domingo, 4 de diciembre de 2016

El misterio del oricalco


… ¿tartesio?. Antes de nada, pongámonos en situación ¿Qué era el “oricalco”?. Por las referencias más antiguas que nos han llegado, parece ser que era una aleación metálica de cualidades maravillosas pues no sólo no se oxidaba sino que era increíblemente maleable, de manera que era un “metal” muy ansiado en la antigüedad. Lamentablemente, su composición y “receta” de elaboración se perdió en la noche de los tiempos.
        Hubo que esperar bastantes siglos hasta que se desempolvaran antiguos escritos que hablaban de las bondades de esta aleación y entonces, ¡oh maravilla!, gozó de un gran atractivo, al descubrirse otra faceta de este curioso oricalco. Los escritores griegos de la Grecia clásica lo asociaban a una cultura que es la que posiblemente más ríos de tinta y fantasía haya generado: la Atlántida, el mítico imperio-isla-estado sobradamente avanzado, culturalmente hablando, situado poco más allá “de las columnas de Hércules” (el Estrecho de Gibraltar) y tan extenso como Asia y África juntas, en palabras del sabio griego Platón.


Diversos autores han tratado de ubicar la Atlántida basándose en los escritos platónicos. A la izquierda, el mapa que Vasilis Pashos realizó basándose en el posiblemente más célebre mapa del asunto, obra del jesuita Athanasius Kircher (1669, derecha), originariamente orientado hacia el sur magnético.

La búsqueda de la Atlántida ha traído de cabeza a miles de personas desde prácticamente la época en que el filósofo Platón se decidiera a escribir sobre ella. Ya desde el siglo XVIII hasta la actualidad se han barajado distintas hipótesis más o menos plausibles:

-          Que la Atlántida estuviera en el Atlántico, junto a la Península Ibérica y que actualmente tan sólo las islas de Madeira, Azores y Canarias sean los restos que quedan de esta mítica megaisla (algo que no respalda la geología, por aquello de las dorsales marinas)

-    Que la Península Ibérica fuera la Atlántida (no encajan las dimensiones, ni tampoco que se sumergiera desapareciendo totalmente bajo las aguas del mar)

-          Que América fuera la Atlántida (algo que no respalda la arqueología ni la genética)

-          Que la Atlántida fuera la isla de Tera, en el mar Egeo, cuya explosión volcánica motivó la caída de la civilización cretense (o griega marina) triunfando la micénica (griega continental), algo que no respalda ni la arqueología ni los datos, ya que no encajan las dimensiones, tampoco la isla de Tera desapareció -quedando parte de ella emergida- ni la cultura cretense, que continuó su decadencia en la cercana isla de Creta.

-          Que la Atlántida fuera la Antártida (algo que no respaldan las evidencias, pues no ha desaparecido en un día y una noche, bajo las aguas)

-          Que fuera una invención de Platón para referir el esperado final de culturas arrogantes que van actuando como elefantes en cacharrería, que dice el dicho español.

Pero regresemos a la cuestión que nos atañe, el fabuloso oricalco (“orichalcum”, u “orihalcon”). Ya Platón lo asoció a la Atlántida, pues con él comercializaban debido a que era muy admirado por el resto de naciones, gracias a sus propiedades. En otros escritos llega a decirse que los objetos de oricalco brillaban como el mismo sol, algo que me resulta muy revelador (volveré a aludir a esto más tarde, al aportar mi opinión particular).

Noticia que dio la vuelta al mundo y de la que también se hizo eco la publicación National Geographic (ver aquí). 

Han sido varios los científicos que han tratado de interpretar este material, considerando que su nombre griego alude a él como “el uranio de montaña”, y que posiblemente se trate de un tipo de combinación de plomo, cobre y zinc, aleación conocida por los romanos como “latón dorado”. La idea vendría confirmada por el hallazgo a comienzos de 2015, de un barco del siglo VI a.C. hundido al sur de la isla de Sicilia, portando en sus bodegas unos lingotes de una extraña aleación, que tras ser analizada arrojó una composición de cobre (en torno a un 75 %), con zinc, níquel, hierro y plomo en menor cantidad.
Pues bien, para mi hay un "pequeño" detalle en el que los investigadores partidarios de considerarlo oricalco parecen no haber reparado y es que existieron escritores grecolatinos conocedores de ambas aleaciones –oricalco y latón dorado- que no dudan en considerarlos diferentes en sus escritos. Es cierto que en ningún momento dicen expresamente que no sean el mismo material… pero tampoco dicen que lo sean. Y lo fundamental, en mi opinión, es que varios de estos cronistas griegos sí dicen que la fórmula del oricalco es desconocida. Este argumento, considerando que aún en los primeros tiempos del Imperio Romano se llegaron a acuñar monedas en oricalco, anula claramente el hecho de considerar que el “latón dorado” romano fuera lo mismo.

Detalle de los restos del barco griego en cuya bodega se hallaron 39 lingotes de una aleación de cobre y otros metales, considerada oricalco. Detalle de uno de los lingotes. Fuente: National Geographic.

Con respecto a los lingotes del siglo VI a.C. hallados en aguas de la isla de Gela, creer que están elaborados con oricalco es en mi opinión muy poco riguroso, considerando que se desconoce la composición del oricalco. Así pues, ¿por qué creer tan fácilmente que esa aleación concreta es oricalco y no considerar que el acero, el “latón dorado” o cualquier otra aleación encontrada en los miles de objetos de la antigüedad que se conservan en museos de todo el mundo no sea ese famoso compuesto? ¿En qué se basan para realizar afirmaciones tan rotundas, publicadas en periódicos de todo el mundo?.  
Para muchos investigadores, es incluso posible que este elemento no fuera un metal, si se considera a pies juntillas la afirmación que Platón realizó en su obra Critias cuando dijo que en la Atlántida el oricalco se encontraba en gran abundancia, por doquier, puesto que “se le extraía de la tierra en muchos lugares de la isla”. Para estos investigadores, esta afirmación les hace pensar que el oricalco era un mineral más, que se hallaba tal cual. Personalmente, considero que esta manera de expresarse pudiera ser una licencia de un autor no muy familiarizado con las prácticas concretas metalúrgicas, de la misma manera que los primeros escritores griegos que hablaron de las riquezas en metales de la Península Ibérica se refirieron a una visita de unos comerciantes griegos durante una tormenta, que dijeron ver manar ríos de plata y de otros metales de las montañas. Me cuesta creer que los rayos incidiendo en las rocas durante una tormenta fundan las pepitas de plata nativa en tal cantidad que fluya líquida como un río. Y sin embargo, es cierto que la Península Ibérica poseía abundantes filones de plata y de otros metales. De hecho, es precisamente esta riqueza la que hizo que los escritores de la antigüedad ensalzaran las riquezas de Tartessos (de raíz griega), la Tharsis del Antiguo Testamento.

Mapa de las principales áreas mineras de la Península Ibérica, desde la antigüedad. A la derecha, detalle de Las Médulas hoy día (C) y forma de explotación del oro por el Imperio Romano, mediante la construcción de galerías (A) que posteriormente eran inundadas totalmente de forma que las altas presiones terminaban por desmoronar el macizo rocoso (B).Recuérdese que la imagen se agranda si se pica sobre ella.

Tal es así que las zonas de Andalucía y León (las Médulas) suministraron gran cantidad de metales a las etapas grecorromanas de la historia europea, siendo posiblemente las tierras mineras más fecundas de la antigüedad. Así las cosas, ¿es muy osado suponer que la tierra rica en metales donde manaba por doquier el oricalco fuese el sur de la Península Ibérica?. Yo no lo creo, al menos no lo veo más osado que suponer que una alineación cualquiera del siglo VI a.C. sea “a ciencia cierta”, el mítico oricalco.
Siguiendo con mis elucubraciones, si se sostiene que el oricalco podría ser una aleación exclusiva (“patentada”, por así decir) del sur peninsular, o bien un mineral más de los que proliferaban en la Península Ibérica, la zona más rica en minerales de esta tierra sería la denominada “Faja Pirítica”, donde se da la mayor concentración de sulfuros del mundo y que se extiende entre el sur portugués y las provincias españolas de Huelva y Sevilla.

Esquema de la denominada “Faja Pirítica” y detalle de una de las explotaciones de Riotinto (arriba) y Tharsis (abajo), ambas en la provincia de Huelva.

Pasear por tierras de la Faja Pirítica es posiblemente lo más parecido a hacerlo en la superficie de Marte o la Luna. Algo similar debieron pensar los científicos de la NASA cuando se desplazaron hasta aquí en busca de posibles formas de vida que pudieran darse en hábitats sin oxígeno. La misión fue todo un éxito ya que descubrieron microorganismos que se desarrollaban en condiciones anaerobias en estas tierras de sulfuros. De hecho, esta es la causa por la cual el río posee su característico color que recuerda a la sangre.
Pues bien, en una de mis escapadas con un compañero de carrera visitamos una antigua mina abandonada de la Faja Pirítica (abandonada, no porque se hubieran agotado los metales, sino porque su extracción resulta económicamente más costosa que comprar el metal a países subdesarrollados). Mi acompañante tuvo la suerte de dar con un pequeño pero bonito fragmento de cuarzo aurífero (cuarzo blanco con una veta pequeña de oro). Yo tuve que conformarme con bonitos y coloridos ejemplares de diversos minerales (calcita, malaquita, …) entre los que abundaba el conocido popularmente como “el oro de los locos”, la pirita o sulfuro de hierro FeS2, así como la calcopirita o “pirita de cobre”, Cu FeS2.
Anteriormente dije que algunos autores de la antigüedad comentaron que en oricalco solían realizarse los objetos sagrados en honor a Poseidón, dios del Mar y patrón de la Atlántida (el romano Neptuno) debido a que resplandecía igual que el sol. Pues bien, el oro también tiene esta peculiaridad, motivo por el que era considerado divino, por ejemplo, entre antiguas culturas sudamericanas. La pirita, el sulfuro de hierro, presenta un brillo similar o incluso más amarillo claro y por ello solía ser confundido este mineral con el propio oro. De ahí que se llamara “oro de los locos”, pues se volvían locos de alegría al encontrar cientos de bellos cristales cúbicos de pirita, antes de caer posteriormente en mil lamentos al descubrir que no era oro lo que habían hallado. Aún a día de hoy, la pirita es considerada un mineral del hogar, que trae buenas vibraciones a las habitaciones donde se emplea este mineral como decoración (y talismán). El milenario Feng Shui chino asocia este mineral con la abundancia de dinero y bienestar. Y parece o oxidarse nunca.

A la izquierda, pirita formando sus característicos cristales cúbicos. A la derecha, fragmento de roca donde se aprecia cuarzo (sílice, SiO2, blanco) con pequeñísimos cristales de calcopirita, de apariencia masiva (dorada). Como se puede apreciar, ambos minerales, pirita y calcopirita, poseen un brillo áureo fascinante.  

            El nombre de “calcopirita” procede de los términos griegos khalkós que designa al cobre y pyrós, fuego, de donde deriva el apelativo “pirita” (también “pira” funeraria, entre otras palabras). Por ello, “calcopirita” significa “pirita de cobre” o “fuego cúprico” (si se considera que “pirita” significara “fuego”, lo que llevaría a suponer que el fuego cristalizado o petrificado sería el mineral pirita, ¿fue eso lo que creyeron los griegos al visitar las minas de sulfuros peninsulares?).
            Siguiendo este significado, ¿es posible que el “oricalco” pueda derivar de los términos griegos khalkós (cobre) y oriri (surgir, aparecer), para referirse a un mineral con cobre, posiblemente la mismísima calcopirita si en verdad se refería a un mineral; o bien a una aleación con cobre, si se trataba de un metal (aleación) de origen humano?. Por otro lado, el hecho de que los antiguos griegos conocieran al oricalco como “el uranio de montaña” ya da a entender un origen minero del elemento. 
            Entre las aventuradas ideas que se han dado respecto a la Atlántida, están los autores que la ubican en América. Entre ellos está el inglés James Allen, sosteniendo que el oricalco es la aleación de oro y cobre que los nativos de Urukilia (Bolivia) empleaban para realizar sus ídolos. Extravagancias aparte (ni Bolivia coincide con las descripciones que Platón dio de la Atlántida, ni los objetos bolivianos del siglo IV a.C. o anteriores, se han encontrado entre las zonas de influencia atlántica como el Mar Egeo y Mediterráneo en general; el autor Georgeos Díaz Montexano menciona otros argumentos para no considerar América, la Atlántida, aquí), la Faja Pirítica en concreto y la Península Ibérica en general era rica en oro y cobre. Por ello no sería de extrañar que una aleación similar pudiera haberse convertido en algo habitual entre los habitantes de la Península Ibérica, dando lugar a que el resto del Mediterráneo conociera y admirase esta aleación. El hecho de poseer un alto porcentaje de oro en la composición de la aleación dotaría al elemento resultante de cierta resistencia a la oxidación. 
          Soy consciente de que me muevo entre argumentos especulativos, pero puestos a divagar sobre el legendario oricalco, me parecen las argumentaciones más plausibles las que consideran que se tratara de alguna aleación o mineral de la zona minera más rica en metales de la antigüedad, hasta donde se desplazaron todas las culturas de su época, desde fenicios hasta griegos, chipriotas, cartagineses y romanos.
            Si mis suposiciones no son muy descabelladas y erróneas, posiblemente en nuestros museos se custodien, sin ser conscientes de ello, objetos realizados con el admirado oricalco de la antigüedad, de tratarse de una aleación en particular. Todo es posible...


2 comentarios:

  1. Tenia entendido que el Oricalco lo hacían los tartesos con un mineral que traían de las islas británicas, tras fundirlo con minerales que obtenían en las minas de Tarsis. ¿Estoy equivocado?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por su comentario, Sr. Ramírez, lo cierto es que es muy poco lo que se conoce de la composición del oricalco e incluso por la cita que incluí en el texto, podría considerarse que se hablaba de un mineral. Pero lleva razón en que son muchos los que relacionan la explotación del estaño de Gran Bretaña con Tartessos. Recuerde que en las menas peninsulares el cobre es sumamente abundante y si se mezcla con el estaño, obtendremos el bronce. ¿Descubrieron y explotaban los tartesios y/o pretartesios el bronce?, aunque bastante lógica, es una cuestión que nadie se ha molestado en plantear y analizar seriamente.
      Parece ser que los fenicios copiaron del imperio peninsular esta ruta, cuando Tartessos entró en decadencia (posiblemente asfixiado económicamente por fenicios y cartagineses, ávidos de controlar la riqueza minera de la Faja Pirítica que tantísima gloria y riqueza reportaron a los tartesios). De hecho existe un texto que narra cómo los romanos siguieron a un barco de un comerciante fenicio que seguía la ruta tartesia, pero al descubrir a sus perseguidores, el fenicio prefirió terminar estrellando su barca contra las rocas costeras (se supone que en algún punto de la línea costera portuguesa) que revelar a los latinos la ruta del estaño. Un saludo.

      Eliminar