los sismos que ocasionaron el desmorone de estas murallas, según
contó el documental).
El emplazamiento del yacimiento era sumamente estratégico
puesto que se podría decir que constituía la puerta de entrada hacia la costa,
desde la Meseta manchega.
Dejado atrás el conjunto defensivo de los torreones
defensivos a ambos lados de la puerta, iniciamos el ascenso contemplando allá
donde miremos piedras labradas haciendo codos o marcas de anclaje de grandes
vigas de madera que sin duda formaban los techos de las casas. No puedo evitar
pensar las joyas patrimoniales e informativas que yacen bajo nuestros pies,
aguardando pacientemente su estudio arqueológico (lento, pues en 30 años de
investigaciones en el yacimiento tan sólo se ha desenterrado un 9 % de éste
pero…. La paciencia es una virtud….).
Y por fin, coronando el cabezo o tolmo de unas 10 hectáreas
de extensión, llegamos a la zona aristocrática del complejo, una sede episcopal
visigoda. Tomo uno de los paneles explicativos del yacimiento, para hacernos
una idea de lo que estamos observando in situ:
El lugar es una gozada y está muy bien explicado en diversos
paneles que se ubican en los puntos correspondientes. Todo en su conjunto
permite hacerse una idea de lo majestuoso que debió verse este lugar, por
entonces de acceso restringido como pueda hoy ser los interiores del complejo
del Vaticano.
Ya dentro de la basílica de Eio (como se llamaba el lugar en tiempos visigodos), confieso que
me enamoró el cuidado puesto en el cauce-desagüe del agua de las pilas
bautismales (pues por entonces el bautismo se efectuaba por inmersión,
sumergiéndose el neófito en una bañera de tamaño diverso), efectuando una curva
alrededor del muro interior del edificio (lo he resaltado con flechas) y cómo
no, esa magnífica losa con la cruz paté grabada. La estructura de este edificio
religioso me recordó mucho a otras vistas de influencia bizantina (ver mi libro
La Herencia Goda Ignorada), de modo
que documentándome sobre esta basílica dí con un debate que parece existir
entre historiadores y académicos partidarios de considerar que aquí estuvo la
sede episcopal goda correspondiente a la parte bizantina del sudeste peninsular,
que hasta aquí llegaba, desde Murcia y parte de Andalucía oriental). A partir
de aquí comenzaba la zona de influencia visigoda propiamente dicha, cuya sede
episcopal parece haberse situado en el yacimiento de Oreto y Zuqueca, en la
actual Granátula de Calatrava. Pero como digo, el debate al respecto sigue
abierto. Este lugar se ubicaba igualmente en un importante nudo de caminos,
cerca del puente romano de Baebius y
de las ruinas de la ciudad celtíbera de Oretum.
Para mí tenía además el interés adicional de un antiguo volcán cercano (la
Geología “tira”, qué le vamos a hacer…).
Por cierto que en este yacimiento de Granátula se ha
encontrado un elemento único en Europa, por el momento (quizás Minateda nos
sorprenda), una lápida bellamente decorada a modo de mosaico romano, pero con
decoración plenamente visigoda; se muestra a continuación.
Regresando al Tolmo de Minateda, poco antes de llegar a esta
parte visigoda y también alrededor de la basílica se encuentran restos
islámicos, pues se asentaron sobre la ciudad de Eio, reaprovechando parte de
sus estructuras.
Por el momento no se han encontrado restos de grandes
edificios pero es de suponer que como en otros yacimientos contemporáneos, como
el citado de Granátula, por ejemplo, habrá baños públicos, alguna mezquita e
incluso algún palacio.
El tiempo apremia y Gemma Ortega, arqueóloga del yacimiento,
quién nos recibió y nos asesoró de manera inmejorable para la visita del lugar,
aguarda junto con dos compañeras para cerrar. Bajamos raudos –haciendo las últimas fotografías rápidas
de estructuras que afloran- y prometiendo regresar para visitar el castellum o estructura defensiva
superior y la necrópolis norte (pues en el camino de regreso nos topamos con
las típicas tumbas antropomorfas labradas en la roca que tanto abundan en mi Soria
querida y en la cercana Burgos), cerca de la zona absidial de la basílica
visigoda.
Maravillados por lo visto… y por lo que queda por descubrir,
proseguimos viaje hacia otro lugar que debía estar fuertemente protegido (al no
ser el caso, ya he procedido a comunicarlo a la Lista Roja del Patrimonio
Español). Por ello evitaré dar datos exactos del lugar, aunque sí diré que se
trata de un conjunto eremítico visigodo.
Según los datos que he obtenido, se considera que el de
mayor tamaño corresponde a una ermita mozárabe realizada entre los siglos VI al
IX, mientras que el menos profundo sería un eremitorio más. Personalmente
discrepo tanto en esta interpretación como en la dada en una publicación
científica considerándolos sepulcros prerromanos de influencia etrusca (como el
hipogeo de la Toya, en Jaén, dicho sea de paso). La manía de nuestros
arqueólogos e historiadores en atribuir todo lo realizado en suelo español a
influencias extranjeras me saca de mis casillas.
Observando el lugar, comparto la idea de encontrarnos en una
zona sacra, tal vez de carácter funerario, pero para nada considero que sea de
manufactura mozárabe, estando totalmente ausentes los característicos arcos de
herradura.
Personalmente creo encontrarme en un recinto empleado para
honrar a los muertos, funerario, observando muchas semejanzas con la bellísima
e interesante necrópolis tartésico-turdetana-romana de Carmo (la actual Carmona, en Sevilla). De hecho, el “eremitorio” de
menor tamaño me encaja bastante bien con los bancos laterales que se empleaban
para depositar los cadáveres completos y adornados (como también harían
posteriormente los primeros cristianos en sus catacumbas), sin necesidad de
recurrir a influencias etruscas externas. Es más, fueron varios los cronistas
latinos que comentaban que el mundo tartesio (y su influjo) se extendió por
toda Andalucía, llegando hasta la desembocadura del río Segura, en la actual
Guardamar del Segura (Alicante).

En lo que respecta al de menor tamaño, posee marcas de
haberse cerrado con anclajes en al menos tres sitios distintos (resaltados por
flechas) y en su espacio, sumamente pequeño, destacan tres bancos adosados a
las paredes, donde debieron ubicarse los cuerpos de los fallecidos. Aún hay un
tercer “eremitorio” y varias marcas tanto en suelos, como en rocas
(petroglifos) y rocas labradas por doquier.
Es sin embargo el recinto más profundo y espacioso el que
más atención requiere pues se pueden observar detalles de cómo fue excavado, de
distintas hornacinas e incluso de una cavidad a la altura del altar, junto a
dos posibles bancos sepulcrales adosados a la pared, usado para dar salida a
los humos de las ofrendas e incluso para realizar la práctica ya observada en
la necrópolis de Carmo, donde se
dejaba una cavidad para verter por ella leche o vino, para compartir con el
difunto (esta práctica también se ha encontrado en algunas necrópolis
celtíberas).
Pondré únicamente a título comparativo un par de fotografías
que realicé en mi visita a la impresionante necrópolis de Carmona, mostrando un
detalle de una de los numerosos monumentos sepulcrales que allí pueden verse (y
del que ya hablé en su día, aquí).
En poco tiempo se levantó un frío viento y el cielo se nubló
amenazadoramente, así que optamos por ir a comer. Al cabo de un tiempo
terminamos entrando en el agradable restaurante Jesús, de Tobarra, donde el
trato, el ambiente y el menú fueron muy recomendables.
Finalmente terminamos visitando las ruinas de un antiguo
balneario cuyo nombre me hizo sospechar la existencia de aguas
mineromedicinales, tal vez ferruginosas…. Pero nada más lejos de lo encontrado.
Lo cierto es que había poco que ver, salvo un impresionante
eucalipto de tronco enorme y que por el ruido que hacía al arañar la parte alta
del edificio movido por el viento de tormenta, recordaba mucho al árbol de la
película Poltergeist. Como no había ni rastro de aguas termales, ni ferruginosas
o sulfurosas, decidimos dar por concluida la bonita salida de este día.