miércoles, 14 de mayo de 2014

Medinaceli, la ciudad del cielo

      “La ciudad del cielo”, como llamaron los árabes a la población, la antigua Occilis celtibera y romana (Okelis, en celtibero, significaba "colina"), domina, majestuosa, el valle del Jalón. Cerca de este castro están los restos de Torralba y Ambrona, con presencia indirecta de humanos datada en más de 1,5 millones de años antes de nuestra era.
     Los romanos dejaron huellas de su presencia en estos cerros, mediante buenos mosaicos y un fabuloso arco de tres ojos único en la Península Ibérica, cuya finalidad aún no está totalmente establecida por los estudiosos, si bien se cree que se hizo para delimitar los límites de la provincia Tarraconense (Tarraconensis) de la Cartaginense (Carthaginensis).

            Por su parte, los árabes contribuyeron a su monumentalidad realizando uno de los castillos más imponentes en su día, dado que durante muchos años se encontraba en esta localidad la frontera entre los cristianos y Al-Andalus. Aquí, según las crónicas, fue enterrado el gran Almanzor, califa regente y posiblemente uno de los personajes más ambiciosos del imperio árabe occidental. Este castillo fue reconstruido por los judíos de la ciudad, una vez que pasó al dominio cristiano.
             Precisamente, un judío nacido en esta urbe en 1248, se convertirá en uno de los cuatro cabalistas más importantes del medievo español.
            Bajo el ya perdido Beaterio de San Román salieron a la luz, en 1980, restos de construcciones religiosas medievales del s.XIII y anteriores, como los restos de una antigua sinagoga judía. En el camino de entrada de la fortaleza existe una enigmática ermita de la Soledad (Humilladero), que considero de origen muy antiguo, a pesar de ser  construida oficialmente en 1569. Posiblemente cumplió originalmente las veces de una de esas columnas coronada por una estatua de un toro, caballo o carnero, que delimitaba el territorio y, a la vez, dominando un cruce de caminos, espantaba las malas energías o espíritus que pudieran quedar “atados” a ese lugar.
  Una tradición, también prerromana,  sigue en plena vigencia aún hoy día entre los ocelitanos (o naturales de Medinaceli). Es la celebración que tiene lugar el primer sábado tras el 12 de noviembre entre las 23:30h y 00:00h de la noche, la fiesta del toro júbilo o el toro de fuego. Consiste en un toro al que se le atan dos teas, una en cada cuerno, y se le suelta por el centro de la ciudad. Al animal ni se le mata ni se le hiere, únicamente se baila y corre al toro. mientras se hacen cinco hogueras (una por cada Cuerpo Santo custodiado en la capilla del convento). Sin embargo, son numerosos los ecologistas que han protestado, tanto por el miedo que experimenta el animal, como por el sufrimiento, al tener terminaciones nerviosas en sus astas, en las que arde el fuego, o por posibles gotas de combustible que puedan llegarle a los ojos. Frente a esto, se alzan las voces de veterinarios que aseguran tomar medidas para que el animal no sufra nada de lo señalado.
      La semana siguiente al toro de fuego se celebra una gran caldereta en la que participa toda la población y visitantes.
    Sobra decir que en esta tradición tenemos el toro (sustituto del Rey Sagrado de los ritos matriarcales, cuya sangre regaría –fertilizando- los campos de cultivo y cuya carne –del toro- alimentaría a la población). El fuego limpia y regenera a las 12 de la noche, hora mágica por antonomasia. Además, hay danzantes del toro, hecho que tal vez se enraiza en tradiciones tan milenarias como las bailarinas de toros que figuran en palacios cretenses.



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