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lunes, 7 de abril de 2025

La guerra del opio. Origen y beneficios de la primera gran droga

   La guerra del opio tuvo mucho que ver con la ambición británica, y el único interés que llevó a este país a dos guerras contra China fue simplemente económico, no se benefició en ella a terceros, ni importó que se perjudicara con sus beneficios al pueblo llano chino. Los británicos fueron una vez más, auténticos.

            Todo comenzó cuando el comercio de China con algunos países europeos, sobre todo con Gran Bretaña, Holanda y Francia, comenzó a ser muy favorable para los chinos. El más perjudicado en la balanza de pago fue Gran Bretaña que era la que más compraba, debido a su gran afición al té.  En el siglo XIX el Reino Unido tenía una alta demanda de China de té, condimentos, seda y porcelana que no se compensaba con las mercancías británicas que China demandaba, de forma que se generó un gran déficit comercial con China, déficit que el Reino Unido debía pagar en plata u oro.

            El comercio con China desde Europa comenzó antes del siglo XVI, aunque fuera en este siglo cuando el comercio marítimo se hizo más directo. Sobre todo después de que los portugueses establecieran primero la colonia de Goa en la India, y después la de Macao en el sur de China. Buenas cerámicas y condimentos llegaban a Europa de mano de los portugueses, pero el comercio más completo y en mejores condiciones económicas lo ofrecía China. Aún fue mayor con el empuje final que dio España tras la conquista de las Filipinas; creció tanto el comercio español con China, que el Galeón de Manila (ver aquí la entrada relativa al denominado “Lago Español”, en esta misma web) que llevaba los productos que España adquiría llegó a transportar más plata a China que la Ruta de la Seda, la variada red de rutas comerciales terrestres y marítimas que ya funcionaba desde antes del siglo I a.C. por la que China enviaba sus productos a la mayor parte del continente asiático, al Mediterráneo europeo y a la costa oriental africana.

Izda, mapa mostrando la ruta de la Seda, con sus variantes. Dcha, monumento a los galeones de la ruta española Manila (Filipinas)-Acapulco (México), en la capital mexicana.

      Esta intensidad de comercio con China en el siglo XVI hizo que varios países europeos se endeudaran,  aunque nunca llegaron al nivel de déficit de Gran Bretaña, cuyas balanzas de importación-exportación fueron siempre muy favorables a China. Los países europeos no disponían de productos de interés para China, que pudieran ayudar a equilibrar la balanza, y todos tenían en mayor o menor medida, que compensar el déficit con plata u oro, apretando aún  más sus finanzas, ya escaldadas tras las guerras napoleónicas.

Para neutralizar esta gran diferencia en la balanza, británicos y holandeses buscaron productos que pudieran interesar a China para  poder disminuir la deuda con su exportación. El opio, que es una mezcla compleja de sustancias que se extrae de las cápsulas de la adormidera (Papaver somniferum), en donde se encuentra la morfina, una  droga narcótica y analgésica, que provoca sueño e inhibe la transmisión de señales nerviosas, en particular las asociadas con el dolor, al estar acompañada de otros alcaloides,  tiene además efectos psicoactivos, que van bien para tratar problemas de la mente, como el deseo y el dolor, y posee además propiedades analgésicas, antitusivas, antidiarreicas  y antiespasmódicas, con el único problema de que crea hábito. Desde el siglo XV se producía en China, extrayéndolo del látex secado (jugo lechoso) que se obtiene de los bulbos de la adormidera, grupo al que pertenece la amapola común. En España se inventó un proceso que lo mezclaba con tabaco y el producto obtenido ofrecía al fumarlo las propiedades señalada; esto hizo crecer la demanda de China de este producto español.

 De las “inofensivas” amapolas se comenzó a extraer una sustancia que terminaría dando lugar al temible Opio.

 El Imperio Mogol de la India o Gran Mogol empezó a vender opio a China hasta que Gran Bretaña se añadió a la ecuación, al entrar en funcionamiento la  Compañía Británica de las Indias Orientales en Bengala, que rápidamente monopolizó el comercio del opio, aunque también los holandeses buscaron este recurso para bajar su deuda con China. La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, desde Indonesia inició a su vez ese comercio con China, aunque no llegara, ni mucho menos, a la cantidad que exportaba ilegalmente la India británica en el siglo XVIII. El comercio del opio creció rápidamente, y el flujo de plata desde el Reino Unido a China comenzó a reducirse paulatinamente, más aún cuando contó con el apoyo e impulso de la británica reina Victoria. Nacida en1819, Victoria accedió al trono a los 18 años tras la muerte de sus tíos sin descendencia legítima.  Durante su reinado, el segundo más largo en la historia británica, el Reino Unido experimentó cambios significativos en los aspectos industriales, culturales, políticos, científicos y militares, y se consolidó como una potencia mundial. También fue la primera soberana británica en ostentar el título de Emperatriz de la India, desde 1877 hasta su muerte en 1901. Su reinado, conocido como Era Victoriana, estuvo marcado por el avance industrial y científico, y la expansión del Imperio Británico, apoyando desde la Corona cualquier método para lograrla. Con respecto al comercio del opio, la Reina Victoria tuvo un papel crucial durante su reinad; la Compañía Británica de las Indias Orientales, que operaba controlada de forma indirecta por el gobierno británico, potenció el comercio de opio cultivado en India y lo exportaba ilegalmente a China, donde se convirtió en una terrible plaga debido a su alto consumo, que produjo graves desajustes sociales.


En la lapidaria película “From Hell” (“Desde el Infierno”, como escribió Jack El Destripador en una de sus cartas), se observa uno de los “fumaderos” de Londres, donde se podía tomar alcohol, laúdano y opio. La trama de la película sostiene que “El Destripador” fue el doctor real de la Reina Victoria, encargado de eliminar a las prostitutas que se relacionaron con un miembro de la Casa Real (para más detalles, ver aquí). El propio investigador inventado por el escocés Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes, también era asiduo al consumo de estas sustancias (opio y laúdano, tintura de opio).

     El problema que desencadenaron las dos guerras británico-chinas del opio tuvo su origen cuando el emperador chino Daoguang prohibió la venta y el consumo de opio en 1829, debido al gran número de adictos que había en la población china. Intentó limitar la entrada de productos del mundo exterior, para lo que señaló como entrada de ese comercio exterior al puerto de Cantón. Estableció monopolios y trámites rigurosos para reducir el flujo de ese comercio, obteniendo como resultado altos precios de venta para los artículos importados y ajustando una demanda limitada, lo que desató la disputa sobre todo por el comercio del opio, en la que chocaba la visión que se tenía en ambos lados. El emperador censuró el opio en su país por el efecto negativo en la población, al observar los problemas de salud y sociales vinculados con su consumo; sin embargo, los británicos veían el mercado de opio como la mejor oportunidad para compensar y superar su gran deuda en el comercio con China. Observaron las grandes ganancias que potencialmente traería ese mercado cuando invadieron Bengala en 1764; vieron que las ganancias se acercaban al 400 por ciento y potenciaron el cultivo de la amapola, que crecía casi en todas partes, por lo que fueron aumentando vertiginosamente las exportaciones de opio por cauces legales, o ilegales, porque tenían a su servicio a una cantidad de gente importante y un buen número de funcionarios chinos comprados. En 1830, ante el alarmante y desenfrenado abuso del comercio del opio en China, el Emperador Daoguang ordenó a Lin Hse Tsu, gobernador imperial de Cantón, que suprimiera el contrabando ilegal del opio en China por parte de ciudadanos británicos, y que combatiera rápidamente esta plaga. Lin respondió atajando la corrupción, arrestando a un número muy numeroso de funcionarios imperiales corruptos, y a más de 1700 traficantes chinos al servicio inglés, destruyendo más de 20.000 cajas de opio.

Lin envió una carta a la Reina Victoria​ pidiéndole que respetara las reglas del comercio internacional, que no comerciara con sustancias tóxicas y que prohibiese el narcotráfico. Pero la reina Victoria no accedió a las peticiones chinas, ya que el comercio de opio era muy lucrativo y compensaba su  déficit comercial con China, así que aceptó cualquier actuación que lo potenciara. De esta forma se convirtió en la cabeza visible del mayor cártel de narcotraficantes de la Historia. Poco después estallaría la Primera Guerra del Opio.

Izda, célebre fotografía de la reina Victoria de Inglaterra. Dcha, mapa explicativo de la Primera Guerra del Opio

      Tras la prohibición del gobierno imperial chino, los británicos tuvieron muy claro que lo único que levantaría la prohibición sería una guerra con China, y que era el momento adecuado pues era evidente la debilidad militar china. El Reino Unido sólo necesitaba un motivo, y lo encontró; tras la incautación del opio por parte del gobernador de Cantón, el gobierno británico acusó a China de destruir mercancías británicas, lo que fue el principio de una escalada de tensiones. Así, en julio de 1839, marineros británicos y estadounidenses produjeron una series de altercados en el puerto de Kowloon (Hong Kong), interfiriendo en las costumbres y en el ordenamiento chino, por lo que Lin Hse Tsu exigió responsabilidades y castigo para los infractores, que no fueron atendidas por los británicos. Como respuesta se les cortaron los suministros de víveres y trabajadores, lo que hizo que los británicos mandaran un barco armado, con suministros, a Kowloon, pero no pudo desembarcar por el bloqueo chino. Un mes después llegaron dos barcos británicos procedentes de Singapur que no tenían relación alguna con el comercio de opio, pero la relación entre ambos países estaba muy tensionada, por lo que tampoco se le permitió entrar en Cantón. Los ingleses protestaron al entender que, al no tener relación esos dos barcos con el comercio del opio, podían entrar en Cantón, lo que provocó un enfrentamiento entre británicos y chinos, al que se sumaron otros barcos británicos que realizaban el bloqueo comercial a China. Este fue el primer episodio bélico de las llamadas Guerras del Opio.

La negativa de la Reina Victoria a cesar el comercio de opio llevó a la Guerra del Opio, en una primera guerra (1839-1842) en la que se enfrentaron el Reino Unido y China. Por el lado inglés, el motivo era la defensa de los intereses comerciales que obtenían en el contrabando de opio, cultivado en la  India e introducido ilegalmente en China; por el lado chino se trataba de imponer sus leyes y el control a ese comercio. La guerra finalizó con la derrota china, y tras la firma del Tratado de Nankín China tuvo que aceptar abrir cinco puertos a la libre entrada de mercancías británicas, lo que permitió que continuara el comercio de opio; tuvo que conceder una indemnización  y además, ceder Hong Kong al Reino Unido por 150 años. Esto contribuyó a la expansión del imperio británico y a su entrada en China junto con una representación occidental en ese país asiático.

Pero la cosa no quedó ahí. El acuerdo de Nankín no fue del todo respetado por los ganadores y pronto surgieron nuevos desacuerdos en las relaciones diplomáticas, en el comercio y también en el estatus legal de los ciudadanos extranjeros que acudieron a China. Hubo otros incidentes, como “el incidente del Arrow”, que tuvo que ver con la piratería y el contrabando que surgió en el mar de China que hizo que actuara su marina y apresara al barco Arrow (traducido Flecha) del que se sospechaba que realizaba labores de piratería; al comprobar que era de propiedad británica, su gobierno negó la acusación y acusó a China de atacar propiedad británica. Fue el último enfrentamiento que inició la Segunda Guerra del Opio, también llamada Guerra de las Flechas (1856-1860) en la que los  británicos, esta vez ayudados por los franceses, Estados Unidos y Rusia, denegaron la oferta británica de participar con ellos en la segunda guerra, pues luchaban por el derecho a importar opio a China, aunque al final mandaron algunas fuerzas en ayuda de Gran Bretaña. En esa segunda guerra, cuando se estaba negociando el nuevo tratado de paz tras la victoria anglofrancesa, el Alto Comisionado británico en China ordenó a las tropas que saquearan y destruyeran el Palacio Imperial de Verano, residencia principal de la corte, en el que los emperadores de la dinastía Qing gestionaban los asuntos de Estado. Fue el fin de la dinastía Qing, y tras la derrota de China se la obligó a firmar en 1858 el “Tratado de Beijing” mientras las potencias occidentales ocupaban la capital.

Al final de esta segunda guerra se consiguió la legalización del comercio del opio en China, además de que el país asiático indemnizara a británicos y franceses con 8 millones de taeles de plata a cada uno. Reino Unido, Francia, Rusia y los Estados Unidos, tendrían el derecho de establecer embajadas en Pekín, una ciudad cerrada hasta entonces; también se abrirían diez nuevos puertos marítimos al comercio extranjero, incluyendo Niuzhuang, Hankou, Danshui y Nankín. Además se permitiría a los barcos extranjeros navegar por el río Yangtsé, y se aceptó el derecho de los extranjeros a viajar por el interior de China, lo que estaba prohibido hasta entonces. También se obligó a China a ceder terrenos a aquellos países que “ayudaron” a ganar la guerra. Cedió a Gran Bretaña la Península de Kowloon como parte de Hong Kong, de acuerdo con la “Convención de Pekín”; a Rusia, tras la firma del  “Tratado de Aigun” más de 1,5 millones de kilómetros cuadrados de territorio en el noreste y noroeste del país, y también Portugal amplió su territorio en Macao.

Todo esto condujo en parte a la caída de la economía y del potencial chino. Estas guerras se consideran el primer gran conflicto por drogas conocido en la Historia de la humanidad.

martes, 9 de enero de 2024

El Inca Garcilaso de la Vega, primer escritor mestizo del Nuevo Mundo

Hoy he querido analizar la vida de este escritor porque es un ejemplo real de uno de los resultados de la conquista española en el Nuevo Mundo, una vez que terminó el periodo de guerra con el que generalmente se inician las conquistas.

Con la vida y el legado de este personaje se pueden desenmascarar todas las mentiras y vilezas que integraron la leyenda negra española, creada y apoyada por los grandes enemigos del Imperio Español: holandeses, ingleses y  franceses principalmente. El hecho de conocer la historia del inca Garcilaso, como se le conoce popularmente, facilita comprender que la colonización española fue muy diferente de las colonizaciones realizadas por otros países europeos, sobre todo las del entonces recalcitrante enemigo inglés. Como señala Javier de Navascués, en su brillante estudio sobre la relación entre conquistadores y conquistados en América, el español nunca tuvo ningún problema en unirse a mujeres indígenas locales, compartiendo con ellas su vida, cada vez con más estabilidad, conforme avanzaba la presencia de España en América. Con estos estudios no hay duda de que nuestros conquistadores y aventureros fueron menos racistas que el resto de imperios extranjeros, como lo demuestran los millones de nativos que viven en esos grandes países que formaron parte del extenso Imperio Español -desde gran parte de los Estados Unidos a la Tierra del Fuego- y que la mayoría de su población es de origen mestizo, descendientes de matrimonios mixtos. No se puede decir lo mismo de la población no inmigrante de los Estados Unidos, de Australia, de la India, o de cualquier otra ex colonia inglesa, holandesa o francesa. Por otra parte, fue también en España –ya que estamos-, donde por primera vez las mujeres no solo podían estudiar en universidades, sino convertirse en profesoras universitarias, aunque eso nos diversifique del tema que hoy vamos a tratar, pero tenía que decirlo.


“La Real y Pontificia Universidad de México” se construyó el 3 de junio de 1553, por un decreto firmado por el príncipe y futuro rey Felipe II, en nombre de su padre, el emperador Carlos I de España y V de Alemania. Fue la primera universidad construida en América.

Es cierto que el tipo de unión entre españoles y nativas fueron evolucionando conforme los años avanzaban y ya no se trataba de conquistar, sino de gobernar. Está claro que en la unión más famosa de un español y una nativa, entre el conquistador de México Hernán Cortés y Malinche, no predominó el amor, en el sentido como hoy se conoce -de hecho, cuando ya no la necesitó la cedió a otro soldado español de menos alcurnia y se casó con una española- mostrando una realidad normal en la relación entre los primeros españoles y las indígenas. Sin embargo, cuando la religión se comenzó a imponer, la Iglesia insistió en regularizar estas uniones mediante matrimonios, siendo la mujer indígena la que reclamaba esta solución aunque los españoles no estuvieran muy interesados en ella. Se apoyaban en que las Leyes de Indias señalaban que los españoles no habían ido allí a mezclarse con la población sino a imponer los Evangelios, lo que en definitiva acabó por ofrecer soluciones para evitar vivir “en pecado”. Por otro lado, en principio los mestizos eran personas que estaban perdidas pues no eran indios pero tampoco españoles; se quedaron con la denominación de criollos y estaban mal vistos, de forma que no tenían facilidades para organizar sus vidas, y menos aún cuando a mitad del siglo XVI, el emperador Carlos I prohibió que se les diera cargos públicos sin su autorización.

 La normalización de esta inmensa población no lo tenía nada fácil, y hasta el mismo Felipe II les prohibía en 1582, en contra de los criterios de la Iglesia, su acceso al sacerdocio. Todo ello hizo que la numerosa población mestiza tuviera que ser creativa, y fueron muchos los mestizos que se comenzaron a situar bien, como fue el caso de Diego Muños Camargo, hijo de español y mujer tlaxalteca, que llegó a ser un rico e importante empresario en el siglo XVI en México. Otros se rebelaron contra la Corona y continuaron los enfrentamientos, algo ya inadmisible en una sociedad rica que quería ser moderna. Lima o Cuzco no tenían entonces nada que envidiar a ninguna capital europea; por sus calles corrían el oro y la plata, que se pagaba allí hasta cincuenta veces menos que en Europa, por lo que una multitud de negociantes y viajeros recorría sus calles. Pronto América se transformó en la tierra de las oportunidades, a la que acudían numerosos españoles de la metrópoli para hacer negocios y obtener riquezas, y en esa tierra seguía aumentando el número de mestizos. En esa situación la realidad se imponía a las leyes, y la sociedad tuvo que acomodarse conforme la modernidad avanzaba, y abrirse cada vez más a gentes de todas las razas, que comenzaron a convivir como no se había visto hasta entonces.

También es cierto que casi siempre los hijos de padre español y madre indígena eran ayudados por el padre y su familia; todo mestizo tuvo que superar obstáculos, pero siempre contaba con el apoyo del padre, incluso de su fortuna, y de eso también se benefició el joven mestizo Inca Garcilaso. Aunque su nombre inicial no fue ese; tras nacer en 1539 en Cuzco, la capital del imperio inca, se le asignó el nombre de Gómez Suárez de Figueroa. Su padre fue un noble conquistador español, el extremeño Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, sobrino del poeta Garcilaso de la Vega, y provenía de un linaje de nobles guerreros en la Reconquista española, como el Marqués de Santillana o Jorge Manrique. Fue un funcionario virreinal que llegó al cargo de corregidor del Cuzco y que participó en las conquistas de Hernán Cortés en México, y de Guatemala después, al servicio de Pedro de Alvarado. En 1534 marchó con Alvarado a  Perú en busca de mayor fortuna y allí se unió a la princesa inca Isabel Suárez Yupanqui, que tenía una línea más ilustre, ya que descendía directamente de emperadores incas. Nacida Chimpu Ocllo (Cuzco),  era nieta del inca Huayna Cápac, hija de Túpac Hualpa, y sobrina de Huáscar y Atahualpa.


La Casa Palacio de los Pizarro, en Trujillo (Extremadura, España) ordenado construirse en el siglo XVI por Francisco Pizarro, conquistador de Perú y del imperio inca. Entre los ornamentos del palacio renacentista, conserva el único retrato conocido de la primera esposa de Francisco, la princesa inca Quispe Sisa, hermana de Atahualpa y Huáscar, bautizada al cristianismo como Inés Huaylas Yupanqui, y madre de los 2 hijos mayores del conquistador. La segunda esposa de Francisco y madre de 2 de sus hijos pequeños, sería Angelina Yupanqui, prima de la primera esposa y de los reyes incas, además de amante de Atahualpa, al que le dio 6 hijos antes de conocer al español. Sería la última concubina inca de dicho imperio.

El niño nacido de esa unión residió en casa de su padre, donde sobrevivió a la guerra civil entre pizarristas y almagristas. Su suerte cambió cuando a sus diez años llegó una orden desde España que obligaba a todos los oficiales y encomenderos que vivían amancebados con nativas, a arreglar su situación de convivencia y a casarse. La respuesta fue que el padre abandonó a la princesa inca y se casó con una española, Luisa Martel. Eso hizo que el niño, como hijo de padres separados fuera de una casa a otra, complicándose mucho su vida en aquella sociedad que menospreciaba a los bastardos y a los mestizos. Pero los padres que actuaron de forma similar, la mayoría, siempre encontraron formas para ayudarles o ascenderlos; así el padre de Garcilaso consiguió enviarlo a estudiar con un canónigo muy preparado de la catedral de Cuzco, que atendía a una docena de alumnos en las mismas condiciones familiares, entre los que estaban los hijos bastardos de Francisco y Gonzalo Pizarro. Allí recibió una magnífica enseñanza, porque además de enseñarles latín, gramática y música, el sacerdote los sacaba por los alrededores hasta la imponente fortaleza de Sacsayhuaman o por los diferentes barrios de Cuzco, y hablaban con la gente.

El muchacho era muy despierto y escuchaba historias curiosas, como la de un boticario español que al ampliar su botica encontró un tesoro que los incas escondían a los españoles. Analizaba los productos que su padre o sus amigos introducían en Perú, como uvas, trigo, café, espárragos, aloe vera, canela, y animales como bueyes, cabras o gallinas, pues en todo momento el muchacho tuvo muestras del cariño paterno. De hecho, cuando ya estaba bien preparado, el padre lo contrató para que llevara las cuentas de sus propiedades, y poco después le regaló una hacienda para que la administrara él mismo.

Distintos retratos del inca Garcilaso de la Vega, el derecho se conserva en la casa-museo donde residió, en Cuzco (Perú).

Tras la muerte del padre en 1559 cuando el muchacho contaba veinte años, se le asignaron en testamento 4.000 pesos en oro y plata, para que fuera a estudiar a España y reclamara al Consejo de las Indias mercedes por los servicios prestados por su padre, que también le entregó una carta póstuma a sus hermanos para que lo acogieran cuando llegara. Así partió el joven mestizo hacia la patria de su padre, llevándose un hondo recuerdo de sus años de Perú. Ya no volvió más a América.

En España conoció a sus tíos y se quedó a vivir con uno de ellos en el pueblo cordobés de Montilla, donde permaneció casi 30 años. Viajó dos veces a Madrid para reclamar emolumentos al Consejo de Indias, que señalaba falsamente a su padre como sospechoso de haber estado peleando junto a los rebeldes al rey en las guerras peruanas. Su situación se complicaba: los mestizos no tenía facilidad de acceso al trabajo y su capital paterno iba menguando; tomó entonces la decisión de cambiar de nombre y eligió el de su padre, ofendido por las mentiras de los poderosos. Tomó sus apellidos y le adelantó el sobrenombre “El Inca”, como homenaje a su país. Se alistó en el ejército y combatió en Navarra e Italia. En 1570 luchó contra la rebelión de los moriscos en las Alpujarras, a la orden de don Juan de Austria (hermano del rey Felipe II), alcanzando el grado de capitán. A pesar del apoyo de don Juan tampoco obtuvo muchos beneficios en el mundo de las armas, de ahí que decidiera ser escritor.


Retrato de un joven D. Juan de Austria y vista frontal de la galera real Juan de Austria (réplica visitable en Barcelona), donde viajaba el mencionado y comandaba las tropas cristianas del Imperio Español que derrotaron a las otomanas en la batalla de Lepanto (Grecia, en el Golfo de Patras cerca de la localidad de Lepanto, hoy Naupacto, el 7 de octubre de 1571). Gracias a ello, Europa siguió con sus culturas y tradiciones (de otra forma habría sido islámica). Hoy tristemente nadie recuerda tal batalla e incluso algunos documentales anglosajones han llegado a insinuar que los ingleses en Malta frenaron el avance islámico en Europa, algo totalmente falso.

Volvió a su casa cordobesa y aprendió italiano, sin descuidar nunca su hacienda, en la que se dedicó a la compraventa de caballos, animales que le gustaban mucho desde niño. Era muy inteligente en los negocios y sacaba beneficios de las numerosas propiedades que tenía bajo su control. En contra de lo que se dice, nunca el Inca Garcilaso tuvo problemas económicos. De hecho cuando cumplió 52 años recibió dinero de otra herencia, tras el fallecimiento de su tía Luisa Ponce de León, que le permitió trasladarse a la ciudad de Córdoba, viviendo en una casa cerca de la mezquita y entrando en contacto con órdenes menores al servicio de la Iglesia y con los círculos del humanismo cordobés, completando entonces una ya bien nutrida biblioteca personal, que tenía como referentes la cultura europea y la española.

Acabó su primer libro La Florida del Inca, que ya había pensado e iniciado muchos años atrás. Todo empezó cuando en sus viajes de reclamación a Madrid hizo amistad con Gonzalo Silvestre, un veterano de las guerras del Perú que había peleado a la orden de Hernán de Soto, el mejor y el más valiente de los capitanes de Pizarro, y después lo acompañó en su aventura por La Florida. Con el Inca Garcilaso Gonzalo compartió comida y bebida por distintas tabernas madrileñas y allí le contó la increíble historia de Soto en América del Norte. Ese primer libro, escrito con elegancia y humanidad se publicó en 1605, y expone todos los hechos de las aventuras de Hernando de Soto por Florida, Georgia, los Apalaches, Alabama y Tennessee,  incluida su trágica muerte en el Misisipi.

En 1609, en Lisboa, se publicó su obra cumbre, los Comentarios Reales de los Incas, en la que detalló la historia, cultura y costumbres de los incas, junto a otros pueblos del Perú. Este libro fue prohibido por la Corona española en todas sus provincias en América desde 1781, tras el levantamiento de Túpac Amaru II, al considerarlo peligroso y propagador de la sedición, aunque la obra se siguió imprimiendo en España. En 1617 publicó en Córdoba, la Historia general del Perú, que era la segunda parte de los Comentarios Reales, que vio la luz al año siguiente de su muerte, ocurrida en 1616 tras una larga enfermedad, en el hospital de la Limpia Concepción de Córdoba. Y caprichos de la Historia: el Inca Garcilaso de la Vega fallece el 23 de abril de 1616, exactamente el mismo día en que mueren Miguel de Cervantes y William Shakespeare.


La obra póstuma del Inca Garcilaso es una mezcla de autobiografía, en la que reivindica su glorioso linaje, dando una visión histórica del Imperio Inca, cuya conquista por parte de los españoles había sido uno de los hitos del proceso colonizador que siguió al descubrimiento de América, y detalla de forma interesante el inicio del Virreinato.

El Inca Garcilaso se introdujo bien en la sociedad cordobesa, eran muchas las tardes en que se le veía paseando por los alrededores de la Mezquita y alternando con la sociedad cordobesa. Visitaba mucho la catedral, donde tenía amistad con varios sacerdotes con los que mantenía largas charlas espirituales, y en ella levantó con su fortuna una capilla en un ala de la catedral-mezquita, la Capilla de las Benditas Ánimas del Purgatorio. Tuvo un hijo no reconocido con una de sus sirvientas, con el que actuó a su muerte igual que hizo su padre con él, cediéndole su casa y una buena cantidad de dinero. Tras su muerte, fue su hijo bastardo, sacristán de la catedral, quien  siguió manteniendo esa capilla, donde descansa su cuerpo. Nunca ocultó su gusto por el sacerdocio, aunque no consiguió acceder a él.

Detalle de parte de la tumba del Inca Garcilaso de la Vega, donde aparece en estatua rezando junto a su hijo Íñigo, tras él. Capilla de las Benditas Ánimas del Purgatorio, catedral de Córdoba (sur de España).

Al Inca Garcilaso se le considera como el primer mestizo cultivado de América que supo conciliar sus dos herencias culturales: la inca y la española, alcanzando al mismo tiempo gran renombre intelectual. Muchos críticos ilustres  lo describen como el “Primer mestizo de personalidad y ascendencia universal que parió América”, como lo define Luis Alberto Sánchez; de ahí que se le reconozca como el “Príncipe de los escritores del Nuevo Mundo”. En su obra, situada en el período del Renacimiento, el Inca Garcilaso combinó hábilmente recursos de la epopeya, la utopía (género platónico de gran cultivo entre humanistas) y la tragedia, con un gran dominio y manejo del castellano. El Inca era un fervoroso católico y justificaba la conquista española por la introducción del Evangelio en América. Fue un escritor con una gran formación humanística; España se la brindó y él supo aprovecharla. El premio Nobel  Mario Vargas Llosa lo reconoce como un consumado narrador y destaca su prosa bella y elegante. Son muchos los monumentos, las universidades, calles y plazas que lleva su nombre.


Derecha, vitrina con parte de los restos del Inca Garcilaso (catedral de Córdoba, España). Izquierda, parte de la exposición de la Biblioteca Nacional de España, en Madrid sobre “la Biblioteca del Inca Garcilaso”.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Una ventana a los siglos XVII-XIX españoles

Entre tanta convulsión política nacional (la deriva hacia una nueva dictadura con Pedro Sánchez en su papel de Calígula, volando desde dentro la democracia, la separación de poderes –fundamentalmente el ejecutivo y el legislativo-, la colocación a dedo de toda su clientela en puestos estratégicos y la censura cada vez más marcada, tratando de amnistiar a los guerrilleros urbanos de la CUP y tsunami democrático pero gaseando a los que se manifiestan pacíficamente ante la sede madrileña del PSOE, ancianos y niños incluidos) e internacional (guerra Rusia-Ucrania y guerra de Israel contra el grupo terrorista Hamás), además de una España cada vez más empobrecida y con una invasión –no puede llamarse de otro modo, pues este fin de semana llegaban solo a Canarias 1.500 inmigrantes más, cerrando el mes de Noviembre con 4.000 inmigrantes llegados de manera ilegal solo a Canarias, sin contar los que han llegado a las costas andaluzas, alicantinas ni murcianas, según datos oficiales-, pasaba desapercibida una noticia que me ha resultado sorprendente y que ocurría de manera casual.

Resulta que durante una revisión cotidiana de los fondos de un museo británico, abriendo cajas y revisando su contenido, así como el estado de conservación de los materiales y demás procesos, se descubrió una serie de documentos que parecían estar escritos en un español antiguo. Por ese motivo decidieron informar de lo ocurrido a una trabajadora española voluntaria que allí se encontraba, Elvira Barroso Bronheim, con la intención de que pudiera leer algo de lo consignado en aquellos legajos, para hacerse una idea de lo que tenían ante ellos.

Y resultó que se trataba de cartas, diarios de a bordo, testamentos, recetas de cocina, mapas y demás documentos confiscados por piratas y marinos ingleses durante sus ataques ilegales –es sabido la de veces que Inglaterra se saltaba las treguas y paces alcanzadas con España a fin de rapiñar cualquier tesoro y cargamento de las Américas o de las Indias, mientras con la otra mano seguían proclamando la leyenda negra de las ansias patológicas de oro por parte de los españoles, como evidencio en mi libro sobre la Armada Invencible y la Leyenda Negra, en la que una muy arruinada reina Isabel I de Inglaterra se valió de los piratas para obtener dinero del Imperio Español rompiendo sus tratados de no agresión con Felipe II, monarca de España– y legales, a diversos buques del Imperio Español.

De esta manera tan casual se abría una ventana al pasado de la España de los siglos XVII y XVIII que mostraban, a partir de las misivas, la cotidianidad de los españoles que en ese tiempo trataban de seguir en contacto con sus familiares peninsulares, mientras buscaban fortuna y fama en América.


              Al conjunto de documentos guardados en el National Archives de Londres los han llamado “The Prize Papers”, consistiendo en unas 160.000 cartas confiscadas como parte del botín de corsarios, piratas y demás saqueadores de más de 35.000 embarcaciones del Imperio Español de entre los siglos XVII y XIX, según los ingleses, aunque las cartas provengan de 130 buques del siglo XVIII (¿estamos de nuevo ante un burdo afán de engordar las “hazañas” de los ingleses contra los militares del Imperio Español? El nombre en sí es bastante evidente, pues “prize” significa “premio”, pudiendo traducirse la expresión como “los papeles del premio” o los documentos de recompensa, pero por el contexto sería más apropiado interpretarlo como “los documentos del botín de guerra”… aunque en ciertas ocasiones no hubiera tal, sino la ruptura unilateral de un acuerdo de no agresión; es el caso del buque que suscitó la enorme polémica con la empresa cazatesoros Odyssey y también del San José, dejo aquí el enlace a mi entrada, aunque los vídeos han sido censurados y retirados; en esta otra, aquí, se trata el asunto en concreto).


            Entre las misivas se encuentra una firmada por Francisca Muñoz que envió a su marido que se encontraba en América, Miguel Atocha y al que le reprochaba lo siguiente: «Quisiera sabe qual es el motivo de haberte escrito treze cartas sin estas y de ninguna a ver tenido respuesta, quisiera saver si allá no ay papel o plumas o tinta para siquiera a ver escrito una, ya veo que es por falta no de lo dicho, sino de mucho olvido que has hecho de toda tu familia, pues todos por acá tienen sus socorros y sola yo soy la desgraciada.» La carta viajaba en las bodegas de la fragata de 36 cañones La Ninfa, junto a un cargamento de plata, que fue apresado y saqueado por los ingleses durante la guerra anglo-española ocurrida entre los años 1796 y 1802, con la intervención de Francia.

            Poco a poco, todos estos documentos están siendo escaneados y subidos a la web creada de expreso, según la propia web: “Between 1652 and 1815, British privateers and naval vessels captured roughly 35,000 ships, from which they seized hundreds of thousands of papers that survive to this day as the Prize Papers – a “prize” being a captured ship” o lo que es lo mismo, «Entre 1652 y 1815, barcos británicos privados (es decir, piratas y corsarios) y de la Marina Inglesa capturaron alrededor de 35.000 barcos que proporcionaron cientos de miles de documentos preservados hasta hoy como “The Prize Papers”, que deriva de “prize, premio” como se consideraba a un barco capturado», de manera que ya hay varios investigadores trabajando en ellos y preparando libros con los que deleitarnos próximamente. Es el caso de Alejandro Salamanca, que se está centrando en las misivas incautadas del barco la Agata Galera, apresado en 1747 dentro del contexto de la denominada Guerra del Asiento angloespañola por el control del Caribe. Entre las misivas que llevaba en sus bodegas se encontraba la de un joven Joaquín Ruiz, que viajaba con su padre rumbo a Veracruz, con 16 años, y que relata, entre otras cosas: «Amigos míos, pongo en noticia de vms. como la víspera de mi salida de la Habana, habiendo ido a embarcarme a las diez de la noche con mi padre, al tiempo de subir la escala del navío se me fueron los pies y las manos con la oscuridad de la noche, caí al agua manteniéndome sobre ella más por obra de Dios que por mi habilidad, pues no sé nadar, y viéndome mi padre en tan grande conflicto usó todas las diligencias más prontas que requería el lance, y echándome un cabo quiso Dios, la Virgen, el señor San Antonio y el señor San José que lo agarrara, y no sé cómo lo agarré pues ya me faltaba el aliento y el sentido».

            Sin duda todo este amplio conjunto de cartas y documentos diversos arrojará una visión de la España cotidiana de entre 1652 y 1815. Es el caso de la imagen anterior, derecha, que corresponde al conjunto de misivas que viajaba en el barco español La Perla (no la Perla Negra, de la serie de películas Piratas del Caribe) desde Perú a España y capturado en 1779; todo el conjunto, registrado como ref. HCA 30/313 de los Archivos Nacionales de Londres, se publicará online a lo largo del año que viene, 2024.