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jueves, 27 de agosto de 2026

Robado el tesoro de Villena

Y suma y sigue. Es alarmante el desprecio que en España se tiene por el patrimonio, por las culturas pasadas y por sus restos que aún yacen en el suelo peninsular; que son verdaderamente nuestras raíces.

Y lo digo porque ahora, siendo las 11.46 de la mañana, ninguna televisión se ha hecho eco de la noticia cuando en estos casos, las primeras horas son cruciales (el robo, limpio y -según qué periódico leas dicen, que no había ninguna persona vigilando semejante tesoro arqueológico, de los más importantes de la protohistoria española- se produjo sobre las 5.16 a.m., en cuatro minutos solamente).

El problema es que no hay control alguno de fronteras y esto viene genial a todo tipo de mafias. Si toman un ferry, si van en autocaravana o incluso en coche (ese tesoro de incalculable valor patrimonial y materialmente realizado en oro, cabe en una mochila), nadie revisará las pertenencias. Y de hecho, hace un par de años me encontraba yo descansando un par de días en una de las amplias playas de arena entre Guardamar del Segura y Elche, para desconectar un poco. Allí hay pinares cerca de la playa, así que fui a acercar a mi perro hasta allí. Para variar, el aparcamiento contaba con más de 20 autocaravanas de extranjeros, que allí viven, y para mi sorpresa, de una de ellas (matrícula de Alemania) bajó un hombre de poblada barba canosa, con un detector de metales con un palo más ancho que el de mi ventilador de pie, y se fue delante de mí, a vista de todo el mundo que allí estuviera, para perderse por el pinar. Dudo mucho que lo que encuentre y expolie, lo detecte algún policía o guardia civil. Y ese es solo uno de los millones de turistas que nos visitan cada año, en cualquier temporada.

Ahora que estamos en plena crisis de invasión de Ceuta de un gobierno marroquí que se cree con derecho sobre unas posesiones territoriales españolas que ya eran de España en el siglo XV –el propio Fernando el Católico mostró su interés por esa zona del otro lado del Estrecho, antes que por América– (recordemos que Marruecos, como país, surge en el siglo pasado así que alguien debería “recordarles” que el hecho de que ellos tengan arte nazarí, de omeyas, o de godos vándalos llegados de la Península Ibérica no conlleva que la Península Ibérica o Andalucía sea marroquí sino todo lo contrario, que ellos están “ocupando” un territorio que históricamente perteneció a la Península Ibérica, a la España de entonces), en plena temporadas de fiestas en toda España, los expoliadores han sabido bien aprovechar la ocasión.

Lo que apena es que nadie pudiera medios para impedir que se pudiera robar unas piezas tan jugosas (eso sí, cuando las visité, se comentó la agria polémica de las autoridades locales para impedir que este tesoro fuera llevado al museo nacional de Madrid; de haberlo hecho, ahora mismo seguiría intacto). Y también entristece pensar que con el declive cultural del propio pueblo español, habrá muchos españoles a que les hubiera gustado hacer lo mismo, robarlo y fundirlo o venderlo, solo por la riqueza material que eso supone.

 

Es triste porque la historia se repite. Ya en otras entradas hablé de la Operación Helmet, sobre cinco cascos celtiberos expoliados de España sin que nadie se enterase, que iban a subastarse ilegalmente pero Alemania logró detener la venta y conseguir que se le diera la oportunidad a España de reclamar su patrimonio, previo pago de costas. El gobierno de entonces alegó que “no estaba entre sus prioridades” y miró hacia otro lado. Finalmente fue un particular, extranjero, quién pagó de su bolsillo la compra de los cascos y los cedió al Museo Arqueológico de Madrid… Y no ha pasado nada, ni una dimisión, ni nada. A los interesados en este asunto, si hacen clic AQUÍ  https://valeriaardante.blogspot.com/2014/02/operacion-helmet.html    verán mi comentario de entonces. Por ironías de la vida, estaba hablando entonces del propio tesoro de Villena, como podrán comprobar.

No ha sido el único ejemplo. También en mi web he hablado de dos yacimientos gravemente dañados, uno en Murcia y otro en Jaén. En este último, entre mis dos visitas, comprobé cómo habían robado un altar visigodo, dando la voz de alarma (ver AQUÍ). Precisamente la pieza expoliada fue la elegida para adornar la portada de mi libro “La herencia Goda” (aquí), porque un agente particular con el que hablé sobre el asunto (Guardia Civil) me comentó que cuánto más famosa fuera la pieza, más difícil sería “moverla” en el mercado negro. 

Es muy triste ver qué está sucediendo con nuestro pasado. Cómo el país ha dado la espalda a su impresionante pasado, mientras proliferan cada vez más los relatos manipulados de una historia retorcida y muy forzada, empleada para respaldar generalmente intereses materiales, económicos, de unos pocos (que logran que un grupo más o menos numeroso se crea tales falsas verdades y las haga propias, sin obtener por ello más que rencor al vecino).

Todas las semanas suelo comprobar qué nuevas noticias arqueológicas se han producido, qué nuevos hallazgos dentro de nuestro rico patrimonio. Lamentablemente, suelo quedarme con las ganas (como decía el inigualable Groucho Marx en “Una noche en la ópera”, me quedo “solito con mis ilusiones”) porque si hay mucha, mucha suerte… doy con la excavación de un horno de cerámica, de un muro que debió pertenecer a…, de una excavación apresurada de unos restos encontrados de forma fortuita antes de que desaparezcan bajo las obras de una urbanización, un centro comercial o con el hallazgo de alguna pieza que por supuesto es de manufactura fenicia o griega mostrando que los de aquí teníamos muy poquita capacidad de innovación y mucha para adquirir maravillados todo lo que quisieran importarnos culturas extranjeras que asimilábamos al momento…

En fin, tristes y extraños tiempos éstos que estamos viviendo, donde la historia importa un bledo, el mundo se llena de desinformación, y de visiones cada vez más catastrofistas por el aparente cambio climático –término contradictorio en sí mismo, porque el clima, por definición, es siempre cambiante- y que un poco de conocimiento geológico basta para mostrar que el 80 por ciento de la historia de la Tierra ha tenido varios grados de temperatura media por encima de la actual, como mínimo. Pero eso ya es otro asunto que ahora no viene al caso.

Esperemos que se produzca un milagro y se logre rescatar el fabuloso tesoro de Villena porque, como habrá notado el lector, personalmente soy muy pesimista en este aspecto.

jueves, 7 de marzo de 2024

Tolmo de Minateda, visitando la Troya española

(Para un correcto visionado en el smartphone aconsejo bajar totalmente la página y picar dónde pone "ver versión web")      

       Si hay algo que ha hecho famosa a las ruinas de Turquía que dicen (no sin dudas) corresponder a la Troya homérica es la superposición de ciudades, de distintas edades, permitiendo conocer la sucesión de culturas que se sucedieron y las peculiaridades a nivel doméstico y cotidiano de cada una de ellas.

         Los seguidores de mi web y de mis libros conocerán lo mucho que me enfada el desprecio que las sucesivas administraciones muestran hacia nuestro patrimonio cultural, abandonando a expoliadores y vándalos todo tipo de manifestaciones culturales pasadas de modo que se pierden para siempre auténticos hallazgos arqueológicos, para terminar vendidos en el mercado negro o destrozados como ya mostré en varias ocasiones (aquí).

         Así que mi sorpresa fue grande cuando descubrí un yacimiento que promete dar muchísimas satisfacciones futuras; no es otro que el Tolmo de Minateda, en Albacete, cerca del límite con la región de Murcia.


 

El personal que lo lleva, en el Centro de Interpretación, es un auténtico encanto que nos prepara para descubrir la joya de la corona: un yacimiento que cuenta con una población ininterrumpida desde el Paleolítico Superior o Epipaleolítico, hasta la época de la dominación islámica. Solo entonces se produce una interrupción poblacional, para volver a ser ocupada, ya en las laderas, hacia siglos posteriores.

         Para poder disfrutar sin aglomeraciones del yacimiento, se recomienda llamar y reservar (610 59 26 55), las visitas son gratuitas durante todo este año 2024, pues se celebra el centenario del descubrimiento de las pinturas, por parte de  Juan Jiménez Llamas, ayudante de Henri Breuil. Entonces, ya en el Centro de Interpretación, ponen un breve documental sobre el yacimiento para ayudarnos a distinguir las principales etapas que por el momento han sido excavadas parcialmente, puesto que debido al potencial del yacimiento tan solo se ha sacado a la luz el 9 por ciento de las joyas que nos aguardan.

         Y lo mejor es que por el momento, gran parte de ellas corresponden a la etapa Goda, algo que me agradó sobremanera pues como he dicho en un libro y en numerosas ocasiones, es una etapa que ha sido muy maltratada por nuestros historiadores y arqueólogos, conservándose apenas distintas necrópolis antropomorfas excavadas en la roca, en distintas localidades españolas, restos de eremitorios o basílicas y poco más.

         Pero no adelantemos acontecimientos pues el primer gran tesoro que esconde este “cabezo” (que es lo que significa “tolmo”) es un conjunto de pinturas rupestres, Patrimonio de la Humanidad.


 

Hay escenas de caza, de familia (una mujer con un niño) e incluso dinámicas, con una cabra montesa que tiene dos cabezas, una lateral y otra mirándonos de frente; casi podemos verla pastando cuando de pronto, al oírnos pisar cerca, se pone en guardia y alza su cabeza mirándonos. Se han inventariado más de 400 figuras en los distintos abrigos, atribuyéndoles unas dataciones de entre el 6000 y 1500 a.C.

         No soy arqueóloga pero me atrevería a distinguir dos fases de pinturas, una primera esquemática, con los arqueros trazados como lo haría un niño y otra posterior, con las figuras alargadas al estilo Greco, típicas del arte rupestre levantino (recordando a las mujeres que recogen miel).

         Situándonos hacia tiempos más próximos al cambio de era, el recorrido se inicia bordeando el cabezo (hay bancos y fuentes en el camino), por la parte inferior casi a ras del río –que por cierto da toda la impresión de contener la ciudad romana allí, con torreones defensivos tanto en el Tolmo como en el cerro de enfrente, recordándome muchísimo al yacimiento celtibero-romano de Monreal de Ariza, en Aragón y cerca del límite con la provincia de Soria-, hasta llegar a una pasarela metálica.


 

Si nos fijamos bien, veremos restos de madrigueras de conejos, cerca de los matorrales bajos silvestres que tienen flores blancas simples pero muy bonitas –no arranquéis nada, solo lograréis que se muera, recordad que si se hace una foto durará toda la vida-, también se nota cómo el suelo removido por los conejos es de color gris y en ocasiones presentan bolitas pequeñas, indicativo de un intento fuego en el pasado que alcanzó unas temperaturas tan altas que llegaron a fundir parte del sedimento; posiblemente fue un incendio que asoló esta parte baja del yacimiento en una de las duras etapas de conquista que se han sucedido en nuestra historia. También sorprende la cantidad de trozos de cerámica que hay, evidencia del potencial del yacimiento y todo lo que queda por conocer de él.


 

  Llegados a la pasarela metálica, si nos fijamos en el suelo veremos la cantidad de rodadas dejadas por los cientos o miles de carros que por allí transitaron. Recuerdo que mi acompañante comentó lo mucho que tuvo que estar transitado el lugar para quedar tan marcado. Sí y no, pues como geóloga que soy ciento recordar que estamos ante roca caliza, que es muy alterable ante las inclemencias del tiempo y en la zona en la que se encuentra el yacimiento, con fuertes lluvias, hielo y barro, es fácilmente erosionable en estas circunstancias. De hecho, recuerdo cómo un compañero de despacho en Bristol (U.K.), mientras hacia mi tesis, realizó un trabajo sobre las marcas de carros de Malta que se tienen por milenarias y por las rodadas más viejas del continente europeo; Alistair sin embargo mostró cómo ensayos en laboratorio evidenciaron que bastaron 200 años para crearlas (y aunque publicó sus conclusiones en una prestigiosa revista científica, los malteses siguen sin cambiar su “cuento”).

         Afortunadamente no es el caso de este yacimiento, pues por su emplazamiento y profundidad me atrevería a decir que corresponden a la etapa romana o tardorromana.

         También las rocas hablar y por su meteorización observo que en el pasado el clima fue más continental y húmedo, con largas etapas de frío (nevadas y/o hielo) y lluvias más o menos abundantes, posiblemente consecuencia de amplios bosques hoy perdidos como resultado de la “domesticación” del paisaje y de la falta de repoblaciones forestales por parte de las distintas administraciones.

         Es interesante observar en un tramo con fuerte pendiente la existencia de unas marcas horizontales paralelas, es una evidencia de la “ingeniería de carreteras” que existía en el Imperio Romano, realizando esto para evitar las placas de hielo que pudieran ocasionar la pérdida de control de carros descendiendo o ascendiendo, más aún cuando uno de los laterales se asoma al barranco. Es similar a “los arañazos” que hoy se hacen en carreteras españolas que combinan un clima frío y una pendiente considerable.


 

    También llama la atención ciertas marcas semicirculares en  el lateral externo del camino, asomado al barranco y que me hace pensar en la existencia de maderos clavados con algún tipo de protección horizontal a modo de quitamiedos. Y es que ¡no hay nada nuevo inventado!.

         Conforme ascendemos, fijémonos en piedras labradas casi por cualquier lado, encontrándonos de pronto con la zona de las murallas prerromanas, posteriormente reconstruidas a gran escala por los romanos, con inscripción alusiva al emperador Octavio Augusto, si mal no recuerdo de lo dicho en el documental.


 

     Desde aquí puede observarse mejor el conjunto del yacimiento y basándome en otros muchos vistos en Italia, Grecia, Francia y España, me atrevería a señalar que aquí se sigue la disposición tradicional de las grandes ciudades romanas, con la aristocracia y foro en la parte superior del Tolmo, refugiada tras fuertes murallas defensivas (prerromanas y restauradas en la etapa romana, goda e islámica), mientras el pueblo llano se instalaba en la zona baja de la ciudad para correr a buscar refugio tras las murallas, en ataques puntuales.


 

   Y llegamos a la inmensa puerta de acceso de la ciudad. Debemos imaginarnos un descomunal muro realizado en tiempos romanos, con grandes piedras bien ensambladas y una gigantesca inscripción superior en honor al emperador Octavio Augusto. Por entonces la ciudad se conocía como Ilunum. Este muro, sustituyendo a las defensas iberas fueron tan recias, que posteriormente en época goda se optaría por construir la muralla defensiva cerca de medio metros más atrás, reutilizando los grandes bloques romanos desprendidos (y es que esta zona era propensa a los sismos que ocasionaron el desmorone de estas murallas, según contó el documental).

         El emplazamiento del yacimiento era sumamente estratégico puesto que se podría decir que constituía la puerta de entrada hacia la costa, desde la Meseta manchega.

         Dejado atrás el conjunto defensivo de los torreones defensivos a ambos lados de la puerta, iniciamos el ascenso contemplando allá donde miremos piedras labradas haciendo codos o marcas de anclaje de grandes vigas de madera que sin duda formaban los techos de las casas. No puedo evitar pensar las joyas patrimoniales e informativas que yacen bajo nuestros pies, aguardando pacientemente su estudio arqueológico (lento, pues en 30 años de investigaciones en el yacimiento tan sólo se ha desenterrado un 9 % de éste pero…. La paciencia es una virtud….).


 

  Y por fin, coronando el cabezo o tolmo de unas 10 hectáreas de extensión, llegamos a la zona aristocrática del complejo, una sede episcopal visigoda. Tomo uno de los paneles explicativos del yacimiento, para hacernos una idea de lo que estamos observando in situ:


 

    El lugar es una gozada y está muy bien explicado en diversos paneles que se ubican en los puntos correspondientes. Todo en su conjunto permite hacerse una idea de lo majestuoso que debió verse este lugar, por entonces de acceso restringido como pueda hoy ser los interiores del complejo del Vaticano.

         Ya dentro de la basílica de Eio (como se llamaba el lugar en tiempos visigodos), confieso que me enamoró el cuidado puesto en el cauce-desagüe del agua de las pilas bautismales (pues por entonces el bautismo se efectuaba por inmersión, sumergiéndose el neófito en una bañera de tamaño diverso), efectuando una curva alrededor del muro interior del edificio (lo he resaltado con flechas) y cómo no, esa magnífica losa con la cruz paté grabada. La estructura de este edificio religioso me recordó mucho a otras vistas de influencia bizantina (ver mi libro La Herencia Goda Ignorada), de modo que documentándome sobre esta basílica dí con un debate que parece existir entre historiadores y académicos partidarios de considerar que aquí estuvo la sede episcopal goda correspondiente a la parte bizantina del sudeste peninsular, que hasta aquí llegaba, desde Murcia y parte de Andalucía oriental). A partir de aquí comenzaba la zona de influencia visigoda propiamente dicha, cuya sede episcopal parece haberse situado en el yacimiento de Oreto y Zuqueca, en la actual Granátula de Calatrava. Pero como digo, el debate al respecto sigue abierto. Este lugar se ubicaba igualmente en un importante nudo de caminos, cerca del puente romano de Baebius y de las ruinas de la ciudad celtíbera de Oretum. Para mí tenía además el interés adicional de un antiguo volcán cercano (la Geología “tira”, qué le vamos a hacer…).

         Por cierto que en este yacimiento de Granátula se ha encontrado un elemento único en Europa, por el momento (quizás Minateda nos sorprenda), una lápida bellamente decorada a modo de mosaico romano, pero con decoración plenamente visigoda; se muestra a continuación.


 

    Regresando al Tolmo de Minateda, poco antes de llegar a esta parte visigoda y también alrededor de la basílica se encuentran restos islámicos, pues se asentaron sobre la ciudad de Eio, reaprovechando parte de sus estructuras.


 

   Por el momento no se han encontrado restos de grandes edificios pero es de suponer que como en otros yacimientos contemporáneos, como el citado de Granátula, por ejemplo, habrá baños públicos, alguna mezquita e incluso algún palacio.

         El tiempo apremia y Gemma Ortega, arqueóloga del yacimiento, quién nos recibió y nos asesoró de manera inmejorable para la visita del lugar, aguarda junto con dos compañeras para cerrar. Bajamos raudos –haciendo las últimas fotografías rápidas de estructuras que afloran- y prometiendo regresar para visitar el castellum o estructura defensiva superior y la necrópolis norte (pues en el camino de regreso nos topamos con las típicas tumbas antropomorfas labradas en la roca que tanto abundan en mi Soria querida y en la cercana Burgos), cerca de la zona absidial de la basílica visigoda.


 

   Maravillados por lo visto… y por lo que queda por descubrir, proseguimos viaje hacia otro lugar que debía estar fuertemente protegido (al no ser el caso, ya he procedido a comunicarlo a la Lista Roja del Patrimonio Español). Por ello evitaré dar datos exactos del lugar, aunque sí diré que se trata de un conjunto eremítico visigodo.


 

    Según los datos que he obtenido, se considera que el de mayor tamaño corresponde a una ermita mozárabe realizada entre los siglos VI al IX, mientras que el menos profundo sería un eremitorio más. Personalmente discrepo tanto en esta interpretación como en la dada en una publicación científica considerándolos sepulcros prerromanos de influencia etrusca (como el hipogeo de la Toya, en Jaén, dicho sea de paso). La manía de nuestros arqueólogos e historiadores en atribuir todo lo realizado en suelo español a influencias extranjeras me saca de mis casillas.          

   Observando el lugar, comparto la idea de encontrarnos en una zona sacra, tal vez de carácter funerario, pero para nada considero que sea de manufactura mozárabe, estando totalmente ausentes los característicos arcos de herradura.


 

    Personalmente creo encontrarme en un recinto empleado para honrar a los muertos, funerario, observando muchas semejanzas con la bellísima e interesante necrópolis tartésico-turdetana-romana de Carmo (la actual Carmona, en Sevilla). De hecho, el “eremitorio” de menor tamaño me encaja bastante bien con los bancos laterales que se empleaban para depositar los cadáveres completos y adornados (como también harían posteriormente los primeros cristianos en sus catacumbas), sin necesidad de recurrir a influencias etruscas externas. Es más, fueron varios los cronistas latinos que comentaban que el mundo tartesio (y su influjo) se extendió por toda Andalucía, llegando hasta la desembocadura del río Segura, en la actual Guardamar del Segura (Alicante).


 

   En lo que respecta al de menor tamaño, posee marcas de haberse cerrado con anclajes en al menos tres sitios distintos (resaltados por flechas) y en su espacio, sumamente pequeño, destacan tres bancos adosados a las paredes, donde debieron ubicarse los cuerpos de los fallecidos. Aún hay un tercer “eremitorio” y varias marcas tanto en suelos, como en rocas (petroglifos) y rocas labradas por doquier.

         Es sin embargo el recinto más profundo y espacioso el que más atención requiere pues se pueden observar detalles de cómo fue excavado, de distintas hornacinas e incluso de una cavidad a la altura del altar, junto a dos posibles bancos sepulcrales adosados a la pared, usado para dar salida a los humos de las ofrendas e incluso para realizar la práctica ya observada en la necrópolis de Carmo, donde se dejaba una cavidad para verter por ella leche o vino, para compartir con el difunto (esta práctica también se ha encontrado en algunas necrópolis celtíberas).


 

   Pondré únicamente a título comparativo un par de fotografías que realicé en mi visita a la impresionante necrópolis de Carmona, mostrando un detalle de una de los numerosos monumentos sepulcrales que allí pueden verse (y del que ya hablé en su día, aquí).


 

    En poco tiempo se levantó un frío viento y el cielo se nubló amenazadoramente, así que optamos por ir a comer. Al cabo de un tiempo terminamos entrando en el agradable restaurante Jesús, de Tobarra, donde el trato, el ambiente y el menú fueron muy recomendables.

         Finalmente terminamos visitando las ruinas de un antiguo balneario cuyo nombre me hizo sospechar la existencia de aguas mineromedicinales, tal vez ferruginosas…. Pero nada más lejos de lo encontrado.


 

   Lo cierto es que había poco que ver, salvo un impresionante eucalipto de tronco enorme y que por el ruido que hacía al arañar la parte alta del edificio movido por el viento de tormenta, recordaba mucho al árbol de la película Poltergeist. Como no había ni rastro de aguas termales, ni ferruginosas o sulfurosas, decidimos dar por concluida la bonita salida de este día.


 

sábado, 16 de septiembre de 2023

Viaje a la España del Medievo

  Tras regresar de mi escapada vacacional de apenas unos días (breve, pero intensa) a tierras de Ávila y Salamanca, me gustaría compartir con los lectores visitas que disfruté y aquí dejo anotadas, por si alguien desea ir a verlas.

   Mi pasión por la Geología, unida a mi no menor entusiasmo por el Temple y el hermetismo medieval peninsular, me llevaron a decantarme por invertir mis cuatro días de relax en las tierras de Ávila, dado que la gran cantidad de roca granítica que allí se localiza y  las propiedades telúricas de sus componentes, en especial del cuarzo, me hicieron suponer que sería un territorio en el que debieron proliferar todo tipo de creencias trascendentales y metafísicas. No en vano allí vivieron sus éxtasis espirituales San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Tampoco me extraña que fuera precisamente en su judería donde naciera la Cábala hebrea de manos de Rabi Shimon Bar Yohay (Iojai o Lojai), autor de El Zohar (el equivalente a “la Biblia” dentro del mundo cabalístico) y cuya casa o parte de ella aún puede visitarse hoy, cerca de la puerta de la muralla romano-medieval de la ciudad que lleva su nombre. Si pican aquí podrán descargarse un interesante folleto turístico sobre la judería de Ávila. 

A la izquierda, detalle de la judería de Ávila con una antigua sinagoga en primer lugar. Derecha, bella imagen de uno de los lienzos de la muralla.

   Aunque Ávila es toda ella una joya, dejo admitir que simbólicamente encontré una gran censura en sus edificios románicos, ejecutada posiblemente por dirigentes de la Inquisición que tuvieron a bien destruir parte del mensaje consignado en los elementos decorativos de los edificios. Pondré como ejemplo la iglesia que se alza fuera de los muros de la ciudad, donde se encontraban parte de los talleres de curtidores judíos junto al río. Se trata de la Iglesia de San Segundo (clara referencia a un miliario romano), junto al río Adaja. Aquí, según las tradiciones, se encontraron los restos del supuesto primer obispo de Ávila, San Segundo. Inicialmente se rindió culto en ella a Santa Lucía (cristianización de los cultos prerromanos al dios Lug) y a San Sebastián. Como es de suponer, durante las diversas remodelaciones aparecieron restos de un santuario anterior, entre ellos un ara de tiempos romanos .

   De la iglesia románica queda muy poco, destrozada conscientemente, como puede verse en la imagen. La fachada principal ha desaparecido.

         Esta mutilación consciente la encontré a lo largo de diversos edificios emblemáticos de la ciudad; las personas que la llevaron a cabo sabían bien lo que hacían, y sin duda leían el mensaje codificado simbólicamente.  

Según un panel breve explicativo en el lugar, la iglesia fue modificada en el siglo XIV, extinta ya la Orden del Temple. Más o menos por las mismas fechas “alguien” hizo inscribir en una de las lápidas de la iglesia principal de la soriana Caracena, en latín, “Perteneció a la secta mala” ¿Censura al Temple, tras su disolución?

     Aún prescindiendo por fuerza de este conocimiento cifrado, el patrimonio de Ávila merece mucho la pena, verlo y protegerlo, pues es una auténtica joya. Y el personal que lo atiende es un encanto, tanto en los edificios como en las tiendas de recuerdos y productos de la tierra.

     Debido a que la Unesco ha hecho bien su trabajo, son muchas las guías y páginas webs que hablan de él, por lo que no me detendré en esto evitando alargar en demasía esta entrada y aburriendo al lector con numerosas fotografías que tomé in situ.

Reconozco que paseando por la ciudad había lugares que me recordaban a mi Soria natal: ese torreón de los Guzmanes, tan parecido al Palacio de los Condes de Gómara soriano; la iglesia de San Pedro, un símil menos historiado del Santo Tomé de mi ciudad; e incluso el mirador de El Mirón, junto a restos de las murallas de Soria se me venía a la cabeza en ciertos rincones avileses; es un lugar precioso en el que perderse.

        En la ruta hacia nuestro siguiente hotel, en La Alberca (Salamanca), decidí prescindir de autovías y marchar por un lugar igualmente milenario pues fue Cañada Real, que conectaba precisamente la ciudad de Soria con Plasencia; y antes que eso, fue sin duda importante vía prerromana usada por los pueblos vacceos en sus rutas ganaderas. Los romanos la empedrarían para ser un ramal importante de sus calzadas romanas, puesto que por ellas se enlazaba el valle del Duero (Soria, el valle del Jalón y del Ebro ya en tierras aragonesas, llegando hasta el mar Mediterráneo por Teruel y Castellón) con la mítica Vía de la Plata, que según las leyendas más ancestrales fue ruta comercial tartesia con ritos al mítico rey ganadero Gerión, muerto por el héroe solar grecolatino Hércules, para llevar el ganado y posiblemente la ganadería de la Península Ibérica a Micenas y Grecia.  Al sur de la mítica ruta estaría su palacio y tierras de pasto de su ganado (Doñana y marismas), y al norte se dice que Hércules enterró la cabeza del gigante Gerión, el monarca tartesio, alzando sobre ella el emblemático faro coruñés, la Torre de Hércules (romano), el más antiguo faro en funcionamiento del planeta. Se trata de la carretera nacional 110 (N-110), jalonada por restos vacceos, romanos, románicos y posteriores, evidenciando el interés que tuvo el control de esta vía natural.

   En la provincia de Ávila hay localidades de toponimia sumamente curiosa, como por ejemplo el “Castillo de Aunqueospese” o la aldea de “La Hija de Dios”. Precisamente en esta última se encuentra una curiosa necrópolis excavada en la roca muy similar a las numerosas godas que se localizan en la sierra  entre las provincias de Soria y Burgos.


   Dando un paseo por los alrededores, creo que estos parajes esconden muchos secretos que las administraciones no se han preocupado de buscar y preservar, pues no me extrañaría estar contemplando alguna estructura megalítica (III milenio a.C., o anterior), o que se encontraran petroglifos y aras en ciertas superficies rocosas; recordemos que los primeros geógrafos latinos que escribieron sobre los pueblos de la Celtiberia mencionaron que adoraban a sus múltiples dioses de la naturaleza en zonas sacras al aire libre, tales como roquedales o bosques sagrados.

      En cambio, me sorprendió toparme con un artilugio tan simple como práctico, empleado en la Edad Media y que por su simplicidad bien pudiera proceder de mucho antes. Se trata del llamado “Potro de herrar” que  consiste en cuatro postes entre los que se ubicaba el caballo, se le ataba y se le clavaban las herraduras en los cascos, sin riesgos de que diera una coz o saliera huyendo. Sí, ya sé que hasta el momento no hay evidencias de que los celtiberos “calzaran” a sus caballos con herradura, pero hay que reconocer que es un invento bien simple, utilizable para recortar cuernos, crines, curar heridas, etc.

        Como digo, en torno a la antigua vía prerromana y posteriormente Cañada Real Soria-Plasencia hay un sinfín de restos de culturas de diversas edades que evidencian la importancia de este camino de comunicaciones. En el mapa que muestro a continuación he destacado algunos de dichos restos, que van desde grabados calcolíticos en la roca (si pican aquí pueden ver una publicación científica sobre ellos), castros vetones, ruinas romanas de fortines, ermitas con leyendas iniciáticas asociadas a vírgenes negras y al Temple aparecidas en ríos o arbustos de espinos (por ejemplo, en Muñana está Ntra Sra de la Zarza y no lejos de la localidad, la ermita de Ntra Sra de las Fuentes, ambas con curiosa historia con patrones similares al de otras ermitas con tallas negras, como detallo en mi libro “El fenómeno de las Vírgenes Negras”), verracos que marcan esta cañada ganadera (curiosamente, mientras que algunas de estas tallas parecen ser toros jóvenes, al presentar huecos en los que posiblemente se añadieron astas de toro auténticas, otros carecen de ellos, lo que hace pensar a ciertos investigadores que se trataría de jabalíes o cerdos domésticos), altares excavados en la roca granítica entre dehesas y carvallos, piedras enormes que parecen un rostro masculino gigantesco, puentes medievales ojivales, etc.


    Muchos de estos edificios han sido pertinazmente censurados y modificados por una mano que sabía lo que hacía, si bien han quedado elementos aislados que relatan la presencia en la construcción de estos templos de maestros iniciados. Es el caso de las esferas labradas profusamente a modo de decoración en muchos de estos edificios, aún siendo de edad posterior al románico; quiero pensar que el censurador o algún trabajador a su mando, también iniciado en las creencias paganas que querían erradicar, dejó estos elementos a modo de aviso a navegantes, señalando que se está ante un lugar ancestralmente sacro, posiblemente dotado de energías telúricas beneficiosas para la salud y para el misticismo.

    Debo admitir que me ha sorprendido el contraste existente entre la riqueza patrimonial de la provincia y lo descuidada que se encuentra, pues con frecuencia los yacimientos no están excavados y adecentados para su correcta visita, siendo accesibles a todo el mundo sin protección alguna ante posibles vándalos, o  peor aún, saqueadores/expoliadores que van siendo cada vez más abundantes ante la impunidad de sus actos por parte de las autoridades que terminan siendo cómplices al desatender sus obligaciones de proteger y preservar el patrimonio avilés y español.


     En otras ocasiones, como en el caso de los altares rupestres cercanos a Bonilla de la Sierra, con el cartel relativo a los dos altares más llamativos (dotados de escaleras) en el acceso a una dehesa con vacas y toros donde no se encuentra ninguno de los dos altares, a juzgar por el impreciso mapa que figura en el cartel, en vista aérea de una amplia zona de monte. Yo entré a la dehesa, aprovechando la ausencia de animales (aunque había excrementos recientes) y lo cierto es que casi cualquier piedra del paraje podría haber sido usada como altar, atendiendo a su estructura y las grietas dejadas por el agua u otro líquido derramado sobre la roca con asiduidad, que en ocasiones, tal vez por pareidolia, formaban figuras esquemáticas de cuadrúpedos.

En los campos de Ávila,  en este caso en los alrededores de Bonilla de la Sierra, la mente juega malas pasadas.

   Finalmente “desembocamos” cerca de Baños de Montemayor, célebre por su balneario de aguas hidrotermales, aprovechadas sus virtudes ya por los romanos. Precisamente no lejos de la localidad nos topamos con un tramo de la calzada romana, empleada ahora por los peregrinos que van a Santiago de Compostela por la Vía de la Plata.

   Desde aquí, por carreteras tan llenas de curvas como de belleza natural (bosques, quebradas, ríos, …) llegamos a La Alberca, cerca del famoso Santuario de la Peña de Francia (con virgen negra y leyenda iniciática), de los conjuntos dolménicos que recorren la zona “fronteriza” con Portugal y pinturas rupestres en distintas localidades de Las Batuecas.

   Una vez aquí la oferta es amplia entre senderos por bellos bosques, visitas a pueblos pintorescos, aldeas curiosas, ermitas cargadas de encanto y de tradiciones, que aún poco contaminados por el turismo, guardan ese saber y creencias populares perdidos ya en muchos otros lugares de la geografía española, por la masificación, redes sociales, etc.

No podía faltar la visita de rigor al santuario de la virgen negra por excelencia en esta zona, el de la Peña de Francia (por cierto que me dejó pasmada el descaro con el que la gente se llevaba calendarios de pared, donde ponía un cartel bien grande con su precio a 2,50 euros, sin pagar un céntimo; robando en plena iglesia, y no fueron una ni dos personas...), aunque la temperatura no acompañara ¡Qué gran invento el aire acondicionado del coche!.

   Debido a que pillamos una ola de calor que nos tuvo todo el tiempo entre los 32 y los 41 grados, tras una jornada de visitas terminábamos siempre regresando a La Alberca para degustar productos locales de calidad (Güijuelo no anda muy lejos) y refrescarnos más tarde en nuestro precioso hotel, atendido por un personal amable y encantador.

  Y una de esas tardes que estaba molida por el calor (padezco intolerancia solar así que tienden a darme golpes de calor, mareos, fuertes migrañas… un encanto ¡odio el verano!) decidimos quedarnos en La Alberca y salir a pasear por ella. Y lo que encontré me dejó asombrada.

  El pueblo tiene el encanto de los aldeas castellanoleonesas (Calatañazor, en Soria, por ejemplo, se asemeja por su construcción peculiar) y además ha terminado siendo una especie de capital de los alrededores, de modo que productos locales que hemos ido viendo en ellos, aquí es posible encontrarlos. Hay para todos los gustos: joyería charra (la dueña me comentó que llaman “charros” a los salmantinos de la capital, a modo de “llanitos”, mientras que a ellos les dicen “serranos”, por las montañas y bosques entre los que viven), cervezas artesanas con miel o con fresa auténtica, el Pichin Real del tío Picho (especie de Bayleys con jalea real) del que compré su variedad con cereza, caramelos de miel rellenos de miel o cereza, miel de varios tipos (brezo, encina, montaña, …), manteles de ganchillo, llaveros y tazas con templarios, estatuillas de la Virgen de la Peña de Francia, navajas de campo, y un amplio etcétera.

   Pero no pude dejar de reparar en los dinteles de las puertas con fechas del siglo XVIII, todos ellos con anagramas de la Virgen María … y eso no me olió muy bien.

Anagramas alusivos a la Virgen María o a Jesucristo y figuras cerradas de un solo trazo era costumbre añadirlas en la Edad Media en lugares de entrada de demonios (dinteles de las puertas, marcos de ventanas, chimeneas, etc. Era una práctica muy extendida en toda Europa: dos siglos antes, alguien las trazó en la casa que hoy se tiene por la que habitó William Shakespeare, en Inglaterra, con afán de protegerla. ¿Por qué aquí se encuentran exclusivamente en casas de la segunda mitad del siglo XVIII?

  Era como si tuvieran que demostrar que eran más cristianos que nadie … o hubiera mucho temor a brujas, desgracias asociadas a males de ojo y demás. Lo malo es que todo ello me hacía pensar en que hubo muchísima represión católica… y eso llevaba a la presencia de… la Inquisición.

   Et voilà, ahí estaba. Una cruz similar a la que se encuentra junto al antiguo ayuntamiento de Sevilla, obra de Riego de Riaño, cuyo simbolismo analicé en mi libro “Diego de Riaño, el hijo de la viuda”, y que correspondía al lugar ocupado en su día por el Tribunal de la Santa Inquisición, donde se realizaban las ejecuciones públicas. Así que eso me llevó a pensar que en este lugar debió existir una importante comunidad de judíos y moriscos conversos, que estuvieron en todo momento bajo el estrecho escrutinio de los dominicos y de la Inquisición. Tuvo que haber aquí mucho “marrano”, como se les denominada despectivamente, aunque hoy (valga el humor negro, aunque nunca hasta ahora había sentido tantísimo la censura y las imposiciones de lo “políticamente correcto”) sigue habiendo mucho y de muy buena calidad, en tiendas y restaurantes de la zona.


    Pero lo mejor estaba aún por llegar. Me fijé en una curiosa piedra tallada al pie junto a la puerta en una de las casas, que daba al lateral de la iglesia: tenía una esfera de piedra. Esto, unido al hecho de ver casas construidas integrando grandes rocas que afloraban en el lugar, en vez de quitarlas y labrar sus trozos para crear bloques de piedra para los muros me hizo sospechar que aquí pervivieron creencias matriarcales milenarias, donde las rocas in situ tenían un valor casi sacro y de ahí que fueran intocables. Esas piedras sagradas generalmente son de granito y, debido al tipo de erosión que experimenta este tipo de material, generaban bolos más o menos esféricos que fueron adorados durante mucho tiempo, hasta que la Iglesia, incapaz de erradicar cultos tan enraizados en el pueblo, terminó por instalar sobre esas esferas rocosas una talla de la Virgen o de algún santo, confiando que con el tiempo la devoción popular pasaría de la roca al santo, para finalmente prescindir de “la basa” (si hacen clic aquí muestro un caso gráfico de lo descrito, mencionado en otra de las entradas de mi blog o web). Para agilizar ese tránsito se organizaron romerías y festejos en los que los feligreses sacaban el santo a pasear para que otorgara favores, conscientes de que tales esferas de roca eran lo suficientemente pesadas o voluminosas como para no sacarlas en procesión. 

    Este tipo de proceso ritual lo encontramos por ejemplo en la Virgen del Pilar, talla negra propia de cultos matriarcales cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, cuya leyenda afirma que se apareció sobre un pilar, seguramente un betilo o piedra sacra igualmente milenaria, que el pueblo adoraba; algún “entendido” decidió emplear una pequeña talla que también era muy querida por la comunidad y que podía asociarse a los cultos católicos a la Virgen, para reafirmar en principio el poder sacro de aquella roca, y posteriormente terminar siendo receptora de ese culto supuestamente la Madre de Dios. Sin embargo, el paganismo sigue fluyendo pese a todo, pues hay colas de visitantes que aguardan pacientemente su turno para besar la columna sobre la que supuestamente se apareció la Virgen, al apóstol Santiago además; me atrevería a pensar que más bien fue algún tipo de menhir, ya hace mucho eliminado. Y los estudiantes siguen comprando pulseras de la “Pilarica” que son en verdad meras cintas de tela roja, para que les de suerte en los estudios, el amor…  Sin saberlo, perpetúan las tradiciones matriarcales del Rey Sagrado (aquí expliqué en qué consistía) donde la ansiada sangre de éste traería prosperidad a la comunidad y fertilidad… es decir, suerte en los negocios –cosechas y ganado, en tiempos neolíticos- y en el amor.

    A lo largo del camino que hemos llevado desde Ávila hasta aquí no hemos dejado de encontrarnos con la pervivencia de estas creencias, por ejemplo en Nuestra Señora de los Riscos, en el santuario homónimo hoy en ruinas. Me inspiré en él para desarrollar una de las historias cortas de la serie “Historias fantásticas” que suelo improvisar y que el escritor y coautor Juan Sánchez Ballesteros desarrolla con cuidado dotando a cada personaje de contexto y personalidad, además de añadir una de sus poesías que tanta aceptación tienen;  historia que se incluirá en el tomo XXIII de Historias Fantásticas. Pervivencia que igualmente encuentro en Nuestra Señora de la Peña de Francia, o en el risco conocido como la Piedra Jorcá, por citar algunos lugares mencionados en la entrada.

   Esas creencias matriarcales se desarrollaron en los albores de la civilización, en el paso de las comunidades nómadas a sedentarias, echando a andar una precaria economía y ganadería. Eran pequeñas comunidades, conformadas por unas pocas familias, en los que los más ancianos conformaban un grupo de sabios que decidía sobre todo lo que incumbía a la comunidad o tribu, de modo que los mayores eran reverenciados. En este sentido hay que recordar cómo los primeros historiadores latinos que en el cambio de era hablaron de los pueblos prerromanos peninsulares, mencionaron cómo los pueblos de la Celtiberia –entre ellos los vetones- solían hacer grandes cenas comunales en las noches de plenilunio (luna llena), en honor a la deidad lunar Noctiluca, durante las que danzaban, recitaban poemas y rendían culto a sus muertos, dejándoles un lugar en la mesa, como aún hoy suele hacerse en ciertas zonas de Galicia. Esto era así porque esos muertos se consideraban sabios, de modo que su visita a nuestro mundo solo podía pensarse que era para aconsejar cómo corregir un error o prevenir a la comunidad de un mal que estaba por cernirse sobre ella.

   Recuerdo al hilo de esto, cierto apunte que aportó el recientemente fallecido escritor Fernando Sánchez Dragó, en su “Gárgoris y Habidis. Una historia mágica de España” : «En el hospital de romeros anejo a la iglesia salmantina de San Julián hubo una inscripción redactada en estos términos: quienes dan consejos ciertos/ a los vivos son los muertos.» Sobra decir que ya fue retirada, posiblemente por la misma censura católica que estoy notando que actuó con fuerza en estas tierras. De hecho, el mismo autor citado refiere la leyenda de San Julián, que es muy similar al Edipo griego, con la salvedad de que aquí su destino era matar a sus dos padres. Tras hacerlo por descuido y llevado por la ira, como también ocurrirá con otro héroe solar, el grecorromano Hércules, que a modo de expiración de haber matado a su esposa e hijos realizará las 12 pruebas y obtendrá la inmortalidad, irá a Roma a tratar de encontrar paz a sus remordimientos; obteniendo del Papa el encargo de dedicarse en cuerpo y alma a atender a peregrinos del camino de Santiago, haciendo además de barquero que los cruce entre orillas, acertándose a ver en ello un doble lenguaje, tal vez a modo de barquero del Hades grecorromano Carón (y ya tenemos de nuevo el reino de los muertos). De nuevo debo ceder la palabra a Fernando Sánchez Dragó cuando informa que «(…) por tierras de Salamanca y Zamora, (…) cuatro pueblos crecían a la derecha del Esla y uno a su izquierda. En éste, que respondía al ilustre nombre de San Pedro de la Nave, se encontraba el único cementerio de la comarca. Y así, los muertos de la rive droite tenían que ser transportados en barca hasta los nichos y huesas de la rive gauche. (…) los difuntos salvando un paréntesis de agua para llegar a una orilla numinosa.» (las cursivas son del autor)

  Pues bien, para mi sorpresa, en el lateral de la iglesia de La Alberca que daba a la casa con la esfera de piedra tallada encontré algo que nunca habría esperado ver allí: ¡calaveras humanas!

Y un cartel que decía:


  ¿Reminiscencia de las mismas creencias paganas que tiempo después de un catolicismo rígido y perseguidor, terminó distorsionando para dar lugar a creencias como La Santa Compaña gallega y sus versiones, prácticamente en todas las comunidades autónomas españolas, donde las ánimas de nuestros fallecidos debían ser evitadas y temidas, so pena de que nos arrastraran con ellos a “su mundo”? No me extraña que la Santa Inquisición se plantara en esta localidad con creencias paganas prerromanas tan fuertemente arraigadas.

    Así las cosas, decidí entrar a la iglesia (adornada con esferas de piedra y pirámides o triángulos de roca) “a ver qué me encontraba”…. Y no me decepcionó.


    En estos lugares me gusta acercarme a gentes del lugar y preguntarles por las imágenes, tradiciones de la zona, pues suelen ser una fuente de sorpresas; y así hice con la señora mayor que se encontraba sentada en un banco en la iglesia y que aparece en la imagen anterior. Por ella, y por otra mujer que luego se nos unió a tan interesante charla en voz baja, pude saber que en esta iglesia se encuentra una talla que ha sido fruto de gran controversia, pues me dijeron que una de las veces que se acercó una peregrina de Santiago a contemplar al Cristo, observó que le goteaba un líquido rojo por la frente, donde estaba la corona de espinas, y había unas gotas de color rojo en el suelo. Lo comentó al cura que estaba en ese momento por allí y tomaron muestras que se mandaron analizar resultando que se trataba de sangre humana. Y el revuelo estaba servido, entre los partidarios de un milagro y los que tildaban el hecho de montaje. Gracias de corazón a ambas por tan interesante información.

     Desde entonces se conoce a esta talla como “El Cristo del Sudor” (madera policromada de roble, que data del siglo XVI, según un cartel alusivo a su restauración) (imagen derecha).

    Otra talla que me sorprendió fue la que parece ser una Virgen del Carmen (imagen izquierda), de piel morena (casi como las vírgenes negras) que no sé si se hizo intencionadamente por querer decir sin hacerlo expresamente, dada la censura, o simplemente se debe al oscurecimiento del barniz con el suceder del tiempo, humedades y velas. Igualmente me llamó la atención que le pusieran tres velas, el número de la Madre Tierra en sus ancestrales creencias (como bien recogió Rubens en sus Tres Marías, si bien erró en el concepto: debe ser una mujer preadolescente, una mujer madura y una anciana).

     Otra vez la alusión a las almas del Purgatorio y a su posible salvación o condena, con San Miguel de mediador.

    Los manteles de ganchillo me resultaron impresionantes.


   El suelo de la iglesia estaba conformado por numerosas lápidas, en su mayoría del siglo XVIII, contemporáneas por tanto a los dinteles de las casas con avemarías, muchas de ellas con escudos relativos a la condición de cargos de la iglesia de los fallecidos. En el púlpito, de nuevo aparecían calaveras y ángeles recordándonos lo fugaz que es la vida (y de nuevo, manteniendo en el presente el recuerdo a los muertos).

   Y así, en este recorrido, llegué sin figurármelo a la joya de la corona:


     Allí, entre varias tallas de “Cristo crucificado”, diversas santas, representaciones de los Evangelistas, de San Pedro con las llaves del Paraíso, San Sebastián, y otros santos presentes en la iglesia encontré tres preciosas  tallas románicas, dos de ellas a la más pura tradición de las vírgenes negras (ver mi obra “El fenómeno de las Vírgenes Negras”).

   Como en otros casos, estas tallas ya habían pasado por un proceso de censura blanqueándolas en la medida de lo posible –nótese que la misma censura despojó a las mujeres de ofrecer al feligrés el fruto del conocimiento iniciático matriarcal, en forma de fruto, espera, flor o seta típico de estas representaciones– y sin embargo no pudieron despojarlas de su contenido más esotérico al mostrarnos a Santa Ana, que tiene en sus rodillas sentada a la Virgen María, que a su vez tiene al Niño… o dicho de otro modo, a la Madre de la Virgen (madre de todos nosotros), la Madre de las Madres, … la Divina Madre o Madre Tierra, en definitiva la fertilidad en su más amplio concepto.

   No son figuraciones mías. Repárese sino, en el detalle de los adornos pues pese a que en principio cabría suponer que la figura más destacada del conjunto sería la Virgen María, como madre de Dios, sin embargo es la única que carece de corona que sí la presenta en cambio Santa Ana. Así, solo cabe suponer que la talla pretende rendir homenaje a la madre de las madres, no a la Virgen María cristiana y católica (este detalle se les escapó a los censuradores, ¿eh?).

    Y junto a estas dos tallas, por si no fueran suficiente, encontré una que también figura en mi libro mencionado del “Fenómeno de las Vírgenes Negras”, en mi listado ilustrado de tales tallas españolas, pero que sin embargo creía tristemente perdida.

   Llena de dudas al respecto, pregunté a las dos mujeres mencionadas. Efectivamente, se trataba de la talla de la Virgen de Majada Vieja, una población cercana de la que fue sustraída. Pero el párroco de La Alberca se negó a darla por perdida, según me contaron, y gracias a su insistencia, finalmente las autoridades la trajeron de Francia, donde se encontraba (vendida en el mercado negro). Desde entonces se custodia aquí, aunque durante las fiestas patronales de la localidad de origen se suele llevar en procesión y dejar en la iglesia de allí una noche, con fuertes medidas de seguridad.

   Tanto esta talla como la de Santa Ana me dijeron que están talladas en una sola pieza de madera y que son tan antiguas como bonitas, apreciación en la que coincido.